¿A quién le habla Macri?

(Lic. Alma Rodríguez./ docente, miembro del Colectivo LIJ)
El jueves pasado fue la apertura del periodo 136 de sesiones ordinarias del Congreso. Allí estuvieron presentes, junto a la vicepresidenta, legisladores, gobernadores, integrantes del cuerpo diplomático y demás invitados especiales. Además de los presentes y de quienes siguieron atentamente el evento por algún medio, el discurso fue dirigido a los, denominados por el presidente, “queridos argentinos”. Los discursos de apertura de sesión de cada año, sabemos, conllevan una importancia particular puesto que allí se presenta no sólo un balance de la gestión de gobierno sino, y a modo de campaña, lo que se planea hacer durante el año en curso, considerando, además, que estamos en vísperas a un año electoral. Cada primero de marzo y éste en particular dada la gravedad de la coyuntura, la pregunta que surge es: ¿a quién habla Mauricio Macri cuando habla?
Hace muchos años, allá por fines de los años cincuenta, un lingüista ruso llamado Roman Jakobson ideó el primer modelo teórico de comunicación inspirado en la forma en que ésta se llevaba a cabo por medio de aparatos de radio utilizados para la comunicación a larga distancia y que por entonces manejaban quienes eran conocidos como “radioaficionados”. Jakobson pensó un esquema muy sencillo y lineal conformado por un emisor que construye y codifica un mensaje que luego envía a un receptor que lo recibe y lo decodifica por medio de un canal -que puede ser oral o escrito- y utilizando un código, la lengua o idioma de cada hablante, por ejemplo.
Con el transcurso del tiempo y el crecimiento de los medios de comunicación, ese modelo fue atrasando, en parte, porque empezaron a surgir situaciones más complejas como es el caso de un mensaje destinado a un público masivo en el que no hay un solo receptor sino muchos y muy variados.
Dentro de tal complejidad y multiplicidad, se hace necesario diferenciar receptor de destinatario. ¿Cómo sería esta diferenciación? Muy fácil: receptor son todos aquellos que reciben, o escuchan. En otras palabras, todos los que escuchamos fuimos receptores, de una manera u otra, del discurso de Macri del jueves pasado. A diferencia del receptor, el destinatario es aquel a quien van dirigidas esas palabras y es también, si se quiere, en quién se está pensando o quién está en mente en el momento en que se habla a una inmensa variedad de receptores. Y ahí la cosa cambia.
La pregunta de ¿a quién le habla Macri cuando habla? no apunta sólo a qué receptores se dirige sino qué destinatarios imagina o supone. Tal interrogante no resulta tan complejo como lo que conlleva la respuesta: ya no queda casi nadie a quien se dirijan esas palabras que contienen una validez persuasiva casi nula o por lo menos quedan muy pocos que las reciban sin que generen sentimientos cercanos al escozor, impotencia, indignación o enojo.
Luego de la presentación oficial y de un párrafo como intento de homenaje a las cuarenta y cuatro víctimas del ARA San Juan, el discurso pareció una botella arrojada al inmenso mar de las palabras, como dijera alguna vez el querido Gabriel García Márquez, en el que pareciera que Macri naufraga. . “Es la tercera vez que vengo al Congreso a hacer la apertura de sesiones ordinarias, y esta vez quiero iniciar diciendo “gracias”, gracias a todos los argentinos. A los que están en este recinto y a los que están afuera.” A los que están afuera. Y el final de oración quedó retumbando. La pregunta sería ahora: ¿qué es el afuera?
Quienes lograron ver hasta el final, pudieron advertir claramente que afuera, en la calle, sólo había vallas y fuerzas de seguridad. No había nadie afuera escuchando. El afuera de Macri, lo sabemos y lo supimos desde siempre, no es el afuera de Cristina: ese afuera de la inauguración número 133 de sesiones legislativas del año 2015, por ejemplo, hace tres años atrás para la misma fecha, cuando la plaza desbordaba de gente para ir a escucharla durante ¡tres horas y treinta nueve minutos! sin moverse del lugar, bajo la lluvia y con una plaza de los dos Congresos colmada de pueblo. Lástima feo día. No hay nadie en el afuera de Mauricio Macri o muchos si consideramos todos aquellos que quedaron y van quedando afuera del modelo neoliberal impuesto por el gobierno de la Alianza Cambiemos.
Retóricamente, el resto fue avanzando gracias a la ayuda del papel escrito que hizo las veces de ancla dentro de su mar. Además de los clichés, los lugares comunes y vacíos y la presencia de atributos elementales e infantiles en torno a lo lindo y lo feliz que sería todo de aceptar el cambio, la idea de lo concreto y lo abstracto atravesó casi todo el discurso: “En este contexto, hoy quiero proponerles una agenda de trabajo con desafíos concretos que nos ayuden a seguir creciendo” proclama en un momento en el que “lo concreto” aparece de manifiesto en los índices de despidos laborales, los ajustes en la economía, y los recortes en salud y educación.
El otro término mencionado más de una vez fue el de las “abstracciones” y las “desapariciones”. “Cada día se crean nuevos empleos pero otros desaparecen” constituyó dentro del discurso del jueves el equivalente a “en algunos lugares sobra agua y en otros falta” como si la ecuación fuera tan simple y tan lineal.
El anuncio de la propuesta de transformar Campo de Mayo en Parque Nacional como quien avisa que se levanta de la mesa para ir al baño o dice buen día, marcó un quiebre en el discurso presidencial: “Los parques nacionales no son una idea abstracta de conservación. Son una herramienta de desarrollo local. Y, el acceso a ellos debe ser visto como un derecho para todos.” Y de nuevo lo abstracto como si la historia, la memoria y el lugar para recordarla sí lo fueran.. Los desaparecidos y la memoria tampoco son una idea abstracta de conservación sino una manera de recordarnos lo peor de la historia, de decirles que no queremos volver a ese pasado y que lo que no queremos es la desaparición de las políticas de memoria, un eje sobre el cual viene arrasando este gobierno.
Lejos de las Bases de Alberdi, al comparar el accionar del gobierno con sentar las bases para construir un edificio, y como si se tratara de un cuento maravilloso al mejor estilo “Alicia en el país de las maravillas” o de la trillada cita que el zorro le menciona al Principito en la novela de Saint Exupery cuando le recuerda que “lo esencial es invisible a los ojos”, Mauricio Macri formuló la idea de “crecimiento invisible” aludiendo a todo lo hecho que aún no se vio. Lo invisible sucedería unos minutos después, al encontrarse con ese afuera, destinatario supuesto e imaginado. Al finalizar la ceremonia, todos presenciamos una imagen clara e irrefutable, la imagen de la negación: Macri saludando a una plaza vacía, llena de nada, una ficción de saludo. La pregunta, a partir de esta imagen tan contundente, es: ¿a quién saludaba Macri cuando saludaba? ¿Palomas, estatuas, monumentos de la plaza? Para luego preguntarnos: ¿ a quién habla Macri cuando habla? Podríamos preguntarnos si acaso ese saludo no es más que una extensión de ese discurso, si su discurso no es una ficción de discurso hacia la nada. Mauricio Macri pudo haber encontrado entre los asistentes algunos receptores pero quedan muy pocos destinatarios ya.





