Sables, patriotas y pedagogía pública

Escribe Alberto Lettieri*, exclusivo para InfoBaires24
Los últimos años ha sido generosos en términos de la recuperación de la historia nacional. La promoción al generalato de Juana Azurduy, Andresito Guacurari y Felipe Varela -una mujer, un originario y un gaucho-, en lo que alguna vez supo ser el Ejército de San Martin y de Perón, pero también el de los Videla, Camps, Alzogaray y Onganía; la reivindicación de la Vuelta de Obligado, elevada merecidamente a la condición de fiesta patria; la puesta en valor de las Batallas de Salta y de Tucumán y la magnífica celebración del Bicentenario de la Revolución de Mayo o la declaración del presente como “Año del Bicentenario del Congreso de los Pueblos Libres”, son sólo algunos ejemplos de la determinación de un gobierno dispuesto a hacer justicia con un pasado esquivo, manipulado y tergiversado por el relato que permitió legitimar a la Argentina oligárquica y semi-colonial: la historia oficial.
Complejo e intrincado hablar de la historia, camino que comenzaremos a abordar en este portal a partir de hoy
Y no es para menos. Pese a lo afirmado habitualmente por esa misma historia oficial, cuyos pilares fueran diseñados con maestría y creatividad llamativa por Bartolomé Mitre, el relato histórico no podría ser jamás objetivo, uniforme ni inamovible. No podría ser objetivo, porque la mirada del historiador es esencialmente subjetiva y expresa su visión personal o de su grupo de referencia sobre las cosas. No podría ser uniforme, porque una sociedad pluralista exige la competencia entre diversas construcciones sobre su pasado. Y no podría ser inamovible, porque la aparición de nuevas pruebas o testimonios, o bien la aparición de nuevos desafíos o preocupaciones en cualquier sociedad exigen reformular constantemente esos saberes.
También sabemos, desde hace mucho tiempo, que la historia es un arma que permite intervenir decididamente en la construcción y reformulación de las representaciones sociales, y que desempeña un papel decisivo como argamasa de la legitimidad política, pero también de un modelo social, de la estructura socio-economica, de la matriz cultural y del papel que ha adoptado en el concierto internacional. La pretensión de Mitre de construir una historia oficial capaz de mantenerse inalterable al paso del tiempo, era el correlato indispensable para una pretensión de la oligarquía semi-colonial de mantener sus privilegios y su status hasta la llegada del apocalipsis. Por eso Mitre apuntó a naturalizar en el sentido común de la sociedad argentina la condición de país semi-colonial, agroexportador, con un alto nivel de concentración de la riqueza y de exclusión social. Para esto, la escuela sarmientina, obligatoria y gratuita, jugó un papel admirable en la manipulación de las mentes infantiles, al tiempo que las instituciones políticas definían efemérides, denominaban calles y plazas con los nombres de los próceres y eventos consagrados por la historia oficial y levantaban monumentos para sellar a fuego en la conciencia colectiva la certeza de que esa minoría y sus descendientes, el “campo”, la “oligarquía” o el “Ejército Nacional” eran “La Patria”. Ese convencimiento de que “La Patria” eran ellos los llevó a practicar el fraude sin disimulo hasta la aplicación de la Ley Sáenz Peña, y luego nuevamente en la infame década de 1930, a imponer tiranías cívico-militares que les asegurasen poner a sus oscuros negocios al amparo de la soberanía popular y de la voluntad de las mayorías, o bien a proscribir durante 18 años al partido popular sin inmutarse, con el coro aprobatorio de las fuerzas políticas que se autoproclamaban como defensoras de las instituciones republicanas.
Planteada la cuestión en estos términos, la transformación del modelo social, político, económico y cultural requería como condición imprescindible la reformulación de esas representaciones sociales que alimentaban al “sentido común” de la sociedad. Por lo tanto, se imponía una reconstrucción de nuestro pasado sobre otros fundamentos acordes con un proyecto social democrático, pluralista y americanista, con reparto equitativo de la riqueza y anclaje en un desarrollo industrial de la Nación. Los revisionistas argentinos, a partir de los albores del Siglo XX, tomaron conciencia de esto, y por eso se aplicaron a reconstruir nuestra historia, a reivindicar a nuestros verdaderos próceres y a poner en valor los hitos y procesos fundantes de una Argentina soberana y americana.
Estas consideraciones estuvieron presentes en la filosofía y la acción del movimiento nacional y popular, incluso desde antes de que éste cobrara vida como expresión política. De este modo, hacia la década de 1940, y desde una perspectiva opuesta a la de Bartolomé Mitre, aunque con similar conciencia sobre la concordancia indispensable entre las representaciones sociales instaladas en una sociedad y la legitimidad de su modelo socio-político, el General Perón se esforzó en componer ese nuevo relato histórico, ensayando una síntesis original entre la historia institucional y los tesis aportadas por ese revisionismo. Pero a esto le agregó la utilización de la tribuna pública, por primera vez y magistralmente, para ensayar una suerte de pedagogía práctica y popular, que posibilitó difundir sus contenidos entre las grandes mayorías populares que por entonces se incorporaban a la política y a la dignidad humana.
Desde entonces, la tribuna pública se ha convertido en un espacio pedagógico por excelencia para el modelo nacional y popular, que de este modo intentó contrapesar el tradicional retardo de las instituciones escolares para modificar sus contenidos, sus programas y sus planes de estudio. En los últimos años, Cristina Kirchner ha hecho un uso impecable de este recurso, asumiendo el rol de educadora en cada aparición pública o a través del recurso de la Cadena Nacional. Justamente esta capacidad pedagógica constituye la razón fundamental de la queja de una oposición que advierte con claridad que la divulgación del pasado real de nuestra sociedad no la deja a menudo demasiado bien parada….
De este modo, frente al gradualismo en las reformas de los contenidos educativos, han sido la políticas públicas quienes asumieron el papel de historiadoras colectivas. En efecto, los citados ascensos de héroes populares y la revalorización de los hitos de la historia nacional, la creación del Instituto de Revisionismo Histórico “Manuel Dorrego”, la reivindicación de la matriz americana de nuestra sociedad y nuestra cultura y el recurso la tribuna pública, han constituido herramientas admirables de concientización sobre nuestro pasado.
Justamente en la reciente celebración del 25 de mayo, y en ocasión del traslado del sable del General San Martín al destino natural acordado por su familia, la presidenta destacó el desconocimiento de la mayoría de la sociedad sobre la figura del Brigadier General Juan Manuel de Rosas, o bien de la consideración tan favorable que la acción de Rosas había merecido del General San Martín, a punto tal de legarle su propio sable, ese que había libertado a media América. No debe sorprendernos, por cierto. La escuela ha hecho avances significativos en los últimos años, pero en el tema de los contenidos los cambios han sido moderados. Asimismo, que Rosas sea un desconocido, o que, aún peor, reciba el mote de “tirano”, no es un hecho azaroso. Más bien todo lo contrario.
Corría el año 1857, y la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, controlada por liberales colonialistas, determinó la necesidad de “borrar la memoria histórica de Rosas”, ya que consideraban que la simple enumeración de sus actos, su defensa de la soberanía nacional, etc, podría llevar a “engañosas” conclusiones a las generaciones futuras, que podrían llegar a considerarlo como un héroe, y no como un villano. Y es que, en efecto, las políticas de Rosas, su protección de las economías regionales, su defensa inclaudicable de la soberanía, su reconocimiento de los derechos de las minorías étnicas, su reconocida opción por una identidad americana, por simple enunciación dejaban en evidencia la magnitud de la traición y la corrupción de quienes vinieron a reemplazarlo. Otro referente histórico incómodo para esa oligarquía liberal, Don José de San Martín, evaluaba de modo muy diferente la gestión de Rosas, en carta que le remite en 1850: “…como argentino me llena de un verdadero orgullo al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor, restablecidos en nuestra querida patria: y todos esos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos estados se habrán hallado. Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. sinceramente como igualmente a toda la Confederación Argentina. Que goce Ud. de salud completa y que al terminar su vida pública sea colmado del justo reconocimiento de todo argentino. Son los votos que hace y hará sierre a favor de Ud. éste su apasionado amigo y compatriota Q.B.S.M“ (Que besa sus manos)
Muy diferente, en cambio, era la valoración de San Martín sobre aquello que varias décadas más adelante, Arturo Jauretche definiría ajustadamente como “el mediopelo”: “El foco de las revoluciones, no solo en Buenos Aires sino en las provincias, ha salido de esa capital; en ellas se encuentra la crema de la anarquía de los hombres inquietos y viciosos, de los que no viven más que de los trastornos porque no teniendo nada que perder todo lo esperan ganar en el desorden: porque el lujo excesivo multiplicando las necesidades, se procuran satisfacer sin reparar en los medios; ahí es donde un gran número no quiere vivir sino a costa del estado, y no trabajar, etc. (carta a Guido, 1837)”
Hoy como ayer, Rosas, San Martín y la reivindicación de los derechos de las grandes mayorías populares significan una incómoda piedra en el zapato de las minorías y el mediopelo.
Justamente porque marcan el sentido hacia donde avanzar para consolidar la soberanía nacional y la democracia real. El llamado de atención ha sido formulado. Es hora de que Rosas pueda volver a la escuela.
*Alberto Lettieri es Historiador. Docente. Miembro del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego





