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SIEMPRE HAY UN MÁS ABAJO TODAVÍA

Roberto Caballero

Desde tiempos inmemoriales, el caso del estigma o del estigmatizado divide aguas en una sociedad. El portador, desde ya, lleva la Cruz. Lo padece, es el problema encarnado. El resto, que no quiere atravesar por lo mismo, es el que se pregunta de qué modo puede evitar ser alcanzado por ese mismo rechazo o desacreditación. 

Este miedo legítimo, muchas veces, enfrenta a la persona a un dilema moral. Si denuncia que hay estigmatización, corre riesgo de ser etiquetado. Si no lo hace, se convierte en cómplice. Haga lo que haga, seguramente va a tener que arrepentirse, en ese momento o después. De una cosa o de la contraria. 

¿Qué hacer, se preguntaría Lenin, frente al estigma? Alguno que otro evade el asunto, toma distancia, se refugia en las periferias temáticas, driblea en sus claroscuros, se convence de que el estigma es una complicación… del estigmatizado –sobre todo- y se calla. 

Cuando el que estigmatiza es el Estado con su poder, la situación se vuelve más compleja. Sale de la órbita exclusiva de las indagaciones morales. En muchos casos, se pone en juego la libertad o la propia vida. La persona ya no debe decidir entre ser justo o canalla con el que sufre la estigmatización. Lo que está en riesgo ya no es su reputación. O si tiene buena o mala fama, solamente. Al final de su decisión, puede esperarlo la cárcel o la muerte. 

Hay lugares peores, sin embargo. El del que no tiene ninguno de estos dilemas, porque carece de conciencia humanitaria. Incapaz de empatizar con nadie que se encuentre en una situación desventajosa, siquiera. Cuando los nazis comenzaron con las leyes de “arianización”, los judíos eran obligados a desprenderse de sus casas y negocios en un plazo determinado. Había no judíos que, ante la injusticia, consolaban a sus judíos amigos, en muchos casos, de toda una vida. Algunos los hospedaban o levantaban refugios escondidos detrás de las paredes para que pudieran eludir a sus captores, aun a riesgo de ser penalizados. 

Pero otros, que se reciclaron en personajes influyentes con el paso del tiempo, se aprovechaban de la negociación en debilidad y por un puñado de monedas desapoderaban de sus bienes a los estigmatizados, los judíos perseguidos, esos que debían partir al exilio con urgencia o acabar en las cámaras de gas. No había ningún miedo que explicara por qué hacían eso que hacían. Con el beneficio económico, con su avaricia, les alcanzaba. Simplemente eso, la banalidad del mal. 

Esto no ocurre de la mañana a la noche. El envilecimiento de una sociedad, de cualquier sociedad, no es automático. Como todo, se va construyendo de a poco. Primero es la segregación social y sus efectos, después el gueto (el aislamiento) y más tarde el exterminio. 

Las víctimas de todas las épocas pueden ser judíos, palestinos, afrodescendientes, gitanos, homosexuales, croatas, comunistas, mujeres, musulmanes o peronistaskirchneristas. Todos ellos, en algún momento de la historia, han sido portadores de una deshonra inventada, de una “mala fama” habilitante del maltrato o el castigo, de un estereotipo a culpabilizar que funciona como llave a un pasadizo secreto de la mente humana que, en situaciones de crisis y enfermedad, habilita decisiones que van desde el distanciamiento por higiene social hasta la aplicación de tormentos sobre la persona indefensa, ofrecida en sacrificio. 

Con esta historia a cuestas, hay zonas oscuras de la existencia que mejor iluminar, antes de que sea tarde. 

Nuestra sociedad hoy está peor que hace una década, en todo sentido. Si usamos el salario como variable, se desplomó en vertical. La paritaria del Estado con los jubilados y jubiladas es a gas pimienta y bastonazos. Los científicos que antes volvían, ahora se mandan a mudar nuevamente. Las universidades que se abrían, corren el riesgo de vaciarse de alumnos y docentes por falta de plata para el colectivo. La gente vive endeudada con el banco, la tarjeta o las billeteras virtuales; en el mejor de los casos, porque otros directamente le deben a los narcos. La principal causa de muerte entre los jóvenes es el suicidio. Y si no te mata el estado de las rutas destruidas, puede hacerlo un rebrote de tuberculosis como el que hay. 

La caída no encuentra piso. Siempre hay un más abajo todavía. 

Hace cuatro años, cuando intentaron matar a Cristina, el pacto democrático se rompió en la Argentina. Un año después, el odio político ganó las elecciones, con las consecuencias a la vista. Desde entonces, buena parte de la sociedad vive estigmatizada, siendo blanco de los insultos y las descalificaciones del presidente y su gabinete, pero también de esa vocería mediática que rocía a diario su veneno sobre un pueblo al que se lo trata de convencer de que no tiene derecho a nada, para poderle arrebatarle sus cosas, entre ellas, los recursos naturales. 

Que si alguna vez vivió mejor, fue por error, a expensas de “la gente de bien”, esa misma gente que ahora quiere recuperar los días en que podía obligar a agachar la vista a los que viven de trabajar. Extirparle su autoestima es un objetivo estratégico de los defensores del modelo de saqueo que hoy se aplica con violencia simbólica y, cuando hace falta, con las fuerzas de seguridad pertrechadas para la guerra. 

La baja autoestima la logran, antes que nada, con el estigma. Nadie quiere ser acusado de portar ideas desaconsejadas por un Estado que pega, impulsado por un salvajismo criminal, hasta casi matar. El caso de Pablo Grillo es ejemplificador. También lo es que haya elegido bautizarse como católico y que su madrina elegida sea Cristina, la que sobrevivió de milagro a esta escena decadente donde el odio se desparrama, anegando nuestra democracia hasta el colapso humanitario. 

La que muchos de esos estigmatizados eligieron, en el pasado reciente, dos veces presidenta de la Nación y una vicepresidenta, es noticia otra vez porque acaba de demostrar con su equipo internacional de juristas que la prueba fundamental en la causa Vialidad, que la mantiene presa y proscripta, es un invento de sus lunáticos perseguidores. Evidencia del grado de podredumbre de un sector del Poder Judicial politizado por Mauricio Macri. 

Aunque su inocencia –a esta altura de los acontecimientos- sea cada vez más inobjetable, alarma que no haya instituciones locales que puedan remediar con carácter de urgente semejante injusticia. El tránsito tipo bypass por la ONU antes de la revisión en Casación es tan indispensable como moroso ante la gravedad de los derechos políticos vulnerados, a ella y a sus millones de seguidores, ciudadanos de segunda en su propio país hasta que el caso sea definitivamente resuelto. 

Desapoderada de sus bienes, desaparecida del padrón, civilmente neutralizada para ejercer cargos electivos, penalmente cautiva con restricciones a las visitas que ni siquiera se aplican a los genocidas, judicializada su familia y su apellido, llama la atención que entre las muchas voces que claman por la libertad de Cristina no griten más fuerte algunas que le adeudan haber sido escuchadas, cuando nadie las tenía en demasiado en cuenta. 

¿Consecuencia del estigma? ¿Cobardía? ¿Falta de empatía? ¿O avaricia, acaso? 

En fin, siempre hay un más abajo todavía. 


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Fuente: Página12

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