Tiempo político, las dudas y los sueños

Escribe Alejandro C. Tarruella
El fin y el principio
Recientes declaraciones del ministro de Economía, Martín Guzmán, lo sitúan en su lenguaje pausado pero con precisiones de fuerza en momentos muy particulares de la vida política argentina. En los papeles, sectores del Frente de Todos enfrentan a Alberto, a quien defenestran en un tono que supera, a veces, al del propio macrismo, y niegan a Guzmán. Por eso sorprendió la defensa que hizo de su labor, Estela Carlotto: “Es un genio pero no hace milagros”, sostuvo.
Hay parte de cierto en las críticas y poco de político en las formas. Cristina se ve, es posible, en un momento difícil de su vida política porque no quiere romper, debe escuchar a los propios y observar el camino para saber qué decir y cómo avanzar. Su discurso del encuentro parlamentario en el CCK, mostró que en su mira está “lo que vendrá” en la visión multipolar. Una gran dirigente como ella sabrá encontrar los atajos, pero es muy complejo encontrar cuáles son. Pepe Mugica reveló hace unos días que aconsejó tanto a Alberto como a Cristina “buscar algún punto de encuentro, porque de lo contrario están abriendo el frente a favor de los que están en la vereda de enfrente”.
Alberto Fernández, que realizó una gran tarea, de nivel mundial, en la pandemia, sabe que esa labor no deja réditos políticos. Mira a varios gobiernos de diferentes países y esa es casi una certeza. Tiene que tratar de sostener los acuerdos, la propia fuerza, o replantearla, que es lo que parece intentar. Por ahí es posible hallar la salida. De todos modos, la tensión de los debates y las diferencias no hace sino percibir que el FdT está vivo y que se buscan respuestas ante un cambio de paradigmas que sucede en el mundo.

Hay un actor que es el más ruidoso del tablado, y es el remanente generacional de los setenta. A ellos, como a gran parte de la derecha, les cuesta reconocer la etapa histórica que se vive, que deja prácticamente a un lado a muchas de las consignas de aquellos días, tanto como las que pertenecen a la derecha de la entrega dormida en el neoliberalismo de la globalización de los noventa. Todo eso está quedando fuera de juego y exige, entre otras cosas, una profunda renovación generacional en la dirigencia e ideas que representen a este presente.
Hace una semana, el ceo de Black Rock, Larry Fink, cabeza de los buitres del planeta, dijo: “La guerra de Rusia en Ucrania pone fin a la era de la globalización que hemos experimentado durante las últimas tres décadas”, definió Fink en su carta anual a los accionistas de BR, publicada el 24 de marzo pasado”. El debate político en la Argentina tiene que contener, entonces, nuevos elementos y ese fin de época ineludible de ser observado a la hora de las ideas. Dijo Fink a los usureros: “La magnitud de las acciones de Rusia se prolongará durante décadas y marcará un punto de inflexión en el orden mundial de la geopolítica”.
Más político, el vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, Dmitry Medvedev, sostiene que la destrucción del orden económico mundial está a la vista. Estados Unidos, a todo esto, con su nuevo récord inflacionario estaría al borde de una estanflación, mixtura de recesión económica, inflación elevada y desempleo en alza. ¿Lo sabe la Cancillería?
Hay que apuntar de inmediato, entonces, que el voto del Gobierno argentino en la Comisión de DDHH de la ONU fue una muestra de incoherencia política que el Gobierno debe revisar con cambios. Si hasta Bolsonaro se negó a condenar a Rusia, hay algo en la Cancillería criolla que no va más. El embajador en Estados Unidos, Argüello, haciendo lobby “en palacio” para ayudar a Biden, es inconcebible. Eso tendrá costos, afirmó el diputado Eduardo Valdés.
La burocracia cortesana no cree en la realidad, solo en los cargos y en la continuidad. Ese giro de la misma realidad política mundial, merece una lectura urgente para actuar sobre los cambios a realizar, que serían anunciados en la Semana Santa, para generar unidad y un tiempo mejor para los más desposeídos. Hay varias medidas en curso, subsidios, bonos, las paritarias que se reabren, que precisan de una firmeza en el rumbo que tendría que adoptar Alberto Fernández.

Todo esto precisa de conversaciones inmediatas con Cristina Fernández de Kirchner para que ese nuevo camino tenga un eje en la unidad que impida el desguace. Ya no se trata de alistar ejércitos falsos para una epopeya imaginaria. Se trata del país, de sus ciudadanos, cuya mayoría padece hambre, necesidades, falta de empleo, salud, educación, entre tantas carencias. Y precisa un norte como proyecto político en una instancia de cambios profundos que llevan a la multipolaridad. La reforma del Estado aparece, en ese contexto, como una necesidad imperiosa que permitirá encauzar proyectos, poner el centro del país en el federalismo, en la Patagonia, salir de la economía como tema excluyente y tomar lo histórico, cultural y político como algunos de los renglones a profundizar.
La confianza
Guzmán anunció un proyecto para captar rentas extraordinarias de los sectores favorecidos por la guerra para acompañar a la tarea del Estado, a los fines de salir del laberinto. Hay que hacerlo. Todo planteo presente, sin embargo, tiene un rasgo que es común a lo que sucede en el mundo, la falta de confianza. Lo cual es un desafío porque la desconfianza habla, por ejemplo, de que en los pueblos está cayendo la percepción de la globalización como algo posible. Si la desconfianza implica que el pueblo no cree en el sistema, ¿de qué sirve pretender ponerle parches a lo que se acaba?
El retorno a la fortaleza de los Estados, es una materia ineludible e inmediata a lo que se refieren Alberto, Cristina y Guzmán en sus intervenciones. Hay necesidad de que todos los actores políticos del frente entren a jugar en ese contexto, y en ello está la participación de las provincias en las grandes decisiones nacionales. El federalismo, que ha tenido respuestas en diferentes emprendimientos, precisa ser ejercido como un dato central en la construcción de una nueva democracia.
Es interesante revisar un diagnóstico de Manuel Ugarte a principios del siglo XX, por su vibrante actualidad: “Si hay quienes agonizan en la miseria no es porque falte con qué alimentarlos, sino porque una criminal retención de los productos en manos de una minoría de traficantes así lo determina, sino porque hay hombres que, más por inconsciencia que por maldad, trafican con el hambre de sus semejantes”. Y es a ese fenómeno al que hay que combatir con respuestas claras, unidad y una visión del momento que vive el mundo.

Un gobernador, Jorge Capitanich, que conversa con Alberto y Cristina, planteó que “Hacia adelante tenemos que plantear tres cuestiones: unidad del espacio con capacidad de interacción en el debate y la institucionalización; poner todo el esfuerzo en la estabilidad macroeconómica y lograr definitivamente estabilidad monetaria para reducir la inflación; y si logramos fortalecer la unidad en la diversidad con institucionalización y logramos reducir la inflación, el tercer gran objetivo es entender que hay 2023”.
No se trata de señalar qué es lo correcto, sino una posición que, desde el federalismo, apueste a una convergencia con la mira puesta en objetivos claves para sostener una política distanciada de la derecha decadente que aún habla en los términos de la globalización. De ese laberinto hay que salir apostando al mundo nuevo a forjar en el que América, y América del Sur en particular, precisa de liderazgos regionales y una recuperación de las unidades que afirmó Néstor Kirchner para alcanzar esos objetivos. Ese parece ser el desafío.





