Las raíces históricas del fenómeno Milei
Entrevista a Sergio Morresi y Ernesto Bohoslavsky

El avance de nuevas derechas en Argentina obliga a revisar tradiciones, lenguajes y clivajes que parecían estabilizados. En esta entrevista, Sergio Morresi y Ernesto Bohoslavsky, autores de Historia de las derechas en Argentina (FCE, 2025), analizan la imbricación inédita entre corrientes liberal-conservadoras y nacionalistas, el surgimiento de un electorado masivo de derecha y los desafíos que esto plantea para la democracia.
¿Qué significa ser de derecha en el siglo XXI? ¿Cómo se explica la creciente masividad de las expresiones más radicales y extremas de esa familia política en la actualidad? ¿Por qué la identidad derechista dejó de ser un atributo que se oculta para convertirse, en amplios sectores sociales, en una fuente explícita de pertenencia y de orgullo, incluso entre jóvenes y trabajadores? ¿Cómo entender que, lejos de erosionar su competitividad electoral, la radicalización de los discursos haya acompañado (y en algunos casos impulsado) el éxito de las derechas en las urnas?
Desde hace algunos años, el ascenso acelerado de las fuerzas derechistas extremas y radicales plantea interrogantes que obligan a revisar categorías analíticas largamente establecidas. En ese marco, el historiador Ernesto Bohoslavsky y el politólogo Sergio Morresi acaban de publicar Historia de las derechas en Argentina (FCE, 2025), un ensayo que reconstruye la trayectoria de este espacio político desde fines del siglo XIX hasta la actualidad, atendiendo tanto a sus continuidades como a sus mutaciones. Lejos de concebir a la derecha como un bloque homogéneo o como una mera expresión de intereses económicos, el libro propone una mirada histórica y plural sobre un conjunto de tradiciones, actores y lenguajes que han disputado, con intensidades variables, el sentido del orden social y político argentino.
Bohoslavsky y Morresi parten de un postulado que resulta particularmente fértil para pensar el presente: entender a las derechas como un espacio atravesado por fuerzas diversas que comparten, con distintos matices, una desconfianza hacia la igualdad o la inclusión en los planos social, económico o político. Desde esa perspectiva, ser de derecha no remite únicamente a una posición ideológica o programática, sino a una concepción más amplia del orden social, en la que ciertas desigualdades pueden ser valoradas como virtuosas o consideradas necesarias para preservar valores concebidos como prioritarios, como la libertad o la identidad nacional.
En un contexto regional atravesado por guerras culturales, retóricas anti-woke y una creciente polarización política, la revisión de la historia y de las transformaciones de las derechas resulta especialmente pertinente. Más aún en Argentina, donde la experiencia de La Libertad Avanza (LLA) y el experimento libertario encabezado por Javier Milei expresan una de las versiones más disruptivas de este fenómeno en América Latina. En esta entrevista, Bohoslavsky y Morresi reflexionan sobre las trayectorias, las tensiones y los desafíos de las derechas, no solo en el pasado argentino, sino también en el escenario político contemporáneo y en las disputas que se proyectan hacia el futuro.
En Historia de las derechas en Argentina se propone una reflexión sugerente: en un contexto de avance de derechas radicalizadas –que compiten electoralmente mientras cuestionan los principios republicanos y el pluralismo– y de expresiones extremas que incluso impugnan abiertamente la soberanía popular, vuelve a circular la consigna de que «a la derecha no se la estudia: se la combate». Allí se señala el carácter más performativo que literal de ese eslogan. En ese escenario, ¿cuál debería ser, entonces, el lugar de los intelectuales y analistas frente a las derechas contemporáneas?
Sergio Morresi: Estudiarla, sin duda. Ese es el papel de quienes trabajamos en el sistema de ciencia y técnica en esas áreas: producir conocimiento que permita entender estos fenómenos. El estudio no agota lo que puede hacerse –hay múltiples formas de intervenir como ciudadanos–, pero sí ofrece un insumo imprescindible para cualquier discusión pública seria sobre la derecha y sus derivas.
Comprender es fundamental, porque para quienes no se ubican a la derecha del espectro político, la propia derecha suele aparecer como algo casi incomprensible. De ahí la necesidad de indagar qué sentidos, razones o expectativas llevan a ciertas personas a apostar por políticas de derecha. Además, en toda vida democrática hay derechas e izquierdas: quizá no concretamente la derecha que expresan LLA y Javier Milei, pero siempre existe alguna forma de derecha. Y en ese marco es clave intentar comprender a ese otro sujeto que, desde las ciencias sociales o las humanidades, muchas veces es reducido a la amonestación o la condena. No se trata de que esté mal reprochar, sino de acompañar ese reproche con un esfuerzo por entender. Y me refiero a comprender en el sentido de buscar explicaciones, no de justificar ni de celebrar.
Ernesto Bohoslavsky: Creo que de lo que se trata es de asumir una perspectiva comprensiva de los sujetos. No se trata de partir de la condena, sino de intentar entender por qué hay personas que establecen determinados vínculos causales entre fenómenos y por qué se identifican con ciertos valores. Ese enfoque también tiene una proyección política para cualquier ciudadano. En ese sentido, confiamos en que el libro puede contribuir a comprender la racionalidad que sostiene estos discursos y estos puntos de vista, que a menudo se clasifican como irracionales o se descartan por considerarse inadmisibles o reprochables.
En el ensayo plantean que en Argentina conviven dos grandes familias de derecha, que en distintos momentos se tensionan o convergen: una liberal-conservadora, con un ideario liberal en lo económico y republicano en lo político, y otra nacionalista-reaccionaria, abiertamente antiliberal y antiizquierdista. A lo largo del libro, además, reconstruyen sus trayectorias. ¿Qué elementos se han mantenido estables y cuáles han mutado en cada una de estas tradiciones a lo largo del tiempo?
SM: Por el lado del nacionalismo reaccionario, lo que se observa es una oposición constante al llamado sistema democrático-liberal y a una serie de valores con los que este se asocia: el pluralismo, las visiones cosmopolitas, el laicismo o la libertad religiosa. El liberalismo conservador, en cambio, sí parece haber cambiado más a lo largo del tiempo, en la medida en que fue incorporando sucesivas camadas de renovaciones teóricas y prácticas surgidas en otros contextos. No es que la derecha nacionalista reaccionaria haya permanecido inmóvil –también incorporó discusiones y amplió sus bibliotecas: así como en su momento acogió influencias fascistas, más adelante supo reapropiarse de las ideas de la nouvelle droite (nueva derecha) de Alain de Benoist1–. Sin embargo, desde la década de 1950, fue el liberalismo conservador el que mostró cambios más significativos. De hecho, es esta corriente la que adoptó, en la década de 1980, los marcos teóricos neoliberales y una lectura aguda de las transformaciones del capitalismo. Eso impulsó una mutación profunda dentro de esta corriente de pensamiento.
Ahora bien, más importante que esas variaciones internas, que no son exclusivas del caso argentino, es lo que Ernesto señalaba al comienzo: la relación de tirantez, competencia e incluso impugnación mutua entre estas dos familias de derecha durante décadas. Una dinámica que recién empezó a resolverse en el siglo XXI, ya con una democracia consolidada.
EB: Paradójicamente, uno de los rasgos más constantes es que estas dos tradiciones se han detestado durante décadas. Solo en los últimos años parecen haber firmado la paz. En el libro buscamos mostrar que sus vínculos con la democracia han sido distintos. En la tradición liberal-conservadora, la identificación ha sido más fuerte con la república que con la democracia, pero sin un rechazo de principio a la institución democrática; sus críticas se orientan más bien a lo que consideran derivas demagógicas o populistas. La tradición nacional-reaccionaria, en cambio, sí sostiene principios abiertamente contrarios a la democracia pluripartidaria. Allí persiste una larga tradición de invectivas contra una institución vista como ajena a una supuesta «alma católica e hispánica» de la nación argentina.
En este sentido, quisiera añadir, retomando lo que planteaba Sergio, que la tradición liberal-conservadora ha tenido históricamente más aliados entre los empresarios, mientras que la nacionalista reaccionaria ha encontrado mayores afinidades en los cuarteles. Además, los nacionalistas reaccionarios han protagonizado con mayor frecuencia guerras culturales: se han mostrado más dispuestos a sostener una visión del mundo de carácter intolerante. Los liberal-conservadores, en cambio, suelen concentrarse más en el funcionamiento de la economía que en definir los rasgos del «ser argentino».

Tal como decían, este momento político muestra algo inédito: ambas familias de la derecha parecen haber firmado la paz y convergen alrededor del fenómeno de LLA. Es, quizás, el punto de mayor sintonía entre esas tradiciones y también el momento en que la derecha se asume como tal, sin complejos. ¿Qué es lo que más los sorprende de esta nueva derecha representada por Javier Milei en Argentina?
SM: Más que una convergencia entre las dos derechas, lo que vemos es una imbricación. Hablar de convergencia sugiere que antes cada una seguía su camino y se peleaban, y que ahora simplemente se llevan bien y son amigas. Pero lo que aparece en este contexto es una mezcla más profunda entre ambas tradiciones. Para muchos jóvenes que se acercan a LLA, resulta perfectamente comprensible rechazar ciertos principios liberales en lo político (como el derecho a decidir sobre el propio cuerpo) y, al mismo tiempo, defender sin reservas el libre mercado. Al mismo tiempo, para quienes provienen del nacionalismo reaccionario, también parece evidente que es posible reivindicar la nación, el hispanismo y, a la vez, apoyar el libre mercado. Es una imbricación de tradiciones, no una yuxtaposición mecánica.
Este proceso, por otra parte, precede a la emergencia del fenómeno de LLA como partido político. Comenzó a gestarse en las bases antes de cristalizarse en una expresión partidaria, y los dirigentes políticos lo adoptaron cuando ya estaba en movimiento. Es algo que viene operando incluso desde antes de la pandemia de covid-19. Es novedoso dentro del mundo de las derechas, pero también lo es que estas fuerzas ganen elecciones y construyan un partido desde el Estado. La experiencia del liberalismo conservador con el PRO de Mauricio Macri fue distinta: se armó un partido desde arriba que luego tuvo que generar su base social. Aquí parece ocurrir lo contrario: una base política sin partido, que se institucionaliza recién después del triunfo y se consolida a partir de recursos estatales. Es un recorrido distinto a los ya transitados.
A esto se suma que la propuesta de Milei, al fusionar o imbricar tradiciones, no convoca al votante típico de la derecha argentina, al votante conservador clásico. Su núcleo original no estaba necesariamente en las clases altas ni en los universos culturales del liberalismo conservador. En ese marco, recuperamos la distinción de Pierre Ostiguy entre «lo alto» y «lo bajo»: históricamente, la derecha exitosa en Argentina se ubicaba en el registro alto (más cosmopolita, más «republicano», más «apropiado») y desde allí lograba atraer incluso a sectores que no se percibían como de derecha. Milei, en cambio, irrumpe desde el cuadrante bajo y logra convencer tanto a la gente de la derecha alta como a sectores culturalmente bajos, no necesariamente definidos por su posición socioeconómica. Son sectores que no se ubican firmemente a la derecha, pero que se sienten convocados por un discurso que, efectivamente, tiene masividad. Por supuesto, masivo no equivale a «popular». En el libro evitamos entrar en debates conceptuales que exceden nuestros materiales, pero sí puede afirmarse que el carácter masivo de esta nueva derecha es evidente.
EB: Debo decir que me interesa menos la contradicción entre las ideas liberal-conservadoras y las nacionalistas-reaccionarias que el hecho de que los propios actores no perciban ninguna tensión. Para ellos, todo aparece ensamblado con una lógica interna bastante inexpugnable. Tiene sentido para quienes comparten ese conjunto de creencias, que surge de un proceso bastante espontáneo y gestado desde las bases, al menos desde la pandemia de covid-19. Es una especie de negociación y de intercambio de bibliotecas y panteones: personas que provienen de tradiciones que no anticipaban una confluencia ahora pueden compartir las mismas «figuritas» en el álbum.
¿Cuáles son, a su juicio, los puntos de coincidencia y de divergencia entre la derecha de Javier Milei y otras derechas latinoamericanas hoy competitivas –como la de Jair Bolsonaro en Brasil, la de José Antonio Kast en Chile o la de Rodrigo Paz Pereira en Bolivia– que también disputan o ejercen el poder en la región?
EB: En comparación con el bolsonarismo, la alianza social que sostiene a Milei tiene un vínculo más tenue con el mundo militar. Ese lazo lo aportaba principalmente la vicepresidenta Victoria Villarruel y se resquebrajó desde el primer día de gobierno. Si uno observa los gabinetes, la diferencia se vuelve evidente: los de Bolsonaro tuvieron una presencia militar muy amplia, incluso en áreas sin relación directa con seguridad o defensa. En el caso de Milei, esa impronta está prácticamente ausente. Aun así, el nombramiento del teniente general Carlos Presti como nuevo ministro de Defensa es llamativo, en tanto es el primer militar en ostentar ese cargo desde el retorno de la democracia en 1983.
Por otra parte, la distancia respecto del bolsonarismo también se refleja en los discursos sobre las herencias dictatoriales. Bolsonaro llegó a hacer abiertamente apologías de la dictadura brasileña, incluso reivindicando a figuras como Carlos Ustra, uno de los torturadores más emblemáticos de ese periodo. Milei no avanza hasta ese punto, aunque deja que algunos de sus dirigentes más cercanos se deslicen en esa dirección. Pero, por lo menos hasta ahora, existe allí una diferencia notoria. No sé cuánto durará, pero hasta ahora la distancia es significativa.
En cuanto a la comparación con Bolivia, creo que hay que pensar el caso específicamente. Lo que veo allí es que la misión de demoler o erosionar los 20 años de gobiernos del Movimiento al Socialismo (MAS) no será tan sencilla como lo fue, al menos en términos relativos, desmontar la herencia kirchnerista en Argentina. En Bolivia hay una nueva Constitución y hubo transformaciones muy profundas en las condiciones de vida, de producción y de participación política de millones de personas. Eso dejó una sociedad más movilizada, más involucrada en la defensa de esos cambios. Me parece que allí hay una capacidad de resistencia mayor que en Venezuela, donde observo una sociedad menos movilizada o menos compenetrada con la defensa de las transformaciones vividas en lo que va del siglo XXI.
SM: Quisiera retomar el planteo de Ernesto sobre Brasil para agregar que también en el plano religioso se observa otra diferencia importante, en tanto la religiosidad en Argentina se vive de un modo distinto. No solo por el peso relativo de unas iglesias frente a otras, sino porque, incluso cuando se habla mucho de la influencia del pentecostalismo o del neopentecostalismo en varios países de la región, en Argentina esa influencia existe pero no tiene la misma imbricación política ni la misma unidad organizativa. Allí no existe una gran iglesia neopentecostal que nuclee una adhesión mayoritaria de la ciudadanía evangélica, sino miles de pequeñas iglesias dispersas por distintos puntos del país, sin una dirección centralizada. Muchas mantienen vínculos con la política, pero lo hacen de maneras muy diversas. No están alineadas detrás del proyecto de LLA, ni mucho menos. De hecho, en varias provincias hay pastores candidatos –e incluso electos–, pero eso no implica un movimiento en bloque de sus feligreses, ni una adhesión automática de quienes se identifican como evangélicos a la candidatura de Milei.
A esto se suma un desfasaje de tiempos respecto de lo ocurrido en Brasil. Bolsonaro irrumpió en un contexto en el que el Partido de los Trabajadores (PT) estaba en crisis y la centroderecha también atravesaba un proceso de fragmentación y crisis. Milei, en cambio, emergió cuando se suponía que la centroderecha argentina representada por el partido PRO estaba en su momento de auge: vino a quebrar un sistema bicoalicional que parecía consolidado.
En cuanto a Chile, el sistema político allí se ha reordenado con bastante nitidez alrededor del eje derecha–izquierda, algo que en Argentina solo ocurrió recientemente. Además, la distancia entre lo «alto» y lo «bajo», para usar nuevamente la distinción de Ostiguy, es menor que en Argentina. Y tampoco es evidente que Kast ocupe el mismo lugar que Milei; ese espacio parece corresponderle más a Kaiser, quien se reivindica explícitamente como el «Milei chileno».
Más allá de estas diferencias, sí aparece un punto en común entre muchas derechas latinoamericanas contemporáneas: al radicalizarse, se presentan como fuerzas capaces de «purificar» un proyecto trunco o fracasado. Comparten la idea de que las versiones moderadas de la derecha no lograron transformar nada y que solo una derecha más radical, más en el borde e incluso extrema, podría impulsar el cambio que sus predecesoras no consiguieron. Hay, en ese sentido, una apuesta explícita por la radicalidad.
El peronismo, con su capacidad aglutinante, cercana al paradigma de los partidos «atrapatodo», ha albergado tradiciones de izquierda y de derecha a lo largo de su historia. Esa flexibilidad ideológica y programática ha sido un desafío para una izquierda que quiso erigirse en vanguardia revolucionaria y, a la vez, un obstáculo persistente para las derechas. En el libro recuperan una inquietud que atraviesa a estas últimas desde mediados del siglo XX: ¿qué hacer con Perón? ¿Cuál es, entonces, la respuesta?
SM: Hay varias respuestas posibles, y lo notable es que las derechas las ensayaron casi todas. Fueron desde la idea de aplicar en Argentina leyes antinazis para prohibir toda simbología o mención al peronismo, hasta la expectativa inversa: que el propio Perón regresara y los «salvara» de su movimiento. Recorrieron todas las estrategias posibles, desde la prohibición más extrema hasta los intentos de imaginar un peronismo sin Perón o un Perón sin peronismo.
EB: Y, finalmente, cuando en 1973 creyeron haber encontrado una respuesta que por fin les servía, Perón se murió. Se murió justamente el Perón que les resultaba funcional.
SM: Pero también hay que considerar que, después de ese momento, el peronismo logró reintegrar a ciertos sectores de derecha que, de otro modo, podrían haberse ido del sistema. Eso me parece clave. Un ejemplo concreto: los «militares carapintadas»2 terminaron reinsertándose en la vida democrática y haciendo política en lugar de motines, y más adelante algunos de ellos se sintieron representados por la tradición peronista. Es discutible, pero puede leerse como algo significativo en términos de ampliar los márgenes de quienes juegan dentro del sistema.
En 1983, casi todos encontraron representación en la dicotomía peronismo/no peronismo: no había demasiado espacio por fuera. Y eso incluyó a las derechas. La familia nacionalista reaccionaria tendió a identificarse más con el peronismo; la liberal-conservadora, pese a sus diferencias con el presidente Raúl Alfonsín, que se movía hacia la socialdemocracia, igualmente apostó por esa alternativa. Así, en los inicios de la democracia, los grandes partidos argentinos lograron encapsular a derechas que antes habían apostado por impugnar el sistema.
El libro muestra que, a lo largo del siglo XX, las distintas familias de la derecha argentina tuvieron serias dificultades para construir mayorías democráticas. Desde la Ley Sáenz Peña de 1912, que instauró el voto secreto, esta dificultad las llevó a asumir posiciones antidemocráticas y a respaldar sucesivas dictaduras. ¿Por qué, entonces, la derecha libertaria logra presentarse por primera vez como una opción capaz de ser refrendada en las urnas por sectores que, paradójicamente, incluyen a jóvenes y a sectores populares?
EB: Lo novedoso es, quizás, esa autoconciencia. Se puede decir que los gobiernos de Carlos Saúl Menem durante la década de 1990 constituyeron experiencias de derecha, pero el menemismo nunca asumió plenamente esa identidad y siempre fue una criatura heterogénea. Dentro de ese espacio convivían sectores progresistas en derechos humanos o educación con figuras claramente reaccionarias en áreas como la Secretaría de Culto. El menemismo era menos ideológico que el mileísmo. Y, sobre todo, era peronista. Su prioridad pasaba por ganar elecciones más que por tener razón. Para muchos de sus integrantes, la identidad de derecha tampoco era un objeto de reivindicación. De hecho, había más ambigüedad. Los menemistas eran, en buena medida, postideológicos y postperonistas.
Incluso el PRO de Mauricio Macri esquivó durante mucho tiempo esa autodefinición. Prefería presentarse como una fuerza postideológica –y en cierto sentido también postperonista– antes que como una derecha clásica.
Con Milei sucede algo distinto: por primera vez se combina una masividad electoral considerable con una identidad de derecha asumida de forma desvergonzada y sin complejos, orgullosa de su panteón intelectual y de su biblioteca propia. Ese sí es un fenómeno nuevo, aunque no exclusivo de Argentina: en Colombia, México, Chile, y también en España o Francia, siempre existieron actores que se reivindicaron abiertamente como de derecha. Porque en todos los países hay partidos de derecha, pero aquí, en cambio, esa identidad cargaba con un estigma persistente, asociado al vínculo inmediato entre derecha y autoritarismo militar. Después de la restauración democrática de 1983, nadie quería quedar asociado al anticomunismo, que funcionaba como una especie de lepra simbólica. Ahí está, justamente, la novedad del presente.
En el libro señalan que las derechas no han sido objeto de un interés sostenido en las ciencias sociales, las humanidades, la literatura o el cine, campos que históricamente prestaron más atención a las ideas, las figuras y las prácticas asociadas a la izquierda. Explican que esto se vincula con la idea de que la derecha sería un fenómeno homogéneo, inmutable y reductible a los intereses materiales de las clases dominantes. ¿Por qué, entonces, la preocupación intelectual por la derecha no ocupa un lugar más central en la investigación académica?
SM: Porque durante mucho tiempo nos preocuparon otras cosas, y de manera bastante lógica. Primero, el autoritarismo y la alternancia entre democracia y dictadura. Después, la forma que asumía la democracia: qué zonas no lograba desarrollar, qué promesas le costaba cumplir. Y también porque la derecha no ganaba elecciones (o no las ganaba presentándose como derecha), de modo que parecía un objeto menos relevante. El sistema político argentino estuvo, y en parte sigue estando, ordenado por el clivaje peronismo/no peronismo. En ese marco, la distinción izquierda/derecha era menos visible, menos operativa.
Sin embargo, con el correr de los años esa frontera se volvió más nítida. Y por eso también es comprensible que la derecha no haya sido un objeto de estudio central: muchas veces se la observaba a través de otras agendas. Se estudiaban las elites en vez de las derechas; el despliegue de un modelo económico en vez de los actores que lo impulsaban; los legados del autoritarismo, las capacidades y limitaciones del Estado democrático. Mirar a la derecha no significa abandonar esa agenda, sino integrar esas discusiones desde otra perspectiva. Es una forma distinta de aproximarse a problemas que, en realidad, ya veníamos trabajando.
EB: En ese mismo sentido, creo que el término «derechas», en plural, ofrece una ventaja frente a otras categorías, porque permite englobar a actores que muchas veces se detestaban entre sí. El concepto ayuda a vincular grupos ubicados en momentos muy distintos: algunos nacionalistas de la década de 1930, los liberales antiperonistas de los años 50, los integristas católicos de la década de 1960. Su uso habilita una conversación entre quienes estudian estos fenómenos que, de otro modo, sería mucho más difícil de sostener.
En Historia de las derechas en Argentina ustedes identifican un «renacimiento de las derechas» entre 2001 y 2023. Ese ciclo se abre tras el estallido social que precipitó el final del gobierno neoliberal de Fernando de la Rúa y coincidió con los gobiernos progresistas de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. ¿Por qué la derecha logró fortalecerse en ese escenario dominado por el kirchnerismo y, en términos más generales, por ciertas ideas progresistas?
SM: No creo que sea un fenómeno exclusivamente argentino. La llamada «marea rosa» con que se identifica la irrupción de gobiernos progresistas en distintos países latinoamericanos, y el relativo éxito de varias de esas experiencias, especialmente la brasileña, dieron durante un tiempo la sensación de que las derechas habían quedado superadas. Se creía que las derechas eran parte de un pasado definitivamente sepultado. Pero, con distintos ritmos y por vías diversas, esa creencia resultó al menos discutible. Vale el refrán: «los muertos que vos matáis gozan de buena salud». Los sectores de derecha que habían sido desplazados electoralmente seguían allí; no habían desaparecido, no se habían izquierdizado ni mucho menos. Quizás estaban más disgregados, o habían empezado a discutir otras agendas, pero no habían desaparecido.
EB: Además, había un electorado y una demanda para los cuales no existía una oferta adecuada, o al menos no una con la potencia suficiente para interpelar a públicos distintos. Lo novedoso es justamente la aparición de una oferta que logra hacerlo: una derecha con un liderazgo indiscutible, capaz de fijar agenda y volverse competitiva.
En el libro señalan que es posible observar diferencias en la manera en que se definen la izquierda y la derecha, incluso partiendo de la acepción clásica propuesta por Norberto Bobbio. En su libro Derecha e izquierda, Bobbio reconocía el fracaso del comunismo histórico, pero advertía que «el desafío que lanzó permanece» y que la distinción entre izquierda y derecha sigue vigente. ¿Cómo imaginan los próximos años de esta disputa, a la luz de lo que suponen que propondrá la derecha?
SM: En América Latina, sobre todo en los últimos años, se tendió a identificar a la izquierda con el estatismo. Pero esa equivalencia no es natural ni históricamente estable. En una perspectiva más larga, incluso puede verse lo contrario: durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX, la derecha se asociaba al Estado (como garante del orden) y la crítica al Estado era un rasgo más bien ligado a la izquierda. Además, la búsqueda de igualdad no descansaba solo en el aparato estatal: aparecían sindicatos, cooperativas y asociaciones civiles como instrumentos centrales de organización y redistribución.
Quizá sea necesario volver a interrogar algunas de esas miradas, sin abandonar la distinción clásica, pero desplazándola hacia otras concepciones de comunidad en las que el Estado no ocupe la centralidad que tuvo durante buena parte del siglo XX y los primeros años del XXI. En ese mismo sentido, es importante decir que también la derecha ha experimentado transformaciones significativas: si en el pasado defendía al Estado, sobre todo como garante del orden, hoy sostiene una relación más ambigua con él, incluso en lo que respecta a la producción y el mantenimiento de ese orden, como puede observarse en la evolución de los presupuestos destinados a seguridad y fuerzas armadas.
Creo, en definitiva, que es probable que en el futuro haya recambios, no tanto en el plano de los principios (que probablemente sigan operando, y en ese punto la distinción fundamental señalada por Bobbio conserva su vigencia), sino en la manera de interpretarlos. Tenemos que ser más cuidadosos a la hora de abordar la distinción entre izquierda y derecha, ya que los lentes heredados pueden resultar insuficientes para pensarla en las próximas décadas.
EB: A mí me preocupa más la derechización del mundo social y de la convivencia que la derechización electoral. Los ciclos electorales van y vienen –hay momentos de avance y momentos de repliegue–, pero lo inquietante es lo que ocurre entre elección y elección. En países como Brasil o Estados Unidos se observa una degradación muy marcada de la convivencia, y temo que parte de ese proceso sea irreversible. Hay una enemización cotidiana creciente: entre personas que se conocen cara a cara y, sobre todo, a través de las pantallas. Se consolida un tipo de lazo social basado en la hostilidad, en la crispación permanente, en la constitución del otro como enemigo. Realmente no sé cómo se puede salir de esa situación.
A esto se suma la progresiva desaparición de los dispositivos que antes contribuían a formar comunidad. El peso de los algoritmos, que definen aquello que vemos, nos encierra en burbujas de afinidad. ¿Dónde aparece hoy la experiencia de trato con la alteridad? Eso que antes podía ser la escuela o el almuerzo compartido en el trabajo: todo eso va desapareciendo. Y si se pierden esos encuentros, ¿dónde, cuándo y cómo se construye la percepción de las necesidades del otro? ¿Dónde se aprende a empatizar? ¿Cómo se puede construir una demanda universalizable en un escenario así?
Ahí veo un retroceso profundo. Una erosión de la empatía y un aumento de la enemistad que tiene algo de escenario de Mad Max3. Y eso me preocupa mucho más que la foto electoral de un momento dado.
- 1.Es una corriente intelectual surgida en Francia a fines de la década de 1960, que renovó el pensamiento de derecha mediante un nacionalismo cultural identitario, críticas al igualitarismo y la reivindicación del «diferencialismo» étnico.
- 2.Los «carapintadas» fueron grupos de oficiales y suboficiales del Ejército argentino que protagonizaron una serie de levantamientos militares entre 1987 y 1990, durante los primeros años de la transición democrática. Se oponían a los juicios por violaciones a los derechos humanos cometidos durante la última dictadura y reivindicaban el accionar de las Fuerzas Armadas. Su líder más visible fue el coronel Aldo Rico.
- 3.Mad Max es una saga cinematográfica iniciada en 1979, ambientada en un futuro posapocalíptico marcado por el colapso social, la escasez de recursos y la violencia generalizada. Se usa habitualmente como metáfora de escenarios donde se desintegran los lazos comunitarios y predomina la lógica del «sálvese quien pueda».





