Ni uno más

Relatos de la juventud, pinceladas que recorren los años noventa en la mirada de una niña , que hoy se ha transformado en militante del campo popular
Anabella Ortigoza Exclusivo para Infobaires24
Fondo monetario internacional, megacanje, corralito, Anoop Singh, 1 a 1. Cinco presidentes en una semana, balas de goma en mi barrio, mis vecinos atrincherados, Sr. Cobranza de las Manos de Fillippi sonando en la radio barrial. Lecop, patacones, clubes de trueque. Son algunos de los recuerdos que tengo de mi infancia.
Soy hija del neoliberalismo, nací durante el gobierno de Carlos 1º. Haber nacido en los noventa hace que naturalices ciertas cuestiones porque las mamaste prácticamente desde la cuna. La precarización laboral, las noticias de contrabando y de procesamientos de altos funcionarios del gobierno. Comer parecía ser el privilegio de unos pocos, así pasaba mis días, viendo como mi viejo laburaba doce horas diarias de lo que podía, sin poder darnos ni un gustito. Nada de muñecas, vacaciones, ni siquiera nada de asados. Se vivía con lo justo y necesario.
Me es inevitable recordar mis sueños, ser grande, poder estudiar y ser una profesional, se mezclaban con los de conocer a Minnie y Mickey, viajar a Disney y escribir. Yo no sé escribir palabras lindas y complicadas, yo sé decir cosas, con la pluma y con la voz, solamente que en esas épocas parecía ser que nadie nos escuchaba. Entre mate cocido y pan, las calles de mi conurbano natal me vieron crecer, cambiar mis sueños por otros, poder hacer escuchar mi voz y enamorarme de los años venideros. Vivir en soberanía, extrañarme por no tener noticias del imperio de allá arriba. Ver en la tele a un aburrido yéndose en helicóptero y ver en la misma tele como un tuerto terco por primera vez se plantaba. El resto es historia, la vuelta triunfal al Estado, las canciones de rock nacional que ya no reflejaban injusticias sociales, gente sin posibilidades que de golpe empezaba a tenerlas, la mejora económica, concretar mis sueños de estudiar y de ser profesional. Como si eso fuera poco, tener la posibilidad de ir a Disney si así lo quisiera.
Al cuadro de Evita que hay en casa se le sumó el de una mujer coraje a la que muchos le dicen «yegua» por haber tocado sus bolsillos para incluir a las mayorías.
Cambié el mundo de fantasía que quería conocer por uno mucho mejor, al cuadro de Evita que hay en casa se le sumó el de una mujer coraje a la que muchos le dicen «yegua» por haber tocado sus bolsillos para incluir a las mayorías , por no tener memoria, por no entender que finalmente todos estamos viviendo -ese- sueño. Siempre me gustó la poesía, la hermosura de las palabras, de alguna forma u otra me trasladaba a otro planeta donde nada malo podía pasarme. El fantasma de la pobreza, la devaluación, el estallido social y del desempleo, cuando yo leía poesía parecían no poder atraparme.
Seguí escribiendo, pero también soñando… Para catorce años después, darme cuenta, entre militancia, hechos y transformaciones, que la poesía no solamente se escribe. Se vive… y qué privilegiada que soy de poder vivir en ella, de que este sueño ya no solo sea mío. Porque lo hicimos realidad. Todos, y todas. Claro está.
De nosotros depende que no haya un Carlos 2º, o 3º, o 4º. De nosotros depende que no haya ni uno más.





