Internacionales

El retorno de los zombis

Eduardo J. Vior

Los integrantes del equipo de política exterior que Joe Biden presentará hoy son veteranos del “Estado profundo” diplomático y de inteligencia que gobierna a EE.UU. desde 1945.

Por Eduardo J. Vior

Nadie sabe aún quién ganó la elección presidencial norteamericana del 3 de noviembre, pero los medios, Wall Street y la comunidad de inteligencia ya han proclamado al candidato demócrata como nuevo mandatario de Estados Unidos y se han apresurado a designar en el gobierno a su propia gente. Los nombramientos para el área de política exterior y seguridad que el elegido de los poderosos anunció este lunes 23 ratifican la vuelta de las estrategias imperiales aplicadas entre 1993 y 2017. Sin embargo, en estos últimos cuatro años el mundo ha cambiado mucho y la esperanza de que, utilizando los mismos ingredientes de entonces se alcancen los mismos resultados, pronto se va a chocar con la realidad.

La ronda de nombres presentados ayer por Joe Biden incluye a Anthony Blinken como secretario de Estado, a Alejandro Mayorkas para la Secretaría de Seguridad Interior, a Avril Haines como Directora de Inteligencia Nacional y a Linda Thomas-Greenfield para representar al país ante las Naciones Unidas.

Anthony Blinken en Corea del Sur en 2016

Blinken, de 58 años, fue subsecretario de Estado y subasesor presidencial de Seguridad Nacional durante las presidencias de Obama (2009-17). En Washington se lo ve como “uno de los nuestros”, de buenos modales, conocedor de cada resquicio del gobierno y el Congreso y con buen trato con demócratas y republicanos, lo que seguramente le aliviará la confirmación por el Senado. Al mismo tiempo se espera que sirva también de mediador hacia los sectores progresistas y los incluya en la agenda diplomática de los próximos cuatro años.

Blinken hizo la escuela media en París, estudió Derecho en Harvard y, ya graduado, también trabajó como periodista. Durante el gobierno de Bill Clinton (1993-2001) fue funcionario del Consejo de Seguridad Nacional (NSC, por su sigla en inglés) y durante seis años jefe de los asesores de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado que presidía Joe Biden. Durante la presidencia de Obama, en tanto, Blinken fue subasesor de Seguridad Nacional y subsecretario de Estado.

Avril Haines, en tanto, sirvió como subdirectora de la CIA y principal subasesora de Seguridad Nacional bajo Obama. De ser confirmada, se convertiría en la primera Directora Nacional de Inteligencia de EE.UU.

Alejandro Mayorkas, por su parte, es un cubano-estadounidense de 61 años de edad, con una larga experiencia como abogado y lobista para grupos latinos. Entre 2013 y 2016 fue subdirector de Seguridad Interior. Durante el segundo gobierno de Obama fue asimismo responsable por el programa para la acogida (controlada) de niños inmigrantes (DACA, por su sigla en inglés).

Greenfield, a su vez, es una diplomática afronorteamericana con una carrera de 30 años en el servicio exterior, hasta que se retiró en 2017.

Como  secretario de Estado, a Blinken le cabrá el endurecimiento del trato con países y regímenes con los cuales Donald Trump fue especialmente cuidadoso, como Turquía, Corea del Norte y Rusia, entre otros. Sin embargo, sus mayores desafíos los hallará en el trato con China e Irán. Es de esperar que el eventual gobierno demócrata combine severas críticas a las políticas de derechos, trato de minorías, soberanía territorial e independencia tecnológica de Beijing, tratando al mismo tiempo de negociar acuerdos comerciales, cooperar en la lucha contra la pandemia y en el cuidado del medio ambiente. Una verdadera cuadratura del círculo.

Respecto a Irán, en tanto, es probable que Blinken busque imponerle condiciones, para poder justificar el regreso norteamericano al acuerdo nuclear de 2015 sin perder prestigio. De su éxito en la maniobra depende que pueda frenar el impulso belicista de la coalición israelo-saudita-emiratí-bajreinita para atacar al vecino persa. Sin embargo, desde que Washington se retiró del acuerdo en 2017, Teherán siguió enriqueciendo uranio y desplegando sus cohetes antiaéreos, por lo que es dudoso que quiera retroceder al estadio de 2015, aunque necesita el levantamiento de las sanciones y el bloqueo.

Joe Biden comenzó su carrera senatorial en 1972, en plena Guerra Fría, y continuó ininterrumpidamente hasta 2009, cuando fue electo vicepresidente, para acompañar a Barack Obama. Durante gran parte de su trayectoria participó en y/o presidió la Comisión de Relaciones Exteriores, por lo que tiene una sólida formación en el área, conoce a numerosos diplomáticos, militares y espías, así como a representantes y funcionarios extranjeros.

Su visión sobre las relaciones con Rusia y China está enteramente moldeada por el exsecretario de Estado (1969-74) Henry Kissinger quien, a sus 96 años, sigue asesorando al que lo quiera oír. Por ello fue que recientemente Biden definió a China como un “competidor estratégico”, pero señaló a Rusia como la mayor amenaza.

El “Estado profundo” busca separar a China de Rusia, para aislar a ésta y provocar el cambio de régimen, pero las circunstancias han cambiado mucho desde 2015. La iniciativa china del Nuevo Camino de la Seda y la Franja absorbió desde 2017 al Espacio Económico Euroasiático pergeñado por el Kremlin. La incorporación de Rusia a la Organización de Seguridad de Shanghai (SSO, por su sigla en inglés) y al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB), además, ha creado sinergias tales que ninguna maniobra diplomática puede romper.

Por cierto, si Rusia entrara en crisis, China no se va a inmiscuir en sus asuntos internos, pero sabe que necesita una socia unida y fuerte, para poder extender su influencia sobre Asia Central y Occidental y llegar al Mediterráneo. Para la República Popular los próximos 15 años son esenciales en la marcha hacia la “sociedad socialista avanzada con rostro chino” y no puede permitirse un entorno inestable ni separarse de sus aliados.


Un agente de la policía china gesticula en Beijing, cerca de la Ciudad Prohibida, el 8 de noviembre de 2017, en ocasión de la visita de Donald Trump.

No solo que el Reino del Medio es la única gran potencia que termina 2020 creciendo y habiendo vencido a la pandemia, sino que las sanciones comerciales de Estados Unidos la han inducido a completar las cadenas productivas en sus desarrollos científico-tecnológicos de mayor avanzada.

La lógica de la política interna norteamericana se extiende a sus relaciones exteriores. Una elección dudosa, cuyo resultado es proclamado por los medios concentrados que, al mismo tiempo, marcan la agenda del próximo gobierno, repercute en el modo en que pretenden recuperar la iniciativa estratégica a nivel mundial. Partiendo de la apreciación realista de que los demócratas alcanzarán el gobierno por la fuerza más que por los votos, es previsible que a la vez intenten restablecer todos los acuerdos y tratados multilaterales que Trump interrumpió o abandonó, se comprometan en la expansión de la OTAN hacia el Este de Europa, en dar protección a sus aliados medioorientales contra supuestas agresiones iraníes, incrementar su presencia militar en el área indopacífica, tratar de obtener la neutralidad de China, mientras la atacan en Tibet y Xinjiang y recuperar la delantera tecnológica en los desarrollos de armas hipersónicas y radares que han perdido ante Rusia.

Quien mucho abarca, poco aprieta, dice el refrán. Como mientras tanto no cesará la resistencia de Donald Trump y sus 71 millones de seguidores, lo más probable es que el poder norteamericano se enrede en una maraña de conflictos mezclados y combinados que terminarán por maniatar su fuerza. El retorno de los muertos vivos hará que en los próximos cuatro años la todavía superpotencia sea muy agresiva. No hay que atacarla, sólo sentarse a esperar que caiga por su propio atolondramiento.

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