Memoria: La vocación sacerdotal y la militancia social de Puigjané
Aniversario de su fallecimiento

Juan Antonio Sebastián Puigjané nace en Córdoba, el 13 de junio de 1928 y muere en Buenos Aires, el 27 de agosto de 2019, conocido como fray Antonio Puigjané o como el Piru, fue un fraile capuchino y sacerdote católico argentino, miembro del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y posteriormente del Movimiento Todos por la Patria (MTP).

Poco a poco, intentando vivir y aplicar el Evangelio a la realidad, en la predicación les tuvimos que decir a los «señores» ―entre ellos Amado Ménem, hermano del que era gobernador― cosas y denuncias que les cayeron muy mal. Hasta que organizaron lo que llamaron los «señores» una «pueblada», dirigida por Amado Ménem, el jefe de correos y el médico; el intendente no, ese quiso parar la cosa pero no lo dejaron y se llevaron al pobre padre Virgilio en vilo…
Mirá, fue como en el «far west», algo de no creer, y eso que el hermano de Ménem era el gobernador y había un gobierno popular… Pasaron cosas que nunca antes habían sucedido… Carlos Ménem, el gobernador, siempre se mostró muy amigo nuestro y asegura que nunca propició eso. Otros dicen que en realidad fue él quien lo apañó, pero él asegura que por culpa de este incidente se enemistó con su familia.
Te cuento. Creo que todo iba contra el obispo, monseñor Angelelli, que quiso llevar el Evangelio a fondo y al servicio del pueblo, por eso le habían hecho fama de comunista, el gran «cuco». Nosotros habíamos tenido la intención de aclararle a la gente que no era ningún comunista sino un hombre bueno, justo, que los quería, y que si decía cosas duras, no eran más que verdades… Señalaba las cosas que oprimían al pueblo y lo hacían sufrir, Bueno, ese día 13 decidieron expulsarnos, nos llamaban fidelistas, castristas, por nuestras barbas y organizaron eso. Decían que había sido el pueblo, pero el pueblo estaba sumiso, llorando… Desde las ocho de la mañana los «señores» pusieron grandes parlantes en la puerta de la casa parroquial y nos cercaron. Eran las fiestas patronales pero no permitían que entrara la gente a la capilla y proferían grandes insultos contra nosotros por los altavoces. La policía estaba de parte de ellos; simulaba guardar el orden pero estaba de acuerdo con todo y por la noche hicieron un hermoso asado para festejar el triunfo ―la expulsión nuestra y del obispo―.
Estábamos reunidos en la capillita, seríamos unos veinte, entre curas y monjas, y a eso de las diez pidieron que saliera el padre Virgilio; salió y le habló a la gente. Yo me puse a su lado. Les pidió que depusieran esa actitud «porque yo estoy con el obispo y los dos sacerdotes, entremos a la Iglesia a festejar la fiesta de San Antonio». Alguien del pueblo gritó: «Hagamos caso, que si no Dios nos va a castigar, esto no puede ser!». Entonces vino el grupo de cinco o seis que habían organizado todo, agarraron en vilo al padre Virgilio y le dijeron que lo venían a salvar de las garras de esos comunistas. Yo les dije a todos: «Acuérdense quiénes son los que se llevan al padre Virgilio». Desgraciadamente no lo volvimos a ver nunca más, lo llevaron a sus casas y murió en manos de ellos.
Angelelli, que estaba con nosotros, nos propuso tomar unos mates, mientras afuera sonaban marchas militares por los parlantes, y chillidos de los hombres, que nos acusaban de todo; un clima de guerra… Pusimos unas sillas debajo de los árboles en el patio de la parroquia y él decía «vayan a echar porotos a la olla, ya arreglaremos todo».
A eso de las tres de la tarde violentaron la puerta, alentados por Yáñez ―un excomisario que había sido hasta torturador―, y unos matones. Nos cercaron, empezaron a los gritos. Yáñez, con prepotencia y enloquecido ―un pobre hombre― le vociferaba en la cara a Angelelli lo que era ser un obispo católico y le gritaba estupideces. Hablaba de matarnos y lincharnos. Angelelli, con toda su paciencia, lo miraba y escuchaba. Cuando el orate terminó, Angelelli dijo: «No es momento para que expliquemos nada, ya llegará el momento. Solo le pido a Dios que no castigue a estos que han organizado todo, que es tan feo y hace sufrir tanto al pueblo».
Yo me quedé en medio de la gente y nadie me tocó un pelo; estaba ahí solo y recuerdo que una mujer muy humilde se me acercó y me dijo: «Si alguien le toca un pelito, padre, pobre de él».
Me fui a la cocina con el resto de los curas y ahí el Pelado (así llamábamos cariñosamente a Angelelli) me dijo algo muy hermoso. Decidió que teníamos que irnos, porque de lo contrario podría pasar algo más feo, correría sangre y el que iba a pagar las cosas sería el pueblo. Yo le dije: «Mirá, Pelado, quiero quedarme, no hice ninguna macana, no hay que hacerle caso a esos cuatro locos que organizaron esto, me la aguanto». Me miró fijo y me dijo: «Antonio, una cosa es morir mártir y otra morir por boludo, así que vamos». Muy inteligente. Y nos fuimos. Fuimos a Aimogasta, que está unos 80 km hacia el norte, y a la noche ya estábamos en La Rioja.
Antonio Puigjané entrevistado por
la periodista Mona Moncalvillo (1947‑2020)
en la revista Humor.







