El 12 de octubre, entre Eric J. Hobsbawm y Jorge A. Ramos

– La construcción de un consenso en clave democrática, nacional y popular, plantea el desafío de abordar algunas cuestiones, procesos o acontecimientos históricos que, por su complejidad y particularidades, disparan habitualmente la polémica y la confrontación. Dentro de esta categoría de contenidos históricos problemáticos, el 12 de octubre ocupa un lugar privilegiado.
La historiografía tradicional ha formulado diversas interpretaciones alternativas: ¿Conquista o encuentro de culturas? ¿Genocidio o inclusión de América en la senda del progreso en clave eurocentrista? ¿Saqueo o justo precio por la divulgación entre los nativos de la fe y la civilización cristiana?
Podrían presentarse caracterizaciones hasta el hartazgo, pero todas ellas expresan dos perspectivas subyacentes: una que plantea la cuestión en términos de conflicto entre civilización (occidental) y barbarie, dispuesta a considerar como “daños colaterales” la violencia, las pestes, la enajenación de riquezas, etc., adoptando el axioma de que “el fin justifica los medios”, y otra que denuncia el autoritarismo de esa interpretación, y reivindica los derechos de los pueblos originarios, avasallados por los europeos y el derecho a la autodeterminación.
¿Conquista o encuentro de culturas? ¿Genocidio o inclusión de América en la senda del progreso en clave eurocentrista?
Paradójicamente, las opciones señaladas no se excluyen sino que se complementan, componiendo las dos caras de un mismo proceso. Por cierto que existió la conquista brutal, el genocidio y el saqueo, los que resultan naturalmente condenables, pero ello no impide advertir que se sustanció, asimismo, un encuentro de culturas; que la imposición forzosa del cristianismo agudizó la capacidad de resistencia de los pueblos originarios, que apelaron a los sincretismos para preservar sus antiguas creencias; o bien que los europeos también incorporaron practicas y consumos propios de las sociedades americanas.
Estos procesos, con sus tensiones y sus contradicciones, permitieron construir nuevas síntesis culturales y definir un destino común para las nacientes sociedades latinoamericanas. Esta interpretación no implica una puesta en cuestión de la posibilidad de formular condenas morales a los objetivos o procedimientos de los conquistadores, o de reivindicar los derechos de los pueblos originarios.
Sin embargo, desde el análisis histórico debemos basarnos en procesos efectivos y no en contra-fácticos. Y en tal sentido, la llegada de los europeos constituyó el punto de partida en la gestación de las nuevas sociedades: ni nativas ni blancas, sino mestizas y originales. Y, sobre todo, nuestras.
La llegada de los europeos constituyó el punto de partida en la gestación de las nuevas sociedades: ni nativas ni blancas, sino mestizas y originales.
Si bien los argumentos y conclusiones precedentes pueden considerarse casi como un tributo al sentido común, la historia argentina aporta numerosos ejemplos de la resistencia del liberalismo, a aceptar cualquier clase de clasificación que pretendiera englobar dentro de un colectivo común, a esa élite portuaria blanca con los pueblos originarios o la población mestiza.
Recordemos que la receta de la generación del ‘37, a través de la pluma de Sarmiento, recomendaba “no ahorrar sangre de gauchos”, mientras que Alberdi reclamaba su auto-inmolación en la empresa de exterminio del indio. La Argentina moderna debía ser blanca y europea, y abandonar definitivamente todo alternativa de “americanismo a lo Rosas”, según le comentaba Mariano Balcarce al presidente Mitre en 1864.
El punto de vista era compartido por el fundador de La Nación, quien ese mismo año reconvino duramente a Sarmiento – enviado como observador al Congreso Americano que se desarrollaba en Perú-, por expresar su repudio a la invasión de las Islas Chincha por parte de España, “en su nombre y en el del pueblo argentino”. Para Mitre, el colectivo de referencia de la Argentina debía ser la civilización europea y no la “barbarie” americana; y no dudó en dejárselo en claro a su compadre.
Según la generación del ’37, la Argentina moderna debía ser blanca y europea y abandonar el ‘americanismo a lo Rosas’.
Hobsbawm y Jorge A. Ramos
Con apenas dos días de diferencia, se conmemora la muerte de dos historiadores que expresaron miradas contrapuestas sobre la dominación colonial y la escritura de la historia. El 1 de octubre de 2012 falleció Eric J. Hobsbawm, historiador inglés nacido en Alejandría, en tiempos en que Egipto era colonia británica.
Hobsbawm se enroló en el comunismo en 1933, mientras vivía en Berlín, para emigrar poco después a Inglaterra. Las contradicciones abundaron a lo largo de su vida: aunque se definía públicamente como comunista, la mayor parte de su vida descartó la militancia y se mantuvo fuera del PC. Crítico del capitalismo, insistía en resaltar su condición de profesor de Cambridge, o en ejercer su vocación como critico de jazz en publicaciones norteamericanas con el seudónimo de Francis Newton.
Fundador de una nueva corriente histórica, la “historia social”, que constituyó a las sociedades en protagonistas de los procesos históricos en reemplazo de los Estados o los grandes hombres, fue sistemáticamente eurocentrista y se mostró escasamente interesado por los procesos que tenían lugar fuera de la Commonwealth.
Con apenas dos días de diferencia, se conmemora la muerte de dos historiadores que expresaron miradas contrapuestas sobre la dominación colonial y la escritura de la historia.
Su biografía confirma la exactitud de la definición del historiador francés, Francois Furet, sobre los comunistas de Europa occidental, a los que consideraba siempre dispuestos a defender la revolución socialista, en tanto esto no incluyera la exigencia de radicarse en la Europa del Este o resignar un estilo de vida acomodado y distante de las masas trabajadoras. Amantes del bienestar capitalista y del consumismo, su pretendido “compromiso social” les dotaba del prestigio indispensable para ahuyentar las objeciones de conciencia y el insomnio.
Progresista y políticamente correcto, Hobsbawm le adicionó a la pretensión colonizadora de la cultura europea. una conceptualización marxista que descalificaba en tono agrio los procesos alternativos a esa matriz que encaraban las sociedades tecermundistas, haciendo las delicias de aquellos académicos latinoamericanos que coordinaban el progresismo con su fobia por el peronismo.
El 2 de octubre, se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de Jorge Abelardo Ramos, fallecido en 1994. Aún cuando sus orígenes intelectuales no son demasiado lejanos a los del alejandrino, Ramos se situó en la vereda del compromiso social y la militancia política. Evidenciando una drástica ruptura con el internacionalismo marxista, apostó al socialismo nacional y a la integración de la Patria Grande: una América robusta y solidaria, integrada en clave nacional y popular.
Para Ramos, América Latina era mucho más que “un simple campo geográfico donde conviven veinte Naciones diferentes. (…) una Nación mutilada, con veinte provincias a la deriva, erigidas en Estados más o menos soberanos. (…)». Desde que Europa tomó posesión de América Latina, a partir de la ruina del Imperio español, no solo controló el sistema ferroviario, las bananas, el café, el cacao, el petróleo o las carnes, sino que consumó una hazaña mucho más peligrosa: influyó sobre gran parte de la intelligentsia latinoamericana y tendió un velo sutil entre la trágica realidad de su propio país y sus admirados modelos externos.
Hoy podemos advertir cómo, en el marco de esa terrible disputa, los enemigos vieron lentamente permeada su intransigencia, para constituir nuevos colectivos culturales, originales y propios de Nuestra América.
Así, hasta los rebeldes de aldea, y las doctrinas de «liberación», llevaban la marca del amo al cuello. Con el sello de Occidente, eran como cartas de navegación erróneas, preparadas para extraviar a los viajeros. Todo lo latinoamericano o criollo fue despreciado o detestado. Desde la Ilustración, o aún antes, no faltaban antecedentes para ello.”
Hoy en día, en la segunda década del Siglo XXI, podemos echar una mirada sobre nuestro pasado y sus cristalizaciones en nuestro presente. Sobre un proyecto cultural hegemónico impulsado por España, que supuso la destrucción física e identitaria del otro, el saqueo de sus riquezas, la exclusión social de sus habitantes, y la heroica resistencia de esos pueblos, que a través de sincretismos, de la confrontación armada y la resistencia silenciosa, mantuvieron vivas sus tradiciones y su cultura a lo largo de mas de 5 siglos.
Y también, advertir cómo, en el marco de esa terrible disputa, los enemigos vieron lentamente permeada su intransigencia, para constituir nuevos colectivos culturales, originales y propios de Nuestra América.
De enemigos a adversarios, de adversarios a compatriotas; de la negación de los derechos y el estilo de vida de los colectivos subalternos a su equiparación y valoración. Por cierto que no es una senda sencilla, pero se trata de un camino a seguir recorriendo, en el marco del respeto y la voluntad de una sana convivencia con el otro. Es la única alternativa posible como seres humanos comprometidos en la consolidación y fortalecimiento de una sociedad pluralista y democrática.





