
La victoria de Argentina sobre Inglaterra volvió a despertar una memoria que trasciende al fútbol. Mientras en Bangladesh, Irlanda o Escocia muchos celebraban el triunfo argentino como propio, quedó en evidencia que el colonialismo sigue siendo una herida abierta para numerosos pueblos. Malvinas forma parte de esa historia. Por eso resulta incomprensible que, mientras el mundo identifica a la Argentina con una causa anticolonial, nuestro propio gobierno reivindique la figura de Margaret Thatcher, responsable política de la guerra que costó la vida de cientos de jóvenes argentinos y consolidó el dominio británico sobre nuestras islas.
Hay partidos que duran noventa minutos. Y hay partidos que se juegan desde hace siglos.
La victoria de Argentina sobre Inglaterra nos regaló una inmensa alegría futbolística y nos depositó nuevamente en una final del mundo. Messi y una generación extraordinaria de futbolistas volvieron a demostrar que el talento, el compromiso y el trabajo colectivo pueden construir momentos que quedarán para siempre en la memoria del deporte.
Dentro de cuarenta años, como hoy seguimos recordando a Maradona en México 1986, seguramente volveremos una y otra vez sobre esta noche.
Pero cuando termino el partido, ocurrió algo que merece una reflexión. En Bangladesh hubo festejos multitudinarios. En Irlanda y en Escocia, muchas personas siguieron el encuentro con una simpatía que difícilmente pueda entenderse si se deja de lado la historia. No eran argentinos. Sin embargo, vivieron la victoria como algo propio. ¿Por qué?
Porque hay pueblos que reconocen, en la historia de otros pueblos, parte de su propia historia. Porque el colonialismo deja heridas que el paso del tiempo no consigue borrar.
Los argentinos conocemos bien esa historia.
Desde el 3 de enero de 1833, las Islas Malvinas permanecen bajo ocupación británica. Ciento noventa y tres años después, la disputa de soberanía sigue abierta. No porque la Argentina se niegue a aceptar una realidad de hecho, sino porque jamás renunció —ni renunciará— a reclamar pacíficamente aquello que considera parte de su territorio.
Por eso, cada vez que Argentina enfrenta a Inglaterra, la memoria aparece inevitablemente. No porque el fútbol sea una revancha de la guerra. No lo es.
La guerra fue una tragedia. Y también fue una enorme manipulación política. La dictadura militar, debilitada por el terrorismo de Estado, la crisis económica y el creciente rechazo popular, creyó que la recuperación de las Malvinas podía devolverle una legitimidad que creyó que tenia, cuando en realidad nunca la tuvo. Se equivocó. La derrota marcó el principio del fin del régimen y abrió el camino hacia la recuperación democrática.
Del otro lado ocurrió exactamente lo contrario. La guerra fortaleció políticamente al gobierno de Margaret Thatcher y consolidó un liderazgo que hasta entonces atravesaba una profunda crisis.
Los pueblos lloraron a sus muertos. Pero la historia siguió su curso. Por eso la causa Malvinas no puede confundirse con aquella guerra. La causa no perteneció a la dictadura. Le pertenece al pueblo argentino. Existía mucho antes de 1982 y sobrevivirá a todos los gobiernos que vengan.
Porque las causas nacionales no nacen con los gobiernos. Las sostienen los pueblos.
Y quizá por eso resulta tan difícil comprender que hoy existan dirigentes argentinos que reivindiquen la figura de Margaret Thatcher, algunos deberán guardar los cuadros.
No se trata de alimentar resentimientos. Se trata de tener memoria. Para los argentinos, Margaret Thatcher no es únicamente una figura de la política británica. Es la primera ministra que condujo a su país durante la Guerra de Malvinas; bajo cuyo gobierno se ordenó el hundimiento del Crucero ARA General Belgrano fuera de la zona de exclusión, causando la muerte de 323 marinos argentinos; y quien consolidó, después de la guerra, el dominio británico sobre un territorio cuya soberanía la Argentina continúa reclamando por las vías pacíficas del derecho internacional. Reivindicar su figura desde un gobierno argentino no es un gesto menor: implica desconocer el profundo significado que Malvinas tiene para la memoria colectiva de nuestro pueblo.
Mientras muchos pueblos del mundo identifican a la Argentina con una causa anticolonial, algunos de nuestros propios dirigentes parecen olvidar el valor simbólico, histórico y político que Malvinas tiene para nuestra identidad nacional.
Las Malvinas no son solamente un territorio. Son parte de nuestra memoria colectiva. Son el recuerdo de los cientos de héroes argentinos que dieron su vida en la guerra y de quienes sobrevivieron para mantener viva esa historia.
Son el reclamo permanente de un pueblo que decidió sostener su causa por los caminos del derecho internacional, la diplomacia y la paz. Las dictaduras pasan. Los gobiernos pasan. Los imperios también. Pero los pueblos permanecen. Y hay memorias que ninguna derrota consigue borrar.
Quizás por eso, cuando Argentina derrota a Inglaterra, no festejan solamente los argentinos. También celebran quienes, en distintos rincones del mundo, conocen lo que significa haber sufrido el colonialismo y saben que la dignidad de un pueblo nunca se mide únicamente por el poder de las armas.
Porque los partidos terminan. La memoria de los pueblos, en cambio, sigue jugando. Y mientras exista un argentino que enseñe a sus hijos que las Malvinas fueron, son y serán argentinas, esa memoria seguirá viva.
«La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse.»
José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.





