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Hernàn Brienza: El nuevo viejo país del Macrismo

Hernan Brienza

Lejos de las definiciones urgentes que censuran al Macrismo como la “antipatria”, la “antinación”, y lo acusan de perfidia, de traición a la patria, de “vendepatrias” a sus integrantes –y no porque en términos estrictamente personales el autor no crea en ellas-, es necesario reconfigurar el GPS del análisis político, histórico y cultural. El Macrismo es una Argentina, representa una de las formas más importantes de interpretación de esa “argentinidad” y está allí, persistiendo, desde los deseos imaginarios de Bernardino Rivadavia y las arquitecturas de Bartolomé Mitre. No son exactamente lo mismo, claro, pero anidan en su vientre aquellas viejas construcciones culturales y ensueños de las “clase decente” porteña.

Porque es una forma profunda de argentinidad es que el Macrismo estuvo siempre, tiene posibilidades de quedarse y de construir hegemonía. Porque le ofrece a una gran parte de la sociedad una plataforma que la deja cómoda con su visión edulcorada por la educación tradicional, la vieja historia oficial, el esnobismo cultural consumista de lo que debería ser la Nación Argentina. Es decir, los embelesa con la posibilidad de una Argentina blanca, moderna, europea, atemporal y universalista. ¿Pero de qué se trata exactamente ese país que el Macrismo viene a proponer con su imaginario? Nada mejor que desmenuzar sus ideas troncales para comprender cuán profundas en la cultura argentina están hundidas sus raíces. Porque sólo comprendiendo que Macri le habla a un núcleo duro, al subconsciente enterrado, de ese “sistema cultural” que conocemos como Nación argentina, podremos reflexionar sin neurastenia sobre sus márgenes de acción y, sobre todo, su, para muchos, inexplicable apoyo masivo.

 

¿Pero de qué se trata exactamente ese país que el Macrismo viene a proponer con su imaginario? Nada mejor que desmenuzar sus ideas troncales para comprender cuán profundas en la cultura argentina están hundidas sus raíces

a)  Jerarquización de la sociedad: El primer elemento que el Macrismo tiró al ruedo fue la idea de “meritocracia”. Parecía algo novedoso, un concepto que se transformaría rápidamente en una de las columnas medulares de la sociedad modernísima que venía a proponer a los argentinos. Pero no. Lejos de ser una novedad, no es otra cosa que una “remake” de un concepto enclavado en el viejo positivismo decimonónico argentino, gracias al cual las sociedades se componen entre “hombres geniales” y “hombres mediocres”, entre liderazgos y multitudes. En realidad, lo que esa vieja Argentina propone, es el ya conocido y berreta “elitismo” de las clases dominantes vernáculas. “Meritocrática” sería una sociedad con igualdades de oportunidades donde el “mejor”, el “más apto” obtiene su merecido. En una sociedad desigual, sólo tienen posibilidad de obtener lo “merecido” aquellos que tuvieron la capacidad de “comprarlo hecho”. Tanto el macrismo, como el positivismo del siglo XIX, basados en un darwinismo social mal aprendido, son pre darwinistas, más oligarquizantes que aristócratas.

b)   El Macrismo poco tiene de liberal ortodoxo: es intervencionista, es proteccionista de los grupos de poder, utiliza al Estado para mantener los privilegios de los monopolios en vez de fomentar la libre competencia, empobrece a los actores medianos y pequeños, lo que genera una menor dinámica económica, emite dinero, genera déficits, endeudamiento externo. Hay un punto en el que el Macrismo se entronca con esa vieja Argentina imaginada por el modelo agro-exportador pampeano, es su avarienta predilección por endeudarse. Desde el empréstito Baring Brothers en la década de 1820, tramitado por Rivadavia, siguiendo por el endeudamiento y default del 90, con Miguel Juárez Celman, el endeudamiento con el FMI durante la autodenominada Revolución Libertadora, la sextuplicación de la deuda durante la última dictadura militar, el festival endeudador del 1 a 1 de Carlos Menem y Fernando De la Rúa, hasta la “joda” financiera de los Lebacs y la toma de la deuda con fondos buitres por parte del Macrismo hay toda una línea de conducta de saqueo del Estado argentino.

c)   Es obvio que si la visión de la sociedad es jerarquizada, la democracia no puede ser abierta. Así como en el siglo XIX, el Orden Conservador se trató de un sistema con libertades civiles amplias y con derechos políticos  clausurados, la célebre descripción de “democracia militar o de línea”, como la definió Alberdi en sus escritos póstumos, el Macrismo intenta imponer ahora una “Democracia de Orden”, donde el espacio público sea reducido al tránsito, las elecciones clausuradas si el resultado no es el conveniente, los medios de comunicación, el ágora posmoderno, monopolizados, y las protestas reprimidas. ¿Por qué no son atendidas las demandas de la población? Sencillo, porque son parte del reclamo de las multitudes, de aquellos que no son “merecedores” de la Argentina elitista. La muerte de Santiago Maldonado y la infiltración y posterior represión en la marchar del viernes demuestran hasta qué punto están dispuestos a disciplinar a la sociedad argentina.

d) El último punto que unifica al Macrismo con la vieja Argentina es el desprecio social que practican sus integrantes. El gran aporte que Mauricio Macri hace a la tradición racista argentina es la de conceptualizar términos como “choriplaneros”, los “mafiosos que no quieren el cambio”, el “narcomenudeo”, y demás categorizaciones cuasi delictivas que poner al Otro en el lugar de lo aborrecible o lo exterminable. El gran problema de la argentina es el racismo-social solapado, es decir el problema de la negritud. Para el Macrismo, y allí emerge Sarmiento como patrón cultural del desprecio social, la Argentina se divide entre “merecedores” y “negros de mierda”. Ser macrista, aunque uno sea pobre,  humillado, ofendido, despreciado, incluso “negro de mierda”, significa, vaya paradoja, no ser “tan negro de mierda”. Sobre este punto opera el andamiaje cultural de apoyo del Macrismo, sobre el ancianísimo desprecio social que las “clases decentes” practican contra el mestizo, antes gaucho montonero, luego cabecita negra peronista, y ahora corrupto, choriplanero y narcomenudeo kirchnerista.

 

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