“Mierda por mano propia”


Flavio Bonanno La última, de algunas pares de veces que me robaron en la calle (o impares, no recuerdo), increpé al delincuente casi por impulso, una catarsis que me pudo haber costado mucho más cara que el celular que me estaban arrebatando a punta de pistola: “tomá, llevatelo vos, que tenés esta vida de mierda”.

El pibe, apenas más pibe que yo, no me escuchó. O hizo como que no. Se subió a la moto, el compañero de aventuras lo esperaba; se fueron por una calle del lado oeste de un distrito del conurbano, a pocas cuadras de la puesta en escena que montaba la policía local, un espectáculo que ofrece el intendente a sus vecinos, quienes, seguramente, aplacan sus inseguridades entre tantos efectivos de azul vigilando el palacio municipal, y no mucho más que eso. No pude evitar memorizar cada rasgo de mi asaltante.

Se llevaron esa tarde mi teléfono móvil, mi billetera, y un bolso con mis guantes de boxeo; de nada me sirvieron las instrucciones en defensa personal: el fierro me apuntaba al estómago, midiendo mis respuestas, mis movimientos. Ese día la imbecilidad me pudo haber costado la vida. Pero el odio me brotó desde lo más profundo de mis vísceras, y no pude evitar señalarle a quien me amenazaba cuál era su lugar en mi imaginario social; no pasó nada.

Una vez cometido el hecho, estando ya muy solo, frustrado, les deseé lo peor a ellos, a sus colegas, a esos “otros”. Puteé al Estado, puteé a mis mentores de ideas, puteé a mis referentes políticos y sociales. Ese día, además de mis cosas, se habían llevado un poco de lo mejor de mí. No había reflexión o comprensión posible. La calentura duró unas horas. El trabajo y esas posibilidades que me dio la vida me permitieron recuperarlo casi todo a las tres o cuatro semanas. Pensé, para aquel entonces, que la vida de mis asaltantes seguiría siendo, quizás, esa “mierda” que les señalé. Si no la habían perdido en una de sus aventuras, claro.

No puedo, habiéndolo vivido, ser hipócrita y afirmar que nunca se manifestó, en mis fantasías calientes, la idea de la “justicia por mano propia”, de la “mano dura”. Y, sin embargo, no deja de perturbarme el pensamiento que se me escapó aquella tarde: el pibe que se estaba “ganando” unos pesos en la calle, se estaba también cagando la vida.

Poco tiempo después, me enteré por redes sociales, antes que por televisión, que mi asaltante tenía rostro, nombre y, efectivamente, una suerte mucho más lastimosa que la mía: usaba el mismo camperón, viajaba en la misma moto y, seguramente aunque nunca apareció, se fugó el mismo compañero, todo lo mismo que aquella tarde en la que me arrebató mis cosas, esa mañana en la que un tipo común, un vecino, un laburante, le arrebató la vida, seguramente motivado por los mismos impulsos que me calentaban la cabeza a mí cuando me tocó padecer casi lo mismo. Se había acabado una vida de mierda, pero las mierdas mutan, se transforman, no desaparecen: la mierda habitaba ahora la vida del justiciero cuyas manos duras habían arrebatado mucho más que algunos cuantos pesos.

 Al pibe del camperón del Chelsea de Inglaterra lo violentamos en dos instancias: yo lo ubiqué verbalmente en el lugar del que nunca, probablemente, haya tenido oportunidad de desprenderse; el vecino justiciero fue por más, y liquidó una existencia innecesaria para un sistema enfermo como el que compartimos. Ambos tomamos, en cantidades distintas, un poco de la mierda que el pibe ya no carga. Yo he violentado mis creencias, el vecino estará todavía resolviendo sus condiciones de libertad en algún juzgado; yo pasé desapercibido, el vecino fue noticia de tres días, caldo de cultivo para una emergente violencia que propone hoy, más que nunca, una guerra civil legitimada en el concepto de “justicia por mano propia”.

Para esta breve crónica quisiera evitar los lugares comunes: que la violencia no es justicia, que la justicia le corresponde al Estado, que algunos roban por necesidad, que otros por gusto, que las causas, que las consecuencias, y que es un tema difícil y que “hay que ponerse en el lugar de fulanito”. Esta crónica es una excusa para expiar culpas, sepa disculpar. Es que todavía cargo con un poco de esa mierda que le señalé a un flaco que ya no existe. Y es que cada vez más, huelo a mierda por todos lados: en los que salen jugados a arrebatar la vida ajena que nada les importa (tanto poco como la propia), pero también en quienes tuvieron otras oportunidades y sin embargo optan por tragarse toda la mierda ajena, descargando un odio que vayan a saber de dónde lo habrán sacado.

 Mierda también en los medios de comunicación que venden más y más con el morbo de toda esa mierda, y a quienes hacen su terapia de mierda comentando en las redes toda la mierda que desplegarían si pudieran, si les pasara. Y mierda, mucho olor a mierda en ciertos funcionarios del Estado actual, que lejos de limpiar la mierda según corresponde a sus funciones, alientan la mierda legitimando la mierda empática, de los justos asesinos, en nada reparando sobre los solos de siempre, los que nacen con la mierda ahí, de cuyas mierdas, sin un Estado presente, jamás se habrán de deshacer.

Pensaba Freud que el elemento distintivo por excelencia que separaba a los humanos de otros animales era la separación de la mierda, el ocultamiento, el hecho de consagrar un espacio íntimo para deshacernos de ella; y he aquí mi no tan íntimo espacio de defecación: no quiero la mierda del que se llevó lo mío, tampoco quisiera la mierda de llevarme algo suyo, bajo ninguna circunstancia, contemplada o no por la ley. No quiero tampoco un estado animal, que rebalse de mierda para todos lados, a través de un presidente que legitime el asesinato de un carnicero que salió desesperado en su auto a chocar, a matar, a buscar toda la mierda de quien acababa de asaltarlo.

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