Política

Las gloriosas 36 horas: Cóndores peronistas en las Islas Malvinas

– Hace 49 años, un grupo de militantes peronistas realizo el Operativo Cóndor. El 28 de septiembre de 1966, dieciocho jóvenes estudiantes y obreros asestaron un golpe a la sangrienta dictadura de Juan Carlos Onganía: secuestraron un avión de línea, lo aterrizaron en las Islas Malvinas y allí izaron siete banderas argentinas que flamearon durante 36 horas.

El Operativo Cóndor es recordado como el primer secuestro aéreo del país. Su gestación data de tres años antes de su concreción. Veinte fueron los elegidos para el operativo, entre militantes nacionalistas y de la Juventud Peronista. La edad promedio era de 22 años.

Los ideólogos del plan que reclutó a los jóvenes semi desconocidos fueron dos: el dirigente peronista Dardo Cabo y la artista Cristina Verrier. La logística se basó en tareas de inteligencia que Verrier había hecho durante unos viajes a Malvinas como turista, mientras que la instrucción militar había sido adquirida junto a quienes luchaban por el retorno de Juan Domingo Perón.

Antes de partir, el grupo estuvo encerrado tres días en un camping de la UTA, en Ituzaingó, en una suerte de retiro espiritual. Fue allí cuando se vieron por primera vez.

La elección del día del asalto no fue casual. Se basó en dos hechos clave: estaba en el país el esposo de la reina de Inglaterra, Felipe de Edimburgo, en carácter de presidente de la Federación Ecuestre Internacional; y el contralmirante José María Guzmán debía volar al territorio del que era gobernador, Tierra del Fuego e Islas del Atlántico Sur.

El plan constaba de cuatro pasos: el secuestro del vuelo, un aterrizaje sorpresa, la toma de tres secciones de la Isla y la recuperación.

“Muchachos, aunque nos cueste la vida. Lo de menos es que nos lleven presos a Inglaterra. Lo más glorioso, que caigamos en el intento”, advirtió Dardo Cabo antes de salir. Cabo era hijo de Armando Cabo, trabajador de la fábrica Istilart, Secretario General de la C.G.T regional y uno de los principales colaboradores de Eva Duarte de Perón. Llevaba el peronismo y la lucha sindical en su sangre.

Partieron a la 0.30 del día 28 en un Douglas DC4 del vuelo 648 Buenos Aires-Río Gallegos de Aerolíneas Argentinas. Iban 48 pasajeros. Durante el vuelo, Dardo Cabo y Alejandro Giovenco, el segundo al mando, entraron armados a la cabina y ordenaron el cambio de rumbo al comandante Ernesto Fernández García. El piloto excusó falta de autonomía de vuelo, pero finalmente cumplió con la orden.

Muchachos, aunque nos cueste la vida. Lo de menos es que nos lleven presos a Inglaterra. Lo más glorioso, que caigamos en el intento.

A las 8.42, tras una arriesgada maniobra, en la que el piloto debió aterrizar en un terreno menor a los 800 metros, llegaron al Puerto Stanley, al que renombraron «Puerto Rivero» en homenaje al Gaucho Rivero.

Abrieron las puertas, se tiraron con sogas, desplegaron delante del avión en forma de abanico e izaron siete banderas argentinas: cinco en los alambrados, una en el avión y otra en un mástil, bajo la mirada atenta de isleños curiosos y miembros de la Fuerza de Defensa de las islas.

Flamearon allí durante las 36 horas que estuvo la tripulación del avión junto a los 18 militantes que conformaron la acción. Ese glorioso acto significaba para los protagonistas una reivindicación nacionalista frente al imperialismo británico.

Para la misión estaban divididos en tres grupos: una parte iba a la casa de gobernador, otra al centro cívico y otra al centro militar. Sin embargo, antes de que pudieran separarse, se vieron cercados por unos 50 integrantes de la Fuerza de Autodefensa de las islas y debieron atrincherarse en el avión.

Los kelpers que se habían acercado fueron tomados como rehenes “hasta tanto el gobernador inglés reconozca que estamos en territorio argentino”, advirtió Cabo desde la radio del avión. Bajo esa presión, se aprestaron a cantar el Himno Nacional.

De pie y frente a la mirada de todos, Cabo proclamó: “Ponemos hoy nuestros pies en las Islas Malvinas argentinas para reafirmar con nuestra presencia la soberanía nacional y quedar como celosos custodios de la azul y blanca (…) O concretamos nuestro futuro o moriremos con el pasado”.

Una hora después del aterrizaje, el dirigente avisó al continente: “Operación Cóndor, cumplida”. Los medios de comunicación británicos y argentinos se hicieron eco del hecho; hasta el avión de un periódico intentó llegar a las islas, pero la Fuerza Aérea lo obligó a volver al continente.

Cientos de militantes se movilizaron en varias ciudades y el flamante dictador, sobresaltado, sólo se preocupó en calmar las intranquilas aguas diplomáticas, por entonces a cargo de su canciller, Nicanor Costa Méndez, el mismo de la aventura de Malvinas de 1982.

Ponemos hoy nuestros pies en las Islas Malvinas argentinas para reafirmar con nuestra presencia la soberanía nacional y quedar como celosos custodios de la azul y blanca.

El reclamo de soberanía se había cumplido. Sin embargo, el siguiente paso -aguardar que un sector del Ejército aprovechara esa irrupción y desembarcara en las islas para recuperarlas- jamás se concretó. Desde allí, se inició la tensa negociación.

Por una mediación del cura de la isla, el holandés Rodolfo Roel, los pasajeros fueron alojados en viviendas civiles mientras los militantes resistían bajo una fuerte lluvia. Unos 30 mercenarios belgas e ingleses, policías y civiles armados rodeaban la nave y exigían la rendición.

No hubo ningún disparo, pero 48 horas después, la resistencia terminó: los militantes depusieron las armas. El grupo firmó un acuerdo en el que también intervino el cura Roel, que antes había celebrado una misa en el avión para los miembros del comando. Después, fueron hospedados en la iglesia del puerto durante una semana hasta que fueron trasladados al buque Bahía Buen Suceso.

Una vez resuelta la tensión, el gobierno de Onganía emitió un comunicado en el que expresó que “la recuperación de Malvinas debe ser resuelta por la vía diplomática y no por un acto de piratería. La recuperación de las islas Malvinas, no puede ser una excusa para facciosos”. De esta manera, el dictador se excusaba ante la comunidad internacional.

Los héroes patriotas fueron llevados al penal de Ushuaia y luego juzgados en Tierra del Fuego. Como ése había sido el primer secuestro aéreo y en el país no había jurisprudencia al respecto, las figuras con que se los condenó fueron privación ilegítima de la libertad, portación de arma de guerra, asociación ilícita, piratería y robo en descampado. Tres años de prisión fue la condena para Cabo, Giovenco y Rodríguez; para el resto, nueve meses.

El gobierno de Onganía emitió un comunicado en el que expresó que ‘la recuperación de Malvinas debe ser resuelta por la vía diplomática y no por un acto de piratería’.

Mientras los militares argentinos repudiaron su accionar, la CGT los tildó de héroes y su máximo referente, Juan Domingo Perón, los saludó desde el exilio. “Un día llegará que la canalla dictatorial, entregada y entregadora, sentirá vergüenza de lo que han hecho con ustedes, y así tendrán el mejor premio al patriotismo y el arrojo que ellos no han sido ni serán jamás de sentir ni practicar” expresó el líder en una carta y calificó al Operativo Cóndor como “un hito de la historia”.

El suceso fue acallado por historia oficial durante años. Su reivindicación histórica llegó, por fin, con Néstor y Cristina Fernández de Kirchner. Sus gobiernos tomaron la causa Malvinas como bandera de lucha inexorable, y presentaron el reclamo en todas y cada una de las instancias internacionales en las que participaron.

En el año 2012, María Cristina Verrier escribió una carta a la Presidenta de la Nación, en la que le agradeció su trabajo por las Islas y le entregó las siete banderas históricas para que «la relevara» en su custodia. Las banderas fueron exhibidas en diferentes espacios, algunos a pedido especial de Verrier, hasta que, finalmente, cada una de ellas encontró su lugar.

“No hay futuro si no conocés la historia, así que quiero homenajear a esos jóvenes que en los años ’60 fueron a plantar nuestra bandera a las islas Malvinas”, señaló la jefa de Estado antes de ubicar la última.

Una de las banderas fue colocada en el mausoleo de Néstor Kirchner; otra, se encuentra en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso Nacional, la cual fue exhibida a partir de la apertura de las sesiones ordinarias.

Una fue entregada a la Basílica de Luján, en oportunidad de celebrarse allí un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, mientras que también se depositó una en la Basílica de Itatí, en Corrientes, de la que Cabo y Verrier eran devotos.

Finalmente, una bandera fue ubicada en el Museo del Bicentenario en la Casa Rosada y la última en el Museo de las Islas Malvinas construído en el Espacio de la Memoria, la ex ESMA.

No hay futuro si no conocés la historia, así que quiero homenajear a esos jóvenes que en los años ’60 fueron a plantar nuestra bandera a las islas Malvinas.

A 49 años del histórico suceso, recordamos a los héroes del Operativo Cóndor por su incuestionable patriotismo, su valentía y su noble deseo de continuar la tarea que los combatientes iniciaron veinte años antes.

En los 18 jóvenes está, quizás, la gesta de la juventud maravillosa que una década después no dudaría en dar hasta su propia vida por la liberación de la Patria.

Las banderas que flamearon durante 36 horas en las Islas Malvinas representan un símbolo de la persistente lucha que encarna el pueblo argentino frente a la injusticia del imperio que aún no reconoce la soberanía de nuestro país sobre ellas. Que el reclamo sea inclaudicable: las Islas Malvinas fueron, son y serán siempre argentinas.

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