Evita y la Fundación Eva Perón, o “sólo un deber de solidaridad humana”…

Escribe Alberto Lettieri*, exclusivo para InfoBaires24
Evita fue el grito desgarrado, revulsivo, visceral del pueblo del que provenía y al que nunca estuvo dispuesta a abandonar. O, en sus propias palabras: “Cuando elegí ser Evita –afirmaba- sé que elegí el camino de mi pueblo. Nadie sino el pueblo me llama Evita.”
Aprendió política a través de la praxis, de la enseñanza y el ejemplo de su compañero y admirado maestro y compañero de vida, Juan Perón. También de su trato cotidiano con la miseria desgarradora de la Argentina oligárquica, y de la observación de la devastada Europa de posguerra que recorrió convertida en Dama de la Esperanza. Esa Evita que no dudó en aceptar el consejo del obispo Angelo Giuseppe Roncalli. el futuro papa Juan XXIII, pese a la sombría premonición que llevaba implícita: “Dedíquese sin límites. Y acuérdese que el camino de servicio a los pobres siempre termina en la Cruz”.
A su retorno de esa gira europea que marcó a fuego su vida y su obra posterior, Evita asumió esa tarea misional, dejando jirones de su salud hasta convertirse en mártir. En efecto, mientras que el Gral. Juan Perón garantizaba la inclusión social a través del trabajo y de la redistribución de la riqueza, Evita complementó esa tarea desplegando una amplísima ayuda social destinada a proteger a los más débiles: ancianos, niños, embarazadas, mujeres y enfermos. “La felicidad de un pueblo –sostenía Evita-, en cuanto se refiere a sus medios de vida, se logra con una adecuada legislación en materia de justicia social y una equitativa distribución de la ayuda social. Porque resulta innegable que ésta es complemento de aquélla. La justicia social juega en el orden de los seres aptos para el trabajo, puesto que los que dejan de serlo, ya sea por accidentes, por enfermedad o por causa que la ley contempla, no quedan jamás desamparados. La ayuda social, en cambio, va dirigida a otro sector humano, que el Estado y la sociedad no pueden ni deben ignorar. Es un deber de solidaridad humana que supera todo prejuicio.”
La Fundación María Eva Duarte de Perón, fue creada por decreto presidencial del 19 de junio de 1948, y por un nuevo decreto del 25 de septiembre de 1950 pasó a denominarse simplemente Fundación Eva Perón. Durante sus 7 años de existencia construyó hogares de tránsito para mujeres y niños sin techo, se ocupó de propiciar reformas al sistema penitenciario, sobre todo femenino, instalando guarderías y garantizando la enseñanza de oficios (peluquería, corte y confección, etcétera), en vistas a su posterior reinserción social. Los ancianos gozaron del derecho de ser asistidos, a un techo, comida digna, asistencia medica, vestimenta y seguridad. En siete años construyó ciudades universitarias e infantiles y más de mil escuelas en todo el país, así como también una Ciudad Infantil y varias Colonias de Vacaciones. Los niños pobres accedieron por primera vez a controles médicos y odontológicos, así como a regalos adquiridos en las mejores tiendas, en reemplazo de los trastos usados y desvencijados que antes les llegaban a través de la caridad.
“La ayuda social que llega, que se suministra racionalmente, previo examen de las condiciones de vida del que la recibe –sentenciaba Evita-, protege y estimula. La limosna, dada para satisfacción de quien la otorga, deprima y aletarga. La ayuda social, honestamente practicada, tiene virtudes curativas. La limosna prolonga la enfermedad. La ayuda social está destinada a mitigar necesidades y restituir a la sociedad, como elementos aptos, a los descendientes de los desamparados. ”
La Fundación construyó 12 hospitales y montó un tren sanitario que brindaba sus servicios a lo largo de la Argentina. La calidad de las prestaciones, los remedios, las prácticas gratuitas y los altos niveles salariales del personal corroboraron que la igualdad había llegado a nuestro país, y que los más débiles no eran ya abandonados o apilados en depósitos inmundos, sino reconocidos en su condición humana.
La limosna prolonga la enfermedad. La ayuda social está destinada a mitigar necesidades y restituir a la sociedad, como elementos aptos, a los descendientes de los desamparados
Sus logros fueron sorprendentes y hacer un repaso a vuelo de pájaro no constituye más que un acto de estricta justicia. Entre 1948 y 1950 consiguió empleo para 13.402 persona y 8.726 chicos fueron internados en colegios o instituciones de la Fundación. Los 19 Hogares Escuela construidos hasta 1952, y distribuidos en 16 provincias, albergaron a 25.320 niños, donde recibían educación, apoyo escolar y cuidados. Se construyeron 21 hospitales en 11 provincias, con 22.650 camas, de las cuales 17.150 se encontraban en el Gran Buenos Aires. La Fundación construyó 5 hogares de ancianos, que dieron refugio a 2.350 personas, donde recibían atención médica y cuidados provistos por enfermeras y monjas.
El Hogar de la Empleada, levantado en Avenida de Mayo 869, daba albergue a 500 mujeres y contaba además con 1.500 cubiertos para que cualquiera pudiera acceder a comidas de alto valor nutritivo a un precio ínfimo y, para controlar el funcionamiento y dar el ejemplo, Evita acostumbraba cenar allí y también convidaba a comer en el establecimiento a visitantes extranjeros. Tenía once pisos, 9 de los cuales estaban destinados a dormitorios, y estaba destinado a mujeres con sueldos inferiores a $ 500 que no tuvieran familiares ni vivienda en la Ciudad. Sólo durante el año inicial de funcionamiento del primer Hogar de Tránsito, que daba aparo momentáneo y gratuito a los sin techo, recibieron atención 60.180 personas. En total se construyeron 3 Hogares, con una capacidad de 1.150 camas. Sólo durante ese año, 45.324 personas recibieron trabajo o vivienda dignos.
En cuanto a las políticas de salud y prevención, los resultados son aún más espectaculares. Repasemos el desempeño anual de los 5 policlínicos, de atención gratuita y permanente, construidos en las localidades bonaerenses de Avellaneda, Lanús, San Martín y Ezeiza, y el Policlínico para niños Presidente Perón, ubicado en la Provincia de Catamarca. El Policlínico de Avellaneda, dirigido por el Dr. Finochietto, contaba con servicios de última generación en hematología, gastroenterología, cirugía cardiovascular, proctología, kinesiología, fisioterapia y salas de recuperación. El promedio anual de atenciones era el siguiente: consultorios externos, 245.991 pacientes; internaciones, 8.688; odontología, 34.993; radiografías, 4.850; análisis, 214.335 y recetas farmacéuticas, 834.110. El Policlínico Evita, ubicado en la localidad de Lanús, atendía anualmente a un universo de pacientes aún mayor: 256.044 en consultorios externos, 10.199 internados, 30.070 placas de radiografías, 54.391 atendidos en odontología, 155.683 análisis y 1.136.621 recetas farmacéuticas. El Policlínico de Ezeiza atendía anualmente a 60.000 pacientes, 2.661 internados, 9.937 personas recibieron servicios odontológicos. Se realizaron 18.808 análisis, 10.137 radiografías y 24.341 recetas farmacéuticas. El Policlínico Eva Perón, de San Martín, se inauguró en abril de 1953 , y atendió durante ese año a 185.494 pacientes, en consultorios externos, 6.551 internaciones, 1.740 nacimientos, se hicieron 27.978 placas radiográficas, 6.000 aplicaciones radioterápicas, 70.733 análisis y se confeccionaron 45.900 regímenes dietéticos. El Policlínico de niños de Catamarca tuvo una media anual de 16.482 pacientes en consultorios externos, 2.950 internados, 3.504 asistidos en odontología, 5.085 análisis y 24.700 recetas. Finalmente, el Instituto del Quemado atendió anualmente a 5.000 pacientes, disponiéndose de servicios asistenciales de urgencia, traslados de afectados y primeros auxilios que dieron respuesta a las necesidades de casi 30.000 personas.
La Fundación desempeñó una vastísima tarea. Veinte países fueron beneficiados con el envío de alimentos, medicinas y ropa, entre los que se contaban España, Francia, Honduras, Japón, Israel, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Croacia, Egipto y Chile.
Entre 1948 y 1950, 20.148 familias que se encontraban sin trabajo en la ciudad, fueron reinsertadas en sus provincias de origen, garantizándoles trabajo y vivienda. También se crearon 181 proveedurías, con el fin de abastecer los artículos de consumo básico para las familias, de manera permanente y a bajos precios.
Anualmente, la Fundación distribuía 3.000.000 de libros, juguetes, máquinas de coser, bicicletas, y prendas de ropa de manera gratuita, asi como 1.500.000 sidras y panes dulces para las Fiestas de fin de año.
La Fundación no sólo se ocupó de la educación básica, sino que también dispuso un presupuesto de $ 70.000.000 para la construcción de la Ciudad Universitaria de Córdoba, con capacidad de alojamiento para 400 alumnos argentinos y 150 extranjeros.
La salud y el esparcimiento constituían otra área de acción prioritaria. Los Campeonatos Infantiles «Evita» y los juveniles «Juan D. Perón», organizados anualmente a partir de 1949, permitían realizar por primera vez un riguroso control sanitario de niños y jóvenes, efectuado por el Departamento Médico de la institución, combinando prevención con tratamiento en los casos que así lo requirieran. Cifras correspondientes a la tercera versión de estas competencias contabilizan a 120.000 participantes.
«No, no es filantropía, ni es caridad, ni es limosna, ni es solidaridad social, ni es beneficencia.-sostenía Evita- Ni siquiera es ayuda social, aunque para darle un nombre aproximado, yo le he puesto ese. Para mi, es estrictamente Justicia».
Para llevar adelante estas tareas, la Fundación incorporó a 11.000 empleados y 7.000 automóviles hasta 1955. Las fuentes de financiamiento fueron diversas, de orden público y privado. Por un lado, se estableció por ley un canon sobre los salarios de los trabajadores que se aplicaba dos veces al año, así como la primera cuota de los aumentos salariales concedidos. También se contaba con donaciones de empresas privadas y fondos, personal, inmuebles y vehículos provistos por el Estado. Además, por decreto del Poder Ejecutivo se dispuso que los sobrantes no ejecutados de las partidas de los ministerios fuesen transferidos a la Fundación.
No, no es filantropía, ni es caridad, ni es limosna, ni es solidaridad social, ni es beneficencia.-sostenía Evita- Ni siquiera es ayuda social, aunque para darle un nombre aproximado, yo le he puesto ese. Para mi, es estrictamente Justicia
Además del respaldo del propio Perón, los principales asesores y colaboradores de Evita fueron el contador público Alfredo Alonso y el ministro de Hacienda, Dr. Ramón Cereijo, encargados de las finanzas, el Director General de la Fundación, Armando Méndez San Martín, el Dr. Ricardo Finochietto para todo lo vinculado a los programas hospitalarios y el padre Hernán Benítez como su respaldo espiritual.
Evita se involucró de manera obsesiva en el gerenciamiento de la Fundación, a la que dedicaba la mayor parte de su tiempo para dar respuesta a las demandas de los carenciados, asistida por secretarias que tomaban nota de cada caso concreto. Su jornada comenzaba allí a las tantas de la mañana, y no concluía hasta que fuera atendido el último de los asistentes, que cotidianamente formaban largas colas para solicitar trabajo, vivienda, pensiones, atención o medicamentos. Cada día llegaban miles de cartas, que eran respondidas minuciosamente y de manera personalizada una por una, sin que jamás se tuviese en cuenta la filiación política de los peticionantes.
Si bien Evita no fue madre biológica, no tardó en convertirse en la madre espiritual de la mayoría de los niños y jóvenes de la Patria, y a ellos destinó la porción mayor de sus energías y cuidados:
“Debo confesar –afirmaba- que, si todos los problemas de injusticia social y de dolor despiertan en mí la rebeldía y la voluntad de hacer justicia, el problema de la niñez es, por excelencia, el de mi mayor atención y máximo cariño. El dolor de los niños no lo justifico en ningún sentido. Varios son los factores que intervinieron en la formación de ese inhumano estado de la niñez: la mala situación económica, los salarios antivirales, la desocupación, el trabajo de las madres fuera del hogar, la deficiente alimentación, la mala vivienda y el medio ambiente cultural inexistente son hechos de verdadera deshumanización del individuo que la obra revolucionaria ha desterrado para siempre de los anales del dolor del pueblo argentino. Yo elegí la tarea de atender los pequeños pedidos. Los mayores quieren cosas de importancia. Los niños quieren juguetes.”
Tras la caída del gobierno del General Perón, en 1955, la Fundación no quedó exenta de las manifestaciones del odio visceral y el afán de revancha que la autodenominada “Revolución Libertadora” descargó sobre todo aquello que tuviera algún tufillo peronista, incluyendo personas, leyes, instituciones o denominaciones. Los dictadores propiciaron inmensas fogatas en las diversas sedes de la institución, incluyendo policlínicos y hogares, en las que se quemaron millares de frazadas, libros, sábanas, platos y cubiertos, y se destruyeron tubos de gas, material quirúrgico e instalaciones sólo por llevar impreso el sello de la Fundación. La Ciudad infantil fue ocupada por las tropas, y sus casitas y comedor fueron arrasadas por los tanques, en tanto sus natatorios fueron tapados con cemento.
En vano se dispuso la creación de una Comisión Investigadora de las cuentas de la Fundación que, pese a su esmero, no pudo encontrar ninguna irregularidad ni manejo fraudulento. Los depósitos bancarios, que llegaban a 3500 millones –alrededor de U$D 250 millones, según el cambio vigente en 1955- estaban intactos. Sugestivamente, en el dictamen de la Comisión se consignaban cuáles habían sido los supuestos “excesos” de la Fundación Evita: atender a los más necesitados como seres humanos de primera clase.
«Desde el punto de vista material –sostenía el documento-, la atención de los menores era múltiple y casi suntuosa. Puede decirse, incluso, que era excesiva, y nada ajustada a las normas de la sobriedad republicana que convenía para la formación austera de los niños. Aves y pescado se incluían en los variados menúes diarios. Y en cuanto al vestuario, los equipos mudables, renovados cada seis meses, se destruían.»
Por el contrario, Adela Caprile, miembro de la Comisión liquidadora de la Fundación, afirmaría con evidente desilusión: «No se ha podido acusar a Evita de haberse quedado con un peso. Me gustaría poder decir lo mismo de los que colaboraron conmigo en la liquidación del organismo'».
El pueblo trabajador nunca olvidaría a Evita. La represión, las persecuciones, la sed de venganza teñida de odio de clase sólo sellarían cada vez más la fusión con la Jefa Espiritual de la Nación. Evita tenía en claro tanto esa devoción y por eso aceptó el sacrificio que entrañaba su propia profecía de emancipación social: “Y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria.”
*Alberto Lettieri es Historiador. Docente. Miembro del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego





