De brutalidad, cinismo, estupidez y consignismo crónico

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Como nunca en la historia de la Nación estamos viviendo la brutalidad de la oligarquía contra todo aquello que represente un Proyecto de País inclusivo. Perdón, corrijo, la oligarquía, no. La versión bizarra y berreta de la otrora oligarquía nacional.

Daniela Bambill

La guerra mediática contra Cristina Fernández de Kirchner sostenida por la acción judicial de un par de delincuentes con toga ha traspasado todos los límites en el último ataque que tuvo como protagonista a su anciana madre.

La política errática en materia de relaciones exteriores, el desguace del Estado Nacional, el desempleo, el feroz ajuste, la entrega de la soberanía,  parecieran ser solo un detalle que no afecta a nadie en el esquizoide mundo de la prensa hegemónica vernácula.

Los debates televisivos que protagonizan funcionarios y/o legisladores oficialistas y ex funcionarios y/o legisladores opositores son análogos a un acto de varieté de poca monta. Mientras desde la oposición intentan infructuosamente llevar al oficialismo al terreno de la política con argumentos, muchas veces tecnicistas, el oficialismo repite un compendio de lugares comunes y acusaciones falaces como lección aprendida de memoria. El telespectador desprevenido y sin formación política se queda con el sentido común, tal vez el menos común de los sentidos. La derecha argentina ha demostrado que le resultó productiva la estrategia.

El grueso de la población aparece hoy en medio de la sinrazón imperante como único perjudicado en el circo de vanidades extremas.

El Pueblo en su conjunto comienza a sentir el yugo de las políticas antipopulares disfrazadas de un cinismo que no tiene parangón.

En el Congreso de la Nación se institucionaliza el desguace con la complicidad de aquellos que sostienen el falaz argumento de “garantizar la gobernabilidad” para salvaguardar su pellejo de posibles ataques, por un lado y por otro, un grupo de “iluminados” institucionaliza la estulticia con Proyectos de Ley que pretenden testimoniar su genuflexión mediante un consignismo adolescente y estéril, como único signo de creatividad para “resistir” el embiste de la antipatria.

Frente a esta realidad política, cualquier exponente del surrealismo quedaría atónito intentando rever su posicionamiento filosófico y artístico.

Termina un año vergonzante para la historia nacional y todos y cada uno de los protagonistas son responsables por acción u omisión.

Mientras tanto en las barriadas, el hambre y la incertidumbre crecen al ritmo de una epidemia incontrolable.

El final de la historia está escrito y es lacerantemente conocido:  El Pueblo hará tronar el escarmiento.

No se avizora en  lo inmediato un Néstor Kichner capaz de sacarnos del infierno adónde ya estamos inmersos a pesar que a algunos las lenguas de fuego  no los han alcanzado.

Solo el Pueblo salvará al Pueblo. Es cuestión de tiempo.

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