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Gracias Selección, ahora nos toca jugar el alargue

Cuando el deporte no solo refleja la política, sino que a veces la condiciona

Durante décadas se repitió como un mantra que el deporte y la política debían permanecer separados. La frase resulta elegante, pero la historia se encargó de desmentirla una y otra vez.

Los estadios nunca fueron únicamente escenarios deportivos. Han funcionado como espacios de representación nacional, de resistencia, de reconciliación y, en ocasiones, de disputa diplomática. Allí donde la política encuentra dificultades para construir un relato compartido, el deporte suele condensar emociones capaces de movilizar a millones de personas.

Por eso no debería sorprender que algunos de los gestos políticos más influyentes del último siglo hayan tenido como protagonistas a deportistas.

En 1968, durante los Juegos Olímpicos de México, los velocistas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos subieron al podio tras la final de los 200 metros. Mientras sonaba el himno de los Estados Unidos levantaron un puño cubierto con un guante negro, bajaron la cabeza y permanecieron en silencio.

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El gesto, asociado al movimiento por los derechos civiles y conocido como el saludo «Black Power», recorrió el mundo. El Comité Olímpico Internacional los expulsó de la Villa Olímpica, pero el castigo terminó convirtiendo aquella imagen en uno de los símbolos universales de la lucha contra la discriminación racial.

Apenas un año después, el fútbol volvió a mezclarse con la geopolítica. La denominada «Guerra del Fútbol» entre Honduras y El Salvador jamás fue causada por un partido. Las tensiones migratorias, territoriales y económicas existían desde hacía años. Sin embargo, los encuentros clasificatorios para el Mundial de 1970 actuaron como el detonante emocional que terminó precipitando el conflicto armado. El deporte no creó la guerra, pero sí terminó acelerando un proceso político que ya estaba incubándose.

Muhammad Ali protagonizó otra de las decisiones más trascendentes de la historia del deporte cuando se negó a ser reclutado para combatir en Vietnam. Perdió su título mundial, fue condenado por la Justicia estadounidense y permaneció varios años sin poder boxear.

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Con el tiempo, aquel acto de desobediencia terminó convirtiéndose en un símbolo del movimiento por los derechos civiles y de la resistencia a una guerra crecientemente cuestionada por la sociedad norteamericana.

Incluso algunas historias adquirieron dimensiones casi legendarias. Durante la guerra de Biafra, la visita del Santos de Pelé a Nigeria dio origen al relato según el cual ambos bandos acordaron una tregua para ver jugar al brasileño.

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La historia fue embellecida con el paso del tiempo, aunque sí existieron suspensiones temporales de hostilidades en torno al encuentro. Más allá del mito, el episodio refleja el extraordinario poder simbólico que llegó a tener Pelé en plena Guerra Fría.

También el fútbol ofreció uno de los ejemplos más conmovedores de reconciliación nacional. En 2005, Costa de Marfil clasificó por primera vez a un Mundial mientras el país atravesaba una guerra civil. Didier Drogba tomó un micrófono en el vestuario, se arrodilló junto a sus compañeros y pidió públicamente a los bandos enfrentados que dejaran las armas.

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Aquel mensaje no puso fin al conflicto por sí solo, pero ayudó a construir un clima favorable para el alto el fuego y, años después, Drogba consiguió que la selección disputara un partido oficial en Bouaké, ciudad que había permanecido bajo control rebelde. El encuentro terminó convirtiéndose en un símbolo de reunificación nacional.

Nelson Mandela comprendió mejor que nadie el valor político de los símbolos deportivos. En 1995 apareció vistiendo la camiseta de los Springboks durante la final del Mundial de Rugby. Hasta entonces aquel equipo era identificado con la minoría blanca y el apartheid.

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En lugar de rechazar ese símbolo, Mandela decidió resignificarlo para construir una identidad compartida. Aquella imagen terminó siendo uno de los gestos políticos más inteligentes del proceso de reconciliación sudafricano.

Diego Armando Maradona también trascendió el fútbol para convertirse en un actor político de alcance internacional. Su cercanía con Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales, Luiz Inácio Lula da Silva y posteriormente Nicolás Maduro hizo que cada una de sus apariciones públicas adquiriera un significado que excedía largamente lo deportivo. El propio Maduro sostuvo en distintas oportunidades que el respaldo de Maradona ayudó a romper el aislamiento político que buscaban imponer sobre Venezuela algunos actores internacionales. Más allá de la valoración que cada uno haga de esas afirmaciones, el hecho demuestra hasta qué punto la palabra de un deportista podía transformarse en un activo diplomático.

Todos estos episodios tienen un denominador común. No demuestran que los deportistas gobiernen. Demuestran que, en determinadas circunstancias, poseen una legitimidad simbólica capaz de condicionar el comportamiento de gobiernos, organismos internacionales, medios de comunicación y sociedades enteras.

Esa quizá sea una de las transformaciones más interesantes de nuestro tiempo.

La política continúa monopolizando las leyes, los presupuestos y las instituciones. Pero hace tiempo dejó de monopolizar la representación emocional de las sociedades.

Cuando un atleta arrodillado logra instalar un debate mundial sobre la discriminación, cuando un boxeador modifica la discusión sobre una guerra, cuando un futbolista ayuda a reconciliar una nación o cuando una selección provoca reacciones diplomáticas con una bandera exhibida después de un partido, el deporte deja de ser un entretenimiento.

Se convierte en un escenario donde también se disputa el poder.

Y acaso allí resida la mayor paradoja del siglo XXI: mientras buena parte de la dirigencia política atraviesa una profunda crisis de representatividad, millones de personas siguen encontrando en una camiseta, un podio o una cancha aquello que durante siglos fue patrimonio casi exclusivo de los Estados: la capacidad de expresar un sentimiento colectivo.

Islas-Malvinas-Argentinas-Bandera

Quizá ese haya sido el pase más profundo que esta Selección le regaló a los argentinos. No fue solamente la alegría de una victoria ni el orgullo de volver a sentirse representados. Fue recordar que todavía existe un «nosotros» capaz de emocionarse por encima de las diferencias cotidianas. Y cuando un pueblo recupera el orgullo de pertenecer, también recupera la capacidad de preguntarse qué está dispuesto a defender.

Porque la soberanía no se agota en un mapa ni en un reclamo diplomático. También se juega en las decisiones que una comunidad toma sobre su propio destino, sobre sus recursos, su trabajo, su cultura y el lugar que quiere ocupar en el mundo. En tiempos donde las lógicas del mercado suelen presentarse como el único horizonte posible, quizá el mayor desafío consista en que esa identidad recuperada no quede confinada a una cancha de fútbol, sino que encuentre el coraje para proyectarse en la vida cívica.

Después de todo, los campeonatos terminan. La historia de un pueblo, en cambio, siempre juega tiempo de descuento.

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