Macri le pidió a Vidal no pagar el aguinaldo para que los trabajadores sufran

El ex presidente Mauricio Macri en su libro Primer Tiempo reconoce que le pidió a la entonces gobernadora bonaerense, María Eugenia Vidal, que no pague el aguinaldo a los trabajadores estatales para que sientan la supuesta crisis que dejó la administración de Daniel Scioli.
«Cuando María Eugenia Vidal asumió en la provincia, se dio cuenta de que en la caja no había fondos ni para pagar el aguinaldo o los sueldos de diciembre. Y vino a pedirme que la ayude. La única solución posible, dado que la Nación tampoco tenía plata de sobra, era pedirle al Banco Central que emitiera los pesos necesarios para que la provincia les pagara a sus empleados», comenzó contando Macri.
Luego detalló el perverso pedido que hasta la propia Vidal rechazó: «Le propuse un camino alternativo. «Pensemos si no sería bueno que no pagues el aguinaldo, así queda claro el desastre que te dejó Scioli», le dije. «Proponé pagarlo escalonadamente, a lo largo de varios meses, a medida que se van recuperando los números de la provincia». Reconocí que era una medida difícil, que iba a generar resistencia y que probablemente era injusta con los empleados de la provincia, que no tenían la culpa de la irresponsabilidad de Scioli. «Pero te puede servir para marcar claramente este desastre», insistí.
El mensaje completo de Macri:
En mi primer discurso ante la Asamblea Legislativa, el 1o de marzo de 2016, tracé
un diagnóstico detallado de todos los problemas que habíamos encontrado (no sólo
en la economía). «Encontramos un Estado desordenado y mal gestionado, con
instrumentos de navegación rotos, se ocultó información, faltan documentos, no hay
estadísticas, cuesta encontrar un papel», dije aquel día en el Congreso. Más tarde
agregué: «Nos encontramos con un país lleno de deudas, deudas de infraestructura,
deudas sociales, deudas de desarrollo. En estos años de vacas gordas no ahorramos,
sino que nos comimos nuestro capital, como tantas veces nos ha ocurrido en el
pasado».
Expuse los datos sobre el déficit récord y la presión tributaria récord, el crecimiento
de la inflación y la pobreza, y la caída en las reservas del Banco Central. Dije que el
gobierno anterior había contado con más de 300 000 millones de dólares extras que
en los años 90, y que aun así no había logrado transformaciones productivas
profundas ni crecimiento sostenido. Fue un discurso duro, pero necesario. Un par de
semanas más tarde publicamos un informe todavía más extenso, llamado El estado
del Estado, en el que describimos en detalle la historia reciente del Estado argentino
y la situación que habíamos recibido área por área.
Por eso digo que no tienen razón aquellos que sistemáticamente nos reclaman por no
haber puesto un eje permanente en la situación que recibimos. Pero digo que sí
tienen razón porque es cierto que contar la herencia no fue el eje principal de nuestra
política aquellas primeras semanas. ¿Por qué? Por una variedad de razones.
La prime a es que, en efecto, nos habían dejado una bomba sin explotar cuya mecha
era extremadamente corta. Quien mira los números en detalle puede ver que con ese
déficit, ese atraso cambiario, ese Banco Central con reservas netas negativas y esa
inflación contenida artificialmente, con cepos de todo tipo, la bomba ahí estaba.
Pero mi responsabilidad como piloto del avión, en aquellos días, era convencer a los
argentinos y a los mercados de que la bomba no iba explotar. Me habían entregado
un avión en problemas que requería maniobras urgentes para ser estabilizado. Si en
lugar de calmar a los pasajeros y decirles que la situación es- taba bajo control, los
asustaba diciendo que ten amos una bomba a punto de explotar, la situación podría
haberse vuelto caótica. Mis hijas Agustina y Gimena me plantearon con toda
claridad lo difícil que era para buena parte de la sociedad ver la explosión inminente
que yo veía. Una bomba que explotó deja rastros rea- les y concretos. Pero para la
que no explotó aún hay que determinar su existencia mediante indicios. Y esto es
más fácil detectarlo para los economistas que para las personas cuya vida cotidiana
continúa como si la bomba no existiera.
Necesitábamos, además, generar rápido un clima de que se había cerrado una etapa
y empezaba otra, generar confianza en los argentinos de que podíamos salir
adelante. Entonces, nuestro primer objetivo fue evitar otra crisis como la de 2001-
2002, que perfectamente podría haber ocurrido por la trayectoria que traía la
economía. Ese objetivo fue cumplido con éxito, y una muestra de eso es que
levantamos el cepo cambiario, que ya llevaba cuatro años, en nuestra primera
semana de gobierno, todavía sin reservas en el Banco Central. A pesar de los
números terribles de la economía y de la fragilidad en la que estábamos, los
argentinos no salieron como locos a comprar dólares apenas les dimos la
oportunidad de hacerlo legalmente. ¿Por qué? Porque confiaban en el nuevo
gobierno.
Otra razón por la cual contamos la herencia recibida pero sin transformarla en el eje
de nuestro mensaje político fue que la sociedad no quería escuchar ese mensaje. Mi
impresión, quizás equivocada, era que los argentinos querían mirar hacia adelante y
construir un futuro juntos, para ellos y para sus hijos, y dejar atrás una etapa de
divisiones que no había servido para nada. Y se sentían así en buena parte porque no
percibían que el país estaba al borde de una crisis. Es cierto que hacía varios meses
que estábamos en recesión y que los diversos parches que tenía la economía
mostraban que la cosa no estaba funcionando bien Pero una parte importante de la
sociedad no percibía la necesidad de hacer reformas profundas, ni sufría la
desesperación o la resignación que generan las situaciones de crisis. Por el contrario,
había optimismo. Y además no nos habían votado para eso. Nuestro mandato
político —recordemos que habíamos ganado el balotaje por menos de 3 puntos—
era dejar atrás el estilo político y la prepotencia del kirchnerismo, y no muchos veían
la necesidad de hacer un cambio drástico de régimen económico.
Además, existía el riesgo de que, por advertir sobre la existencia de la bomba, se
generara la gran crisis que queríamos evitar.
Eso nos habría permitido tener razón sobre todo lo que decíamos respecto de la
herencia del kirchnerismo. Pero en el medio estaban los argentinos. Habría sido
irresponsable políticamente y moralmente jugar con la posibilidad de una crisis, por
el sufrimiento que eso habría traído a una sociedad que necesitaba dejar atrás el
pasado y empezar a mirar hacia el futuro.
Eso es lo que pensaba en aquel momento. Con la distancia que tengo ahora, pienso
que quizás podría haber puesto más énfasis en el diagnóstico y que las críticas
posteriores tenían algo de razón. Pero no estoy seguro. Era un equilibrio muy
delicado y también es cierto que los objetivos iniciales que nos pusimos en aquel
momento —evitar una gran crisis, ordenar el mercado cambiario y salir del
default— los logramos con mucho éxito.
Lo que sí me cuestiono, y mucho, es que pudimos hacer algo parcial, que habría
mostrado bien el desbarajuste sin castigar a los argentinos por eso. Cuando María
Eugenia Vidal asumió en la provincia, se dio cuenta de que en la caja no había
fondos ni para pagar el aguinaldo o los sueldos de diciembre. Y vino a pedirme que
la ayude. La única solución posible, dado que la Nación tampoco tenía plata de
sobra, era pedirle al Banco Central que emitiera los pesos necesarios para que la
provincia les paga ra a sus empleados.
Le propuse un camino alternativo. «Pensemos si no sería bue- no que no pagues el
aguinaldo, así queda claro el desastre que te dejó Scioli», le dije. «Proponé pagarlo
escalonadamente, a lo largo de varios meses, a medida que se van recuperando los
números de la provincia». Reconocí que era una medida difícil, que iba a generar
resistencia y que probablemente era injusta con los empleados de la provincia, que
no tenían la culpa de la irresponsabilidad de Scioli. «Pero te puede servir para
marcar claramente este desastre», insistí.
María Eugenia prefirió no hacerlo, en parte porque sentía lo mismo que yo, que era
mejor empezar con un buen clima en la provincia y tratar de gestionar rápido
después de tantos años de abandono. Además, era una tarea para la cual ella aún no
estaba convencida, porque había sido candidata por un pedido personal mío. Ahí
pesó la lealtad incondicional que siempre tuve con ella y desistí. Pero sigo pensando
que habría sido una buena idea, porque nos habría permitido mostrar, con una
disrupción muy fuerte, el tamaño del desastre que nos habían dejado, sin que lo
tuvieran que sufrir todos los argentinos. Habríamos tenido a los empleados públicos
de La Plata en la calle, reclamando con justicia lo que les correspondía, pero
también les podríamos haber dicho, con la misma justicia: «No nos dejaron un peso,
esto es lo mejor que podemos hacer».
Este episodio muestra también la diferencia de calidad humana y política entre
María Eugenia y Axel Kicillof. María Eugenia, que realmente no tenía un peso para
pagarle a nadie, hizo su mayor esfuerzo para no quejarse y salir adelante. Kicillof,
que recibió más de 30 000 millones de pesos en la caja, se quejó amargamente de la
situación recibida, como si no le alcanzara ni para pagar una caja de fósforos.





