Roberto Caballero: «Macri lo hizo: mil desocupados por día»

En apenas 100 días Mauricio Macri batió un récord. Destruyó empleo a una velocidad de la que el Libro Guiness debería tomar nota. Mil despidos por día, del sector público y privado. Si “gobernar es crear trabajo”, como decía un viejo general, entonces podría afirmarse que asistimos a un desgobierno. Pero no es así. Cambió el paradigma.
Para la derecha neoliberal gobernar es bajar salarios, y para que eso suceda se destruye empleo, el suficiente para generar un ejército disponible de mano de obra que presione a los ocupados y los haga desistir de cualquier reclamo salarial. Es como la derogación de las paritarias, pero sin decretos, sin leyes, ni instrumentos legales que lo dispongan: directamente, de facto, por la fuerza de los hechos consumados.
El año pasado, los trabajadores petroleros del sur anunciaban medidas de fuerza por el impuesto a las Ganancias. Este año, preparan nuevamente un plan de lucha, pero para reclamar que no haya una ola de despidos en el sector. ¿Qué pasó en el medio? Tres meses de administración macrista. Tres meses de gobierno de derecha. Y pasaron de exigir mejores salarios a solicitar algo parecido a la clemencia para poder conservar sus puestos.
Ni la salida del “cepo”, ni el acuerdo humillante con los buitres exigido por un juez de los Estados Unidos. Nada de eso puede mostrar como exitoso en serio el flamante presidente, salvo en las páginas de Clarin y La Nación. En lo único en lo que acertó, y para mal de muchos, es en barrer con la ilusión del pleno empleo o del empleo vitalicio y docilizar así, bajo amenaza de lo peor, a un sector importante de la clase obrera y a sus dirigencias burocratizadas que no saben cómo explicarle a sus bases que ayer eran “combativos” contra un gobierno popular y hoy son “comprensivos” de un gobierno neoliberal y sus prácticas antiobreras.
No es toda la clase trabajadora, por supuesto. Ni son todos los sindicatos. Están los que resisten con mucha dignidad. Pero hay que decirlo: también operan los que quieren ser oficialistas del macrismo y le extienden un piadoso manto de justificación a los despidos. Algunos hasta armaron las listas negras en el Estado y otros ya pactaron paritarias del 20 por ciento a seis meses, cuando todas las grandes empresas vaticinan una inflación anual del 56%.
El tema del empleo es medular. De todos los índices que andan dando vueltas (desde el riesgo país, hasta el de la recaudación, pasando por el de la canasta alimentaria), la cantidad de gente ocupada es la única medida cierta para definir si un modelo económico es más o menos saludable para el conjunto de la sociedad. Por ejemplo, para conocer la España real, se puede hacer caso a lo que dicen las calificadoras de riesgo. Entonces se advertirá que hay una España que dejó de crecer hace rato pero también dejó de caer en los últimos dos años. Sin embargo, hay otra España, la de la gente de carne y hueso, que tiene a uno cada dos jóvenes en condiciones de trabajar sin empleo. Ese es el índice más ajustado para saber cómo está la economía española y no lo que dicen los bancos, a los que le va bien cuando todo está bien y les va mejor cuando todo está mal.
Por eso, cuando se analizan los 100 días de Macri, más allá del revanchismo, el sesgo represivo, del capitalismo de amigos, del retorno a las relaciones carnales con Estados Unidos, de la extorsión efectiva para conseguir el acuerdo de diputados, senadores y gobernadores con el pacto buitre, lo que realmente define a su gobierno es la política deliberada de destrucción del empleo, que tiene carácter estratégico para el bloque de poder que lo apoya desde el Foro de la Convergencia Empresarial, donde Techint, Arcor y Clarin deciden el futuro del país o si el país deja de tener futuro.
De todos los índices que andan dando vueltas (desde el riesgo país, hasta el de la recaudación, pasando por el de la canasta alimentaria), la cantidad de gente ocupada es la única medida cierta para definir si un modelo económico es más o menos saludable para el conjunto de la sociedad
El miércoles 16, La Nación publicó una nota titulada “Según la UIA, la crisis fabril equivale a la del lapso 1998-2001”. No es Página 12, ni el semanario de la CGT de los Argentinos, ni Prensa Obrera. Es el diario de los Mitre y los Saguier. Allí puede leerse “la descripción está consignada en un trabajo elaborado por el Centro de Estudios de la UIA, que conduce el economista Diego Coatz, y que empieza recordando que la industria argentina acumula en los últimos cuatro años una ‘dinámica contractiva’ y que está hoy 4,5% debajo del récord de 2011”.
La “dinámica contractiva” de la que habla Coatz, leída así, al pasar, pareciera que responde a la herencia de la que habla Macri en sus (cortos) discursos. No, lo aclara la misma nota: “Uno de los factores clave que explica este comportamiento es la estructura del comercio exterior argentino que depende sustancialmente de Brasil (destino del 27% de las exportaciones de manufacturas), país que se encuentra en un contexto complejo y con malas perspectivas”.
Claro, son empresarios. No van a decir que Brasil comenzó su debacle cuando decidió aplicar políticas neoliberales bajo el monitoreo del FMI, aunque describen con bastante pericia la situación que atraviesa, producto precisamente de esas políticas, nuestro principal socio: “Esto está enmarcado, a su vez, en un contexto económico de más de cinco años de estancamiento del PBI de Brasil, con caída del 3,6% para 2015 y una estimación de -2,6% para 2016, situación que es aún más complicada para la actividad industrial, que exhibió una merma de la producción manufacturera del 9,9% en 2015 (que fue generalizada a prácticamente todos los sectores) y se espera una contracción en torno al 3,2% para 2016. De cumplirse las proyecciones, este año podrían producirse 3% menos de bienes y servicios y hasta un 15% menos de productos industriales que en el 2011”.
La central fabril, que apoya al gobierno de Macri en público tratando de evitar que trasciendan las quejas de sus socios por la ausencia de una política industrial oficial, advierte finalmente sobre la situación que estas dificultades podrían generar en la mano de obra argentina: “El problema de la industria argentina se ve agravado por su importancia para el empleo local, ya que el sector manufacturero es el sector que contiene la mayor parte de empleo privado registrado en la actualidad”.
Es decir: más desempleo. El leve tono crítico del mensaje de la UIA obedece, ya se dijo, a que los patrones agrorurales recibieron lo suyo, las mineras también y los bancos buitre otra parte, pero la industria ha quedado relegada de beneficios en estos primeros 100 días. Le agradecen al oficialismo la condición general de baja salarial, que ellos definen como “costo laboral”, aunque quisieran plata, subsidios, fomento estatal directo, créditos a tasas que nadie tiene. Es el reclamo de un sector que puja por prebendas y que en su búsqueda desliza en los medios que la situación es como la de 1998 a 2001. Lo cual es cierto, y no deja de ser grave, gravísimo, aunque la UIA lo diga para presionar al gobierno y quedarse con dos cosas relevantes para la rentabilidad de sus socios: salarios bajos y créditos públicos, en lo posible, a la vez. Lo primero ya lo tienen. Lo segundo, difícil. Este no es un gobierno industrialista.
En los meses que vienen, seguramente el macrismo seguirá sumando oficialistas inesperados. El voto de 165 diputados, más el casi seguro triunfo en el Senado del pacto buitre, demuestra que hay un consenso generalizado al interior del sistema político tradicional para sostener (producto de la necesidad o de la ausencia de convicción, o de las dos cosas juntas) al gobierno y sus lineamientos esenciales en materia de finanzas, como mínimo.
La realidad publicada será dulce para Cambiemos. Al menos, mientras dure la ilusión de que lloverán dólares para el país y las provincias cuando Paul Singer y Thomas Griesa sean satisfechos en sus demandas que pagarán tres generaciones de argentinos, algunos que ni siquiera nacieron todavía. Nada garantiza que eso vaya a pasar tal como prometen. Pero el que quiere creer se convence siempre, es una cuestión de cátering: a más sanguchitos, mayor probabilidad de salto de una convicción a otra. Eso está pasando en el FPV.
Mientras tanto, convendría no dejar de prestarle atención a lo que ocurre en el país real con el desempleo y la conflictividad, que irán en aumento. Ojo: no es que cuánto peor, mejor. Hay que ver si la conflictividad social le gana a la política destructora de empleo y salario, o si la ofensiva gubernamental produce el miedo suficiente para congelar y paralizar los reclamos, como ocurrió en la primera parte de los ’90.
Esa tensión, al menos en estos primeros 100 días de Macri, se viene volcando favorablemente hacia el modelo de disciplinamiento que propone el oficialismo. Disciplinamiento exitoso de gobernadores, de senadores, de diputados, de opositores y de sindicalistas, que no quieren quedarse sin trabajo, aunque sea de cómplices o actores de reparto en la trama.
Esto es verdad, también asumir que no será eterno. Porque nunca lo fue.





