Sociedad

Flores para despedir a Eva…

 

Escribe Guillermo Magadán, exclusivo para InfoBaires24

 

El féretro de Eva pasó la noche en el Congreso Nacional. Era una figura pequeña y blanca como la nieve, vestida con una túnica también blanca, con su rubio cabello descansando ordenadamente sobre su pequeña almohada blanca: parecía que solamente necesitaba el beso de unos de sus leales descamisados para volver a la vida. Esa mujer, que al morir pesaba 34 kilos, que dejaba de ser una realidad para comenzar a tomar forma de mito, fue una mujer que generaba pasiones: amada por unos, que la percibían casi como una santa, y odiada hasta el delirio por quienes se habían sentido afectados por su accionar y la consideraban ambiciosa y sin escrúpulos. Adorada, odiada, nunca ignorada. Fuerte, inteligente, llena de pasión.

Antes de ser retirada del Congreso, el ministro del Interior, Ángel Borlenghi, le dedico unas sentidas palabras de despedida: “…con su paso a la eternidad, la tarea del pueblo es servir incondicionalmente al general Perón…”. Finalizó su discurso, poniendo una mano sobre el ataúd y mirando hacia la quieta figura: «Eva Perón, juramos por la patria y por usted continuar luchando para ser leales a Perón y para dar nuestras vidas por Perón».

También despidieron a Evita el doctor Rodolfo Valenzuela, en nombre de la Suprema Corte de Justicia, y Juana Larrauri, su mano derecha en la Rama Femenina del Movimiento.

Entonces los trabajadores vinieron a buscarla. El Féretro con el cuerpo de Eva abandonó el Congreso. Fue colocado sobre una cureña Dos carros alegóricos, que llevaban antorchas encendidas y el lema «La llama de tu memoria vivirá para siempre en nuestra vidas», precedían el ataúd. En ellos había también trabajadores que a lo largo de todo el camino iban esparciendo flores y pétalos frente a las ruedas de la cureña. Sin embargo, más y más flores caían como una lluvia desde las atestadas ventanas de los edificios que bordeaban el camino por donde desfilaba el cortejo.

Otelo Borroni y Roberto Vacca describen así los sucesos que acontecieron en el trayecto final de Evita:

“Por la tarde, alrededor de dos millones de personas se congregaron en el trayecto de lo que constituiría el cortejo fúnebre más imponente realizado en el país.

La cureña recorrió las calles Rivadavia, Avenida de Mayo, Hipólito Yrigoyen y Paseo Colón precedida por nueve patrulleros de la Policía Federal. A modo de valla de contención, 17 mil soldados estaban apostados a las órdenes del general de división José Domingo Molina, el Capitán de intendencia Enrique Mancione y el Coronel Nicanor Erce.

Treinta y cinco hombres y diez mujeres – secretarios de sindicatos elegidos por sus méritos – eran los responsables de arrastrar la cureña. Vestían camisas blancas y pantalones o polleras negras. Sobre sus pechos pendía un crespón negro.

A los costados de la cureña, en correcta formación, cadetes del Colegio Militar y de las Escuelas Naval y de Aviación, junto a alumnos de la Ciudad Estudiantil y enfermeras de la Fundación, constituían una doble Guardia de Honor.

A las 17.50, mientras se escuchaba en la ciudad callada una salva de 21 cañonazos y un corneta del Ejército tocaba a silencio, seis lacayos de la empresa de pompas fúnebres Lázaro Costa introdujeron el ataúd en el recinto de la Central Obrera.” (*)

 

“EVA”

Calle Florida, túnel de flores podridas.

Y el pobrerío se quedó sin madre

llorando entre faroles sin crespones.

Llorando en cueros, para siempre, solos.

Sombríos machos de corbata negra

sufrían rencorosos por decreto

y el órgano por Radio del Estado

hizo durar a Dios un mes o dos.

Buenos Aires de niebla y de silencio.

El Barrio Norte tras las celosías

encargaba a París rayos de sol.

La cola interminable para verla

y los que maldecían por si acaso

no vayan esos cabecitas negras

a bienaventurar a una cualquiera.

Flores podridas para Cleopatra.

Y los grasitas con el corazón rajado,

rajado en serio. Huérfanos. Silencio.

Calles de invierno donde nadie pregona

El Líder, Democracia, La Razón.

Y Antonio Tormo calla «amémonos».

Un vendaval de luto obligatorio.

Escarapelas con coágulos negros.

El siglo nunca vio muerte más muerte.

Pobrecitos rubíes, esmeraldas,

visones ofrendados por el pueblo,

sandalias de oro, sedas virreinales,

vacías, arrumbadas en la noche.

Y el odio entre paréntesis,

rumiando venganza

en sótanos y con picana.

Y el amor y el dolor que eran de veras

gimiendo en el cordón de la vereda.

Lágrimas enjuagadas con harapos,

Madrecita de los Desamparados.

Silencio, que hasta el tango se murió.

Orden de arriba y lágrimas de abajo.

En plena juventud. No somos nada.

No somos nada más que un gran castigo.

Se pintó la República de negro

mientras te maquillaban y enlodaban.

En los altares populares, santa.

Hiena de hielo para los gorilas

pero eso sí, solísima en la muerte.

Y el pueblo que lloraba para siempre

sin prever tu atroz peregrinaje.

Con mis ojos la vi,

no me vendieron esta leyenda,

ni me la robaron.

Días de julio del 52

¿Qué importa donde estaba yo?

No descanses en paz, alza los brazos

no para el día del renunciamiento

sino para juntarte a las mujeres

con tu bandera redentora

lavada en pólvora, resucitando.

No sé quién fuiste, pero te jugaste.

Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo,

metiste a las mujeres en la historia de prepo,

arrebatando los micrófonos,

repartiendo venganzas y limosnas.

Bruta como un diamante en un chiquero

¿Quién va a tirarte la última piedra?

Quizás un día nos juntemos

para invocar tu insólito coraje.

Todas, las contreras, las idólatras,

las madres incesantes, las rameras,

las que te amaron, las que te maldijeron,

las que obedientes tiran hijos a la basura de la guerra,

todas las que ahora en el mundo fraternizan

sublevándose contra la aniquilación.

Cuando los buitres te dejen tranquila

y huyas de las estampas y el ultraje

empezaremos a saber quién fuiste.

Con látigo y sumisa,

pasiva y compasiva,

única reina que tuvimos,

loca que arrebató el poder a los soldados.

Cuando juntas las reas y las monjas

y las violadas en los teleteatros

y las que callan pero no consienten

arrebatemos la liberación

para no naufragar en espejitos

ni bañarnos para los ejecutivos.

Cuando hagamos escándalo y justicia

el tiempo habrá pasado en limpio

tu prepotencia y tu martirio, hermana.

Tener agallas, como vos tuviste,

fanática, leal, desenfrenada

en el candor de la beneficencia

pero la única que se dio el lujo

de coronarse por los sumergidos.

Agallas para hacer de nuevo el mundo.

Tener agallas para gritar basta

aunque nos amordacen con cañones.

                           María Elena Walsh

 

* “La vida de Eva Perón”, Otelo Borroni, Roberto Vacca, Ed Galerna, 1970 págs 320-321

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