Roberto Caballero: Macri, CFK y después la nada

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Hay solo dos figuras que sobresalen en la chatura del actual paisaje político argentino: Mauricio Macri y Cristina Kirchner. El resto, donde se amuchan todas las dirigencias (la sindical, la social, la política, la empresaria y hasta la deportiva), apenas son satélites de sus movidas sobre el tablero del poder. 

Roberto Caballero

Habrá que reconocerle a Macri que, después de su encuentro con el Papa Francisco, parece haber encontrado la llave para atravesar a fuerza de simulacros dialoguistas y ofertas de dádivas selectivas un fin de año tranquilo, con bonos, bolsas navideñas y promesas de ley de emergencia social, con eventual sueldo y aguinaldos para la economía informal.

También hay señales de que pudo contener al sector más áspero del establishment que reclamaba recortes drásticos e irreversibles en el gasto público, en desconexión evidente con las necesidades políticas del gobierno frente a las próximas elecciones.

Desde su vuelta de Roma, el presidente que en teoría maneja una minoría de diputados y senadores propios, logró además recuperar las mayorías parlamentarias alquiladas que supo tener en los primeros meses de gestión y consiguió que le aprobaran el presupuesto del 2017, el programa de participación pública y privada y los superpoderes a Marcos Peña para un año electivo, sin que nadie chistara demasiado, salvo el kirchnerismo que responde a CFK. No es poco. Para ninguno de los dos. Son los polos opuestos que tensionan la política nacional. Es Macri, CFK y después la nada.

En simultáneo, aunque parezca raro, el presidente eludió un paro general prácticamente cantado hace un mes, atomizó el universo sindical, vertebró un movimiento social a su medida y, con la ayuda del dispositivo mediático oficial y para-oficial evitó que los índices económicos negativos en casi todos los rubros coparan la tapa de los diarios y cristalizaran como agenda ineludible del debate público, como sí habían empezado a ocurrir hace 90 días, cuando las protestas por el tarifazo del gas quebraron el silenciamiento y la calle pareció despabilarse por un momento del efecto narcotizante de la comunicación concentrada.

Para un gobierno neoliberal cuyos ceos y gerentes reducen la sensibilidad social a la acción filantrópica transitoria y la política y la administración estatal son un fastidio comparado con el “yo mando y ustedes obedecen” del mundo empresario privado, el resultado de las últimas semanas en todos esos frentes es lo más parecido a un éxito de gestión, solo empañado por el pedido de la ONU para que Milagro Sala sea liberada por estar injusta y arbitrariamente detenida.

Macri podrá no tener hoy más votos macristas que los que tenía en octubre de 2015, en aquella primera vuelta en la que Daniel Scioli le sacó ventaja, pero goza de la comprensión de un grupo de dirigencias cada vez más articulado bajo su paradigma que se traduce en una supremacía política que nadie aventuró que tendría, observando el ajustado resultado del balotaje presidencial.

Aunque inestable –porque toda alianza lo es-, votan para el Presidente en el Parlamento, según las circunstancias, el interbloque de Cambiemos, el massismo, el PJ y el FPV no kirchnerista.

La oposición más sólida está resumida en el kirchnerismo que reconoce en CFK a su líder, que cuenta con medio centenar de diputados propios y un puñado de senadores que podrían entrar en una Traffic, sin demasiado apretujamiento. A lo que habría que sumarle el minibloque testimonial del FIT.

No importa que el país haya comprometido la mitad de su PB en deudas, que la inflación no ceda, que la actividad económica siga cayendo, que la destrucción de empleo continúe, que el salario haya perdido poder adquisitivo y que los “brotes verdes” no aparezcan por ningún lado: Macri encontró solidaridades impensadas en viejos integrantes del FPV y en el oportunismo táctico del massismo para garantizarse sustentabilidad y leyes.

Por este motivo, la crisis de representatividad es alta y va en aumento, con consecuencias imprevisibles. Pero, por ahora, los ex opositores que funcionan dentro del dispositivo gubernamental creen poder zafar de los reproches futuros de la ciudadanía. Y esperan algún momento propicio para desmarcarse, que no es este. Cuando sopesan los costos, en el caso de los ex kirchneristas -el Movimiento Evita, el PJ de Gioja, el de Bossio, el de los gobernadores-, están convencidos de que el devenir de los expedientes judiciales resolverá la interna del peronismo y, sobre todo, su complejo de Edipo irresuelto con la mujer a la que alguna vez llamaron “jefa”. Para concretar el matricidio dicen contar con la bendición papal, aunque nadie sabe si esto es cierto ciento por ciento o parte de una revelación mística que, los no iniciados en el esoterismo de alto vuelo, jamás comprenderían. Son grupos que habitualmente sobreestiman sus capacidades y subestiman peligrosamente al macrismo.

Aunque la torpeza o la deslealtad no son privativas de un espacio político en particular. En este caso, independientemente de las razones que esgriman para abandonar a su suerte a CFK y a las bases que la continúan viéndola como su referente indiscutida, hay que asumir que Macri aprovecha muy bien el agrietamiento del kirchnerismo, única identidad que está decididamente parada enfrente de su modelo y expresa la memoria positiva de lo ocurrido en los últimos 12 años.

Con matices, siempre los hay, el “evitismo”, Barrios de Pie y la Corriente Clasista y Combativa juegan también en una estrategia de contención de la protesta social, a cambio de una ley, la de emergencia social, que incluye una serie de paliativos contra los efectos devastadores del ajuste. No por altruista esta postura deja de ser funcional a la administración de Cambiemos. Macri se los agradece cada vez que les manda a Carolina Stanley, la hija del banquero, a negociar suavecito.

La CGT, por su lado, no sabe cómo salir de los recuerdos combativos del 29 de abril, cuando se movilizó junto a las dos CTA y, mucho menos, cómo desligarse en los hechos del mandato de su confederal para que los miembros del triunvirato decidieran un paro general, asunto que hoy parece del pasado remoto. Cada día que pasa, los triunviros parecen más sumisos, como si trabajaran en una dependencia más del Ministerio de Trabajo. Y la obtención de un bono, irregular en su implementación y escaso en billetes, sabe a poco para haberse bajado y haber roto la unidad en la lucha con las otras centrales; que por la libre, esta semana, hicieron su propia jornada de protesta con movilización a Plaza de Mayo, con Hugo Yasky y Pablo Micheli –cada vez más juntos- a la cabeza.

Mientras tanto, así como Macri obtiene cosas impensadas, no son menos extraordinarias las que CFK cosecha, aún siendo víctima de un fenomenal hostigamiento judicial y mediático. Cualquier otro dirigente, en iguales circunstancias, no podría siquiera juntar a sus familiares alrededor de una mesa de café y su gravitación en la escena política estaría neutralizada de por vida.

No es lo que ocurre con CFK. Conserva bancadas, militancia galvanizada, mística, identidad y una clara postura opositora frente al macrismo y sus políticas. No constituye mayoría, es verdad; el desgajamiento del kirchnerismo parlamentario es indisimulable, pero CFK sigue siendo la única figura en condiciones de acumular apoyos producto del vacío de representación y el descontento que genera -y va a seguir generando- el modelo neoliberal, frente a la memoria de los avances sociales de la última década.

El año próximo, cuando Macri pretenda plebiscitar su modelo en las legislativas, la sociedad tendrá que elegir si avala la profundización de políticas que la agreden, o castiga con su voto al macrismo y a todos los que fueron sus aliados, en defensa propia.

Si continúa el proceso divisionista en las dirigencias de los sectores populares avivado exitosamente por el gobierno, Macri podría presentar una derrota como si fuera un triunfo, ante múltiples personalismos antikirchneristas abatidos en las urnas. Por el contrario, si el espíritu frentista y la generosidad se imponen, el golpe electoral asestado al modelo excluyente podría ser el comienzo de otra historia.

Frente al tablero hay dos grandes estrategas. Uno que representa la unidad más alta de los sectores dominantes alrededor de un programa mínimo de restauración de patrones de distribución de la renta regresivos. Del otro lado, alguien que expresa también el punto más alto pero exactamente de lo inverso.

La pulseada será, entonces, entre Macri y CFK, sin siquiera ser candidatos. Muchos no lo quieren ver, pero Macri lo sabe más que nadie. El asedio mediático y judicial es parte de su estrategia para debilitar a su principal oponente, sabiendo que cualquier otro armado opositor posible o en condiciones de suceder, sin el kirchnerismo y los votos que tracciona, está condenado a mirarlo siempre desde abajo.

Cada vez que el campo nacional, popular y progresista, en medio de esta situación, quiere ajustar cuentas con CFK, se da un tiro en el pie, mientras Macri sonríe por lo bajo y la alianza de poder que lidera se prepara para gobernar ocho años la Argentina.

O lo que vaya quedando de ella.

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Roberto Caballero

Roberto Caballero

Periodista argentino, exdirector de la revista Veintitrés y del diario Tiempo Argentino. Conducía la segunda mañana de Radio Nacional.