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Oscar Cuartango: Representante moral del legado de Cristo

Oscar Cuartango

Mucho antes de ser Papa, este sacerdote Jesuita del “Fin del Mundo”, como se autodefinió en su primera aparición Papal en público ante la multitud de fieles presentes en la Plaza San Pedro en Roma, como Arzobispo de Buenos Aires y Cardenal Primado de nuestro país, venía transitando el mismo camino de sensibilidad social y de reivindicación de la educación y el trabajo como instrumentos de inclusión social y movilidad social, como lo corrobora el documento de “APARECIDA” del 2007 en Brasil, en cuya redacción  tuvo un protagonismo no menor.

En el  mismo sentido ese año 2007, publica un libro “El Verdadero Poder es el Servicio”, donde, con expresa referencia a la encíclica “Laboren Exercens”, se refiere a los dos elementos en que se sustenta la doctrina social de la Iglesia:  “La tutela de la dignidad y de los derechos de la persona en el ámbito de una justa relación entre trabajo y capital” y habla de “una espiritualidad del trabajo” como elemento ordenador de vida

No es coincidencia que haya elegido como llave para graficar y entender la problemática social, la figura geométrica del Poliedro, sólida y desigual, con sus diferentes caras que forman una unidad en su diversidad.  Ver el libro de Massimo Franco, “El Vaticano según Francisco”.

Reivindicó desde  su primer día como Sumo Pontífice, la humildad y la sencillez sacerdotal, la función pastoral y evangelizadora del  sacerdocio y lo predicó con el ejemplo en cada uno de sus actos.

Su Encíclica “LAUDATO SI” sobre el cuidado de “la Casa Común” marca claramente el rumbo de su  Papado desde una perspectiva humanamente ecologista, poniendo al hombre y en trabajo en el centro de las cosas.

No se limita a hacer un ecologismo abstracto o fundamentalista, sino que hace una expresa y puntual referencia a “Los Excluidos”. “Hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social y es cuidar tanto el clamor de la tierra, como el clamor de los pobres.

En cualquier planteo sobre una ecología integral, que no excluya al ser humano, es indispensable incorporar el valor del trabajo tan sabiamente desarrollado por Juan Pablo II en Laborem Exercens. “El hombre es el autor, el centro y fin de la vida económico social y debe ser prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos”.

Frases como: “Quiero lio” instando a los hombres y en especial a los jóvenes a no dejarse dominar por una aceptación conformista de las injusticias, o más cerca en el tiempo: “Que la fe no se transforme en ideología, la piedad en filantropía y la Iglesia no se transforme en una ONG”, “El que se enriquese con el Trabajo en negro es una verdadera sanguijuela”  “La explotación Laboral es  un pecado mortal y una nueva forma de esclavitud” a la vez que define “El Trabajo y la educación son los instrumentos más eficaces para corregir la desigualdad de oportunidades en la vida”, nos lo muestran con meridiana claridad.

 Coincidentemente y a contrapelo de las políticas flexibilizadoras en materia laboral, impulsadas en nuestro país por el Presidente Macri y su equipo, el laboralista y Vicepresidente de la U.I.A. Daniel Funes de Rioja, el abogado laboralista Julian de Diego y el economista Jose Luis Espert entre otros, el papa Francisco en su visita pastoral a Génova, lamentó que “el sistema político favorezca al que especula y no al que invierte y cree en el trabajo”, al tiempo que sentenció: “el que despide gente no es un buen empresario, sino un comerciante”.

“Una enfermedad de la economía es la progresiva transformación de los empresarios en especuladores. No deben ser confundidos, son dos tipos distintos. El especulador es una figura similar a la que Jesús en el Evangelio llama ‘mercenario”.

“El especulador no ama su empresa, ni a sus trabajadores, sino que los ve sólo como medios para sacar ganancias. Despedir, cerrar, mudar la empresa, no le crean ningún problema, porque el especulador usa, instrumentaliza, come personas y medios para sus objetivos de beneficios”.

“Paradójicamente, algunas veces el sistema político parece favorecer al que especula sobre el trabajo y no al que invierte y cree en el trabajo”. o hay buena economía sin buenos empresarios.

 “El que piensa resolver los problemas de su empresa despidiendo gente no es un buen empresario, es un comerciante: hoy vende su gente, mañana vende la dignidad propia”.

También criticó la cultura de la “meritocracia” porque usa una palabra bella, el mérito, pero lo está transformando en una legitimación ética de la desigualdad. Interpreta los talentos de las personas no como un don sino como un mérito, determinando un sistema de ventajas y desventajas acumulativo”,  coincidentemente, criticó también “la cultura de la competitividad entre los trabajadores dentro de la empresa”.

 “El trabajo es el centro de cada contrato social, no un medio para consumir. Hay que amar el trabajo, es un amigo de la oración, está presente en la Eucaristía. Un mundo que no entiende el trabajo, no entiende la Eucaristía. El trabajo es dignidad, y por eso todos deben tenerlo”, finalizó.

La defensa de los desposeídos y la justicia social expresadas en las tres T, Techo, Tierra y Trabajo marcan el rumbo de su Pontificiado.

 

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