Murió Grondona White: De Rosario y con un arte que no será jamás olvido

Escribe Alejandro C. Tarruella
Dijo Alfredo Grondona White al repasar sus orígenes: “Cuando estaba en la secundaria, yo trabajé en dos diarios de Rosario, “Democracia” y “Rosario”. No sé cómo hacía para ir al colegio doble turno, colaborar en los diarios e ir a la Cultural Inglesa. Más que nada, los fines de semana los pasaba adentro del diario”. Recordaba que “primero era cadete. Yo tenía 15 años. Para el día de la primavera, me dejaron hacer un dibujito en una columna que decía «Grondonismo, un humorista de 15 años». Y luego ya hacía un poco de todo, dibujaba para la columna de las mujeres, para la de ciencias…”. Cuando empezó la carrera de arquitecto, le llegó el servicio militar “y se interrumpió la carrera. A la vuelta, no retomé la facultad, no me gustaba mucho y me fui a trabajar a Somisa, en San Nicolás. Y los jefes me decían «vos que dibujás tan bien, ¿por qué no mandás algo a las revistas?». Y se mandó nomás. A los 17 años ganaba el concurso de tapa de la revista “Dibujantes”, de Osvaldo Laino. Ya por entonces, consideraba que sus maestros del dibujo, eran Alex Raymond de Flash Gordon y el inglés Ronald Searle, al que leía en la revista “Punch”, en la biblioteca de la Cultural Inglesa de Rosario.
Así, Alfredo comenzó a tensar la cuerda para alcanzar un estilo propio, definido. En la década de los años ’70, en aquella argentina en convulsión, decidió intentar la suerte en Buenos Aires y pronto fue profesor en la Escuela Panamericana de Arte, que formó a muchos tipos pesados en el dibujo, el diseño y la plástica. Eso le permitió trabajar en medios y alcanzar el interés de “MAD”, “Playboy” y “Esquire” donde ganó conocimiento público. También pasó por revistas de época como “La Hipotenusa”, “Ariete” y la Tía Vicenta de Landrú, entre otras. Alfredo era uno de esos tipos que tenía hinchada propia, que gustaba de su dramática y su línea artística. Conocer a Andrés Cascioli lo motivó por la creatividad torrencial de quien fundaría años después, la revista “Humor”. Con él fue parte de “Satiricón” que en la primera parte de los setenta, abrió el camino a un humor desenfadado, generacional, que no le hacía asco a nada. Las transgresiones de “Satiricón” le valieron la censura, que existía por aquellos días, pero ni a Cascioli ni a Grondona White les atraían los censores y seguían adelante, cambiando títulos de medios, girando en torno de una obsesión hasta convertirla en arte popular de rara contundencia.
La dictadura y los implacables
La dictadura cívico militar de 1976, quebró la riqueza del periodismo popular argentino. Cierres, persecuciones, censura, desapariciones en el periodismo, sellaron esa etapa. Cascioli volvió entonces a las andadas y logró instalar “Humor Registrado” a partir del 6 de junio de 1978, revista que iba a revolucionar el periodismo nacional. Ahí estaba una vez más, Alfredo Grondona White llamado por Andrés a formar parte de esa resistencia aguerrida a pluma, lápiz, fotografía y color. Fue allí donde Alfredo creó uno de sus personajes míticos: un abogado sin escrúpulos, dispuesto a hacer cualquier tropelía para cumplir sus propósitos, oportunista y acomodaticio como nadie. El doctor Piccafeces que, acompañado por sus secretarias Molita y Aladelta, parecía el hermano sucio del doctor Cureta, otro cretino de esa altura. «Yo no sirvo a la justicia, la justicia me sirve a mí», le hacía decir Grondona White a Piccafeces. Su construcción fue un paso a paso, sin concesiones, a una idea del arte popular que fue un colectivo insolente del periodismo gráfico y escrito a dentelladas, que tenía un destino histórico. Enfrentar la ignominia y la muerte.
Grondona White pasó por “Humor”, “Superhumor”, “Sex Humor”, que conducía otro genio del grupo, el oriental Aquiles Fabregat, y la revista infantil “Humi”, que revolucionó el concepto de revista para los pibes más pibes con el espíritu que sabía instalar Cascioli. En “Superhumor” creó a Adolfo Cruz Gamarra Hitler, en “El péndulo” a Rob Scanner y en “Humi”, Los Bespi. Ya era un grande de trazo indeleble. La revista uruguaya “Berp¡” conoció de su talento cuando laburaba para la Editorial Eura, de Italia. En 1996 tuvo una mención en el Concurso de Historieta del diario “La Nación”, y con Walter Clos (José María Suárez) y Jorge Barale, hizo “La Agencia del Humor”, que en los años difíciles del 2001, vendía contenidos de humor. El libro “Grondona White”: reunió sus historias, como “Los libros de Humor”, de 1982, que publicó Ediciones de la Urraca. Un poco antes se conoció, “El Dr. Piccafeces: 20 Historias de derecho torcido” 1988, Ediciones de la Urraca, “Alfredo Grondona White: En blanco y negro”, Biblioteca Grandes Humoristas Argentinos, 1989, Hyspamérica, y otras.
Los genios de “Humor”
Algún fin de año, las tarjetas que ilustraba Alfredo, junto a las de Tabaré, el héroe de “Paja Brava” con Aquiles, Fortín o Jorge Sanzol, eran buscadas en tropel en “Humor” por cientos de lectores implacables. Era ya parte de esa troupe notable integrada por Roberto Fontanarrosa, Jorge Guinzburg, Carlos Abrevaya, Alejandro Dolina, Aida Bortnik, Hugo Paredero, Enrique Vázquez, Mona Moncalvillo, Aquiles Fabregat, Santiago Varela, Carlos Ulanovsky, Crist, Gloria Guerrero, Peiró, Carlos Nine, Carlos Trillo e incluso un servidor, quien firma esta nota. Él se metió también con la clase media y sus humoradas eran seguidas casi como si fuera un editorial de la revista, que siempre era de interés para miles de lectores que en los años duros, no tenían forma de contar con análisis de la realidad del país.
Alfredo se definió a sí mismo de un modo que reunía sencillez y profundidad al mismo tiempo: «Dibujé desde que tengo memoria, como una forma de apropiarme de todo lo que me rodeaba. Esto me encasilla en el grupo squizo-autista que se evade de la realidad sumergiéndose en un mundo de tinta china que uno cree dominar. Nunca estudié dibujo seriamente sino que estuve picoteando de un lado y otro, lo que resulta, en mi propia crítica, como un «vago, inconstante, desubicado y desinformado». En otra ocasión, Alfredo cuando le preguntaron que debía tener un dibujante, se expresó así: «Modestia y humildad, amor por el dibujo y disfrutarlo, simplificación a partir del conocimiento de lo complejo, claridad y parquedad en el mensaje y huir del facilismo, el panfleto, el sermón y la prédica”. Ni aún a la hora de someterse al rigor de una definición personal, abandonaba el humor creativo, era sencillo, amistoso, amigo de reunirse a comer con los compañeros en la zona de la editorial. Rosario siempre tuvo un calor especial para su vida. De Rosario como él, eran Calé, Osvaldo Laino y Roberto Fontanarrosa, como lo son Fito Páez, Juan Carlos Muñiz y Baglietto. Un lugar donde crecen los hombres que dejan huella cuando se van a ese viaje que se resguarda en una lágrima.





