Alejandro Tarruella: Pérdida enorme para la cultura, murió Pocho Roch

Gonzalo del Corazón de Jesús «Pocho» Roch era un compositor torrencial, escribía, musicalizaba, se movía como si su existencia se sostuviera en un cuaderno donde había renglones y pentagramas. Debía entonces llenarlos con la fogosidad del clima que lo rodeaba. Se cree que supera largamente los 350 temas el aporte que nos deja en tiempos en que la canción popular argentina se debate ante una invasiva negación de sus fuentes y su historia. Cuando surgió su “sociedad” con Antonio Tarragó Ros cobró gran fuerza expresiva porque el autor de Curuzú le aportó un singular sentido de lo popular. Finalmente, es autor de los versos y compositor de las melodías, en una cantidad increíble de temas, que hoy suman más de 300. Las voces de Juan Pedro Quique Soribes, de Rodolfo Regúnaga, de Ramona Galarza, de Teresa Parodi, Octavio Osuna, dejaron testimonio de su valía.
Cómo músico tenía un horizonte claro sobre la base de un no transigir con lo propio. Guitarra criolla, acordeón correntino y sabor cotidiano a la vida y a la fronda. Incorporó sonidos electrónicos de los nuevos días sin abandonar el que hacía a su raíz indoblegable. Como melodista acompaña la realización de documentales, películas, trabajos de video o las obras largas en las que evocó la Vírgen de Itatí y otras. Pocho tenía en su cultivo religioso un capítulo esencial de su convicción. Su “Canto a la Fe” es una muestra de esa preocupación artística que se comparte en un saber popular que hoy es identidad donde el guaraní tiene un lugar de trascendencia. Luego conservaba en su casa un archivo que era un bosque nativo de papeles y videos, un legado que el pueblo hacía llegar a sus manos. Había libros históricos, música de los jesuitas, evocaciones guaraníes, relatos que sustentaban su bagaje.
Pocho tenía en su cultivo religioso un capítulo esencial de su convicción. Su “Canto a la Fe” es una muestra de esa preocupación artística que se comparte en un saber popular que hoy es identidad donde el guaraní tiene un lugar de trascendencia
El don de Pocho Roch
Su capacidad de creador estaba sostenida en un trabajo arduo de investigación histórica, cultural y musical que traducía en versos y canciones. Luego llevaba esos materiales a sus conversaciones públicas y conferencias. Era un tipo generoso y agradecido. Agradecido a Ernesto Montiel, a Isaco Abitbol, a Tarragó Ross, a Tránsito Cocomarola, a Albérico Mansilla, a Ramona Galarza y a cada uno de quienes aportaron para que se le encomendara la tarea de hacer la canción su testimonio común de pertenencia.“Hablo con la música; Dios me ha dado un don”, le escucharon decir una y otra vez como una carta de presentación.
Su palabra fue con los años, un don en el que el pueblo podía encontrarse y saber que es posible superar en el arte, el polvo del olvido. “El hablar de nuestro patrimonio cultural correntino es encender la llama de los sentimientos queridos más profundos, y las que iluminaron el sendero milenario de nuestras tradiciones, de generación en generación y, fundamentalmente, las originadas en la matriz de su cultura religiosa, como lo es muestra expresión cultural musical más auténtica: el chamamé”, resumía con la estatura de un poeta y reflexionaba que “La expresión cultural musical original del hombre es el canto, donde se unen los dos bienes esenciales: la palabra y la melodía”..
Contaba que los problemas de su corazón se producían desde los 33 años pero estamos en condiciones de decir que fueron desde siempre. Incluso hoy, cuando a la noticia de su muerte, es nuestro corazón el que siente el dolor de su ausencia. Una ausencia viva, una presencia que se atisba en un sonido de acordeón con gusto a río cuando la vida nos exige remar y al hacerlo, una canción de Pocho Roch nos envuelve como si fuera otra vez su abrazo de poeta. Nos llama para comenzar nuevamente y hacer camino al cantar.





