Las paredes de Rodolfo Walsh

(Por Alma Rodríguez. Docente de Semiología de la UBA. Miembro del Colectivo LIJ)
Cuenta la historia que la noche del 9 de junio de 1956, mientras se encontraba jugando al ajedrez en el Club Capablanca, Rodolfo Walsh vio interrumpida su jugada por el sonido de explosiones y tiroteos que irrumpieron en el juego. Tiempo después sabría Walsh que esa noche la policía había fusilado a un grupo de civiles (cinco de los once detenidos) en un basurero. La historia literaria cuenta que él siguió escribiendo y publicando cuentos policiales hasta unos seis meses después de este hecho, momento en el cual un amigo le narró el testimonio de una de las víctimas y sobreviviente del fusilamiento clandestino. A partir de allí, comenzó a publicar artículos en la prensa, buscó a otros sobrevivientes del caso y como resultado dio origen a la magnífica obra titulada Operación masacre, publicada en diciembre de 1957.
La historia cuenta también que desde ese momento Walsh no sería el mismo porque a partir de allí la realidad comenzó a involucrarse en su literatura al punto tal que llegó a concebir un modo de escribir desde lo testimonial que hizo historia en la historia de la literatura y del periodismo mundial.
Porque Walsh eligió narrar el hecho, no la anécdota. Y porque, además, hay acontecimientos de una Nación que marcan un quiebre a partir de los cuales nada puede ser como antes de que ocurran. Es el caso de la desaparición de Santiago Maldonado.
Parece ser que una metodología de los regimenes autoritarios en relación a los modos en que circula la información consiste en la búsqueda de estrategias para desviar la atención hacia lugares poco relevantes y más bien anecdóticos que no permitan centrarse en lo verdaderamente importante. De la misma manera que durante la Dictadura fue usado el mundial de fútbol como gran distractor del horror o del mismo modo en que lo expresa Ruben Blades en Desapariciones “Anoche escuché varias explosiones. Tiros de escopeta y de revólveres. Carros acelerados, frenos, gritos. Eco de botas en la calle. Toques de puerta. Quejas. Por dioses. Platos rotos. Estaban dando la telenovela. Por eso nadie miró pa’ fuera”, los medios que acompañan y sostienen dicho regimenes necesitan de lo anecdótico e irrelevante para desviar la atención de lo verdaderamente grave.
Sabemos que existen innumerables modos de informar acerca de un hecho de la realidad, tantos como personas estén dispuestas a contarlo. Pero existen dos formas que evidencian modalidades estratégica y radicalmente distintas de abordar un mismo acontecimiento: el testimonio y la anécdota. Lo ocurrido con la cobertura desde los medios hegemónicos y oficialistas sobre la marcha del viernes pasado en relación a las pintadas realizadas sobre el Cabildo responde a esta segunda forma y responde, también, a una estrategia de desinformación y manipulación muy peligrosa a partir de la cual se intenta distraer la atención de lo que se encuentra en el centro, de lo que preocupa verdaderamente y sobre lo cual no se tiene noticias o, en caso de que haya, se encuentran tergiversadas.
El viernes pasado una gran parte de la población salió a las calles a reclamar y a pedir a gritos bajo una sola consigna: “¿DONDE ESTA SANTIAGO MALDONADO?. Pero los grandes medios corporativos y hegemónicos vinculados al poder decidieron poner el foco en lo anecdótico del acontecimiento con el fin de, por un lado, acallar las voces y, por otro, generar algún tipo de identificación en la conformación de la opinión pública del ciudadano pro, tan afecto a la anécdota. En este caso, lo anecdótico fue la pintada al Cabildo y ¡oh! cuánta indignación generó este hecho a todas las facciones de ideología conservadora que, junto con la escalofriante idea de que se hable de la desaparición forzada de Santiago Maldonado en las escuelas a las que asisten sus hijos, colmaron el indignómetro de la “claringuesía” argentina, aquel sector de la población en el que se entremezclan la burguesía en su más amplio espectro y el lector/consumidor de Clarín junto con todos los medios que éste nuclea.
Ocurre que cuando los medios de información que pretenden dar cuenta del horror se encuentran acallados, soslayados, censurados, el espacio público se vuelve una continuación de dichos medios, una forma diferente donde lo que cambia es el soporte para expresar lo mismo que se intenta silenciar.
Durante las últimas semanas presenciamos infinitas maneras de pedir por la aparición de Santiago Maldonado así como la inmediata renuncia de Patricia Bullrich: cientos de modelos de afiches, performances, miles y miles de posteos; en las redes y en las paredes, en las universidades, en los colegios, en diversísimos ámbitos y, por supuesto, en las calles. Nunca como en estos días fue tan anticipatoria y tan acertada la frase de Rodolfo Walsh: “Las paredes son la imprenta del pueblo”. Porque cuando el poder de desinformación es tan grande, se necesita copar todos los espacios posibles y las paredes es uno de ellos.
Según afirma Lelia Gándara en su libro Grafitti en relación a esta forma discursiva: “esta modalidad de expresión es un material de una enorme riqueza para reflexionar sobre la sociedad y el mundo en que vivimos. (…) Guarda, además, la espontaneidad y la libertad de la expresión gestada fuera del marco que legitima al cartel, al anuncio, al letrero, a la obra de arte. Cuando la represión o simplemente la falta de acceso a los medios de comunicación silencian las voces del pueblo, las paredes murmuran, hablan, gritan. “EL QUE AFLOJA PIERDE” gritaba en 1977 un paredón de Avellaneda durante los oscuros días de la dictadura en Argentina, una pintada anónima que había perdurado imprevisiblemente, cómplice de quienes resistían el silencio.”
De niños nos fue transmitido, a cada cual de diferente manera, el respeto por el espacio público así como el cuidado del patrimonio histórico. De grandes, aprendimos, además, que más terrible que pintar una pared son los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura. Pero en el caso de lo ocurrido el viernes pasado en relación a las pintadas al Cabildo y desde los medios que acompañan a este gobierno (de la misma manera que acompañaron y sostuvieron la dictadura) pareció ser que no se trató de rescatar la noticia, que consistía en que una gran parte del pueblo salió a la calle a manifestarse en contra del horror , y que, en definitiva, fue lo convocante, sino de lo distractor de la anécdota.
Tapar la imprenta de los pueblos con escuadrillas de limpieza, desviar los motivos de la desaparición de Santiago Maldonado con noticias en relación a las pintadas sobre el Cabildo o pretender hacer oídos sordos a una gran parte de la población reclamando no volver a transitar por las épocas más oscuras de nuestra Historia es tan imposible como pretender tapar el sol con una mano. Por más dura que ésta sea.





