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La cuestión nuclear: Si la milonga desafina, suena mal

Por Mempo Giardinelli

Durante décadas nuestro país fue construyendo una política nuclear singular en América Latina: desarrollo propio, control estatal del ciclo de combustibles y una apuesta sostenida por la ingeniería nacional. Así, la Argentina cuenta con el CAREM 25, que es un pequeño reactor modular (se conocen como SMR) diseñado por la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) e INVAP, y que orgullosamente simbolizó el camino y desarrollo de nuestro supuesto “viejo” programa nuclear. Y todo marchó viento en popa y con sólido orgullo hasta que en 2025 el gobierno de Javier Milei frenó el proyecto y reorientó la estrategia nuclear argentina hacia la adopción de tecnología estadounidense.

En sintonía con la Executive Order 14299 firmada por Donald Trump el 23 de mayo de 2025, esa decisión reavivó un viejo debate argentino: ¿integración estratégica o pérdida de soberanía? La Orden Ejecutiva titulada «Deploying Advanced Nuclear Reactor Technologies for National Security» declaró como Política de Estado de los EEUU acelerar el desarrollo, despliegue y exportación de reactores nucleares avanzados, incluidos reactores modulares pequeños y microreactores.

El decreto ordenaba al Departamento de Energía, y al complejo de Seguridad Nacional norteamericanos, utilizar “toda autoridad legal disponible” para instalar estos reactores en bases militares, centros de datos de inteligencia artificial, infraestructura crítica y otras instalaciones federales. También instruyó coordinar con el Departamento de Defensa y simplificar licencias regulatorias.

Pero el punto más relevante para América Latina fue y es el capítulo sobre exportaciones: la orden busca posicionar a las empresas nucleares estadounidenses como «socias de elección» para el crecimiento energético mundial, reduciendo la dependencia de tecnologías de «adversarios extranjeros» y ampliando su influencia estratégica a su propia industria nuclear.

Para ejecutar esa política, el Departamento de Estado norteamericano impulsa el Programa FIRST (Foundational Infrastructure for Responsible Use of Small Modular Reactor Technology), destinado a “apoyar” a países “aliados” que adopten SMR como el nuestro, pero de diseño estadounidense. El programa ofrece asistencia regulatoria, técnica y financiera, y accesos a cadenas de suministros y marcos normativos, pero siempre alineados con EEUU.

Por decisión presidencial, en septiembre pasado el presidente Javier Milei dispuso que la Argentina se convirtiera en el primer país latinoamericano en asociarse formalmente al Programa FIRST. Y la Embajada de EE.UU en Buenos Aires presentó la decisión vinculando los SMR con seguridad energética, aplicaciones de inteligencia artificial y reducción de emisiones. Con lo que el mensaje era claro: la Argentina pasaba de desarrollar su propio y prestigioso reactor, a integrarse en la arquitectura nuclear estadounidense.

Lo cual, dicho en criollo, resultaba algo así como que de la noche a la mañana el orgullo tecnológico argentino llamado Carem 25 pasaba a ser un cachivache obsoleto. Aunque hasta 2023 había sido el único SMR en construcción en todo el continente americano, diseñado íntegramente en la Argentina y con gran potencial para polos industriales, desalinización y futuras exportaciones, de pronto todo eso no valía nada.

La obra en la localidad de Lima, provincia de Buenos Aires, tenía un avance estimado entre 70–80% en obra civil e ingeniería y estaba planeado iniciar el montaje electromecánico en 2024-2025. Pero fue entonces cuando el asesor presidencial y supuesto amigo idem, Demian Reidel —quien ya había sido nombrado presidente de Nucleoeléctrica Argentina SA— anunció su reemplazo por otro proyecto alineado con tecnologías extranjeras. Lo que significó la paralización del reactor nacional.

Para algunos analistas –como señaló a esta columna el ingeniero Daniel Arias, quien acaso sea el más competente experto en la materia– ese cambio brusco y maligno evocaba a los años 90, cuando el gobierno de Carlos Menem abandonó el proyecto misilístico Cóndor II con el cuento de una mayor integración con EEUU en materia satelital.

Aquella vez, como ahora, la Argentina se alineó y sometió a la agenda estratégica norteamericana, renegando de toda la capacidad tecnológica propia en favor de una supuesta cooperación internacional en materia nuclear, sector históricamente asociado a la soberanía, la seguridad y el desarrollo industrial.

Y entonces tambaleó toda nuestra Soberanía tecnológica porque la adopción de los SMR estadounidenses obliga a aceptar estándares regulatorios, licencias y cadenas de suministro alineadas con la Comisión de Regulación Nuclear y el Departamento de Energía estadounidenses. Lo que a su vez obliga a la ARN y a la CNEA a adaptarse a normas externas.

Además, al abandonar el CAREM, la Argentina cede todo conocimiento acumulado en diseño, ingeniería y fabricación de reactores. Con lo que pasa de ser un potencial país exportador a convertirse en mero usuario de tecnología importada.

Y aunque la Constitución establece que los recursos del subsuelo pertenecen a las provincias –y el uranio es considerado una “reserva estratégica” bajo control estatal– toda concesión a empresas extranjeras requiere aval de la CNEA y la ARN, priorizando el abastecimiento interno.

Sin embargo, memorandos recientes cruzados entre ambas Cancillerías promueven informar anticipadamente a Washington sobre licitaciones de minerales críticos. Lo que para algunos juristas vulnera principios de igualdad en las contrataciones públicas y autonomía federal.

Asimismo, cabe considerar el impacto industrial y económico, porque de tener cadenas de valor locales –proveedores nacionales, ingeniería propia y potencial exportador– ahora se apunta a importar tecnología, combustible y componentes, con fuerte y mayor participación de capital privado extranjero.

Lo que si bien podría facilitar financiamientos internacionales, también reduce la autonomía industrial y limita la capacidad de generar patentes y propiedad intelectual local.

Esta Geopolítica nuclear concibe a los satélites como meras herramientas para bases militares, infraestructura de inteligencia artificial y control de cadenas energéticas. Con lo que así restringe el margen de maniobra independiente frente a proveedores como China, Rusia o Corea del Sur y además somete la política nuclear argentina a los intereses y prioridades de los EEUU.

Por supuesto, el gobierno de Milei sostiene que la apertura a una tecnología extranjera moderniza el sector, reduce costos y acelera la transición energética. Pero los críticos, en cambio, hablan de “neocolonialismo nuclear” y de la vergonzosa renuncia a décadas de inversión en capacidades propias. La pregunta de fondo es clave: ¿conviene a la Argentina ser usuaria de tecnología nuclear importada, o mantener una industria nacional quizá algo más costosa pero soberana?

El CAREM representaba una apuesta a largo plazo, con riesgos técnicos y financieros, pero también con la promesa de liderazgo regional. La integración a FIRST, en cambio, ofrece resultados más rápidos, pero a costa de autonomía.

Como en los años 90, nuestro país vuelve a elegir alineamiento antes que desarrollo independiente. Y como entonces, el debate no es solo tecnológico, sino político: ¿qué tipo de inserción internacional quiere la Argentina y cuánta soberanía está dispuesta a ceder en el camino?

En este punto es clave la posición de expertos argentinos como Daniel Arias, quien sostiene que “el FIRST es un verso colonial, y el ACR también”. Por eso sostiene que “para discutir el colonial programa FIRST no me limitaría a la defensa del CAREM. Ahí está como prueba la central nuclear que conocemos y construimos mejor: la de Embalse, en Córdoba. Que tiene muchísimas ventajas. Y entre ellas, que tenemos toda la tecnología comprada desde los ’70, más lo nuevo que le agregaron NA-SA y la CNEA cuando le hicieron extensión de vida.

Por lo anterior, señalan expertos como Arias, “podemos hacer otras centrales como Embalse, sin complicaciones legales ni tecnológicas. Lo que no podemos es exportarla, cosa que sí podremos hacer con el CAREM cuando exista, porque con La Embajada en contra hace 42 años que una enorme cantidad de funcionarios públicos, lamentablemente vienen haciendo todo tipo de perradas para que el CAREM no exista.

*Daniel Arias-Premio Konex 2007 Periodismo científico

Arias sostiene que Canadá, en tanto país desarrollador inicial de la tecnología CANDU de Embalse, nos puede dar una mano financiera a cambio de agua pesada. Tenemos la mayor fábrica del mundo, y ningún CANDU puede funcionar sin este insumo, que es muy caro. También se podría reabrir la planta, ellos construir más centrales en Canadá y financiarnos una nueva en el predio de las Atuchas. Canadá en este momento odia bastante a los EEUU.

Las CANDU – continúa– funcionan con uranio natural, no hace falta enriquecerlo. Pero además nosotros no tenemos planta de enriquecimiento industrial porque EE.UU. viene saboteando y haciendo cerrar la experimental construida por la CNEA en Pilcaniyeu, Río Negro.

Hemos podido avanzar el proyecto CAREM –sigue Arias– porque “Brasil cumplió su pacto y nos vendió el uranio enriquecido para el primer núcleo. ¿Lo seguirá haciendo? Pongo la mano en el fuego por Lula, pero Brasil está lleno de Bolsonaros, que son tan vendepatrias como Milei”. Y además aquí hay que hablar del esperpento geopolítico y tecnológico que es el programa FIRST, que como el reactor ACR no existe más allá de ser un dibujito patentado en EEUU, donde, dice Arias, una patente no se le niega a nadie.

El CAREM tiene al menos la gentileza de existir. Y tiene 40 años de diseño y fabricación de componentes mayormente nacionales, cada uno de los cuales atravesó el proceso de licenciamiento de la Autoridad Regulatoria Nuclear de la Argentina. Y en cuanto al ACR, sigue siendo un dibujito. Porque licenciar una central nuclear toma al menos diez años.El CAREM es un modelo de demostración tecnológica en miniatura, no un prototipo. No necesita parecerse a la versión comercial. Sólo probar que su sistema de refrigeración puramente convectiva es seguro y eficiente.

Y si no tenemos una versión comercial de 400 MW construida y en línea no se debe a las dificultades técnicas innovadoras del CAREM, sino a que los EEUU boicotean el proyecto desde 1984 –dice Arias– y si sobrevivió a tanto malandra ajeno y propio y llegó a un 80% de avance en obra civil, es porque Dios es argentino. Y al menos en materia nuclear, no parece yanqui. Y lo cierto es que nos quieren vender su ACR berreta, y sin siquiera licenciar porque tienen una tecnología tan enrevesada y cara que desde fines de los ’70 hasta hoy sólo inauguraron 2 centrales… y cerraron 41… Y hasta hay informaciones de que, sin ayuda federal, están por cerrar 20 más porque están en la lona”.

De manera que puede pensarse que no nos estamos casando con un geronte –sigue Arias–: nos estamos casando con un muerto… Porque hoy en día casi no hay nueva construcción nuclear en los EEUU; su flota nacional ha envejecido y no tienen experiencia ni cadena de proveedores para hacerles extensión de vida. De 104 centrales que tenían en línea a principios de siglo, les quedan 94.

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Así las cosas, la paradoja es que los EEUU que nos vienen a enseñar cómo hacer un Small Nuclear Reactor como el CAREM, ellos no tienen ninguno en construcción avanzada para mostrar. “Sólo muestran proyectos voladores para vender a la gilada financiera”. Y atención que los EEUU sólo tienen 3 SMRs en construcción, y todos con avances de obra muy inferiores a nuestro CAREM.

Está claro que el ACR que asestó en 2025 el gobierno de Milei existe sólo para que no exista el CAREM. Y para borrar de la historia los 75 años de nuestra historia atómica, que nos hizo exportadores de tecnología nuclear y nos ha permitido ganarle por robo a EEUU en todas las licitaciones internacionales en que pretendieron competir con INVAP.

Finalmente, Arias sostiene que si debiera elegir entre un CANDU nacional y un CAREM optaría por el CANDU “porque no tengo que inventarlo, sólo mejorarlo, y además es la más barata y segura de las centrales nucleares del mundo desde 1962, y de yapa la más modular”.

Y por si fuera poco, expone que hay financiación posible para el Candú en China o Canadá. Con “China ya tenemos los papeles firmados desde 2014. Y con Canadá podemos hacer muchos negocios porque están esencialmente más interesados en el CANDU, que es su máquina de bandera”.

Finalmente, el Carem nos interesa –concluye– porque además podemos exportarlo. Para eso son los modelos de demostración, como el que hizo cerrar la actual cúpula nuclear, que es claramente cipaya. Pero ya lo vamos a reabrir cuando echemos a la actual cúpula nuclear y retomemos el programa nuclear a fecha de 2014.

fuente: Página12

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