¡NO PASARÁN!
Hubo un “¡No pasarán!” para la Revolución Nicaragüense, que cantaban los hermanos Mejía Godoy, frente al injerencismo estadounidense coordinado por la CIA en el terreno, allá cuando morían los años ‘70.
Otro para la Guerra Civil Española, que la militante comunista Dolores Ibárruri, La Pasionaria, levantó como barricada retórica para defender la utopía republicana del avance de las tropas fascistas comandadas por Franco.
Hubo también un “¡No pasarán!” en la Batalla de Verdún, durante la Primera Guerra Mundial, que utilizó el comando francés del general Robert Nivelle para levantar el espíritu de los suyos ante la lluvia intensa de la artillería alemana que amenazaba con extinguir su voluntad de lucha. Fue aquella guerra de trincheras, con sus imágenes macabras y sus cielos plomizos, la que inspiró al soldado inglés John Ronald Reuel Tolkien para escribir la inmensa saga de El Señor de los Anillos.
Y hay un “¡No pasarán!” simbólico, de absoluta vigencia, que es el que levanta el papa León XVI en su encíclica “Magnifica Humanitas”, contra la oligarquía tecnológica global. Un manifiesto “subversivo” que, en tiempos de saqueo de los bienes naturales comunes de las periferias para garantizar los suministros indispensables del capitalismo de plataformas y valorización financiera, repone a la persona humana en el centro de todas las cosas.
Es un trabajo de 40 mil palabras, que en el parágrafo 213 cita a Tolkien, precisamente: “Un escritor católico del siglo XX, por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas, describió así nuestra responsabilidad: ‘No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza’”. Y remata, el pontífice: “La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización”.
El protagonista del que habla León XIV es Gandalf y lo que dice, allí en el tomo III de El Señor de los Anillos, “El retorno del Rey”, es elevado al nivel de una cita teológica, nada menos. No es la primera vez que Tolkien o sus personajes, sin embargo, son parafraseados por autoridades de la Iglesia Católica.
Antes de ser el papa Francisco, cuando todavía era el cardenal Jorge Bergoglio en Buenos Aires, solía citarlo en las homilías, algo que volvería hacer varias veces durante su pontificado, en distintos ensayos y algunos mensajes pascuales.
Pero, a todo esto, ¿quién es Gandalf? En el universo Tolkien es un mago sabio y bueno, un anciano de barba larga, que usa un sombrero en punta y conduce a los pueblos libres en su pelea contra el mal. Su archienemigo, el villano Saurón, usuario de los palantires, unas esferas de cristal que permiten ver a distancia y a través del tiempo.
Conocimiento básico éste que ayuda a comprender por qué el otro día un grupo de personas vestidos de “Gandalfs” (sombrero, barba y túnica, atuendo que les permitió no ser identificados) fue hasta Barrio Parque, puntualmente, hasta la mansión de Peter Thiel, justo enfrente de la casa de Susana Giménez, para decirle que sus sueños de oligarca tecnológico “no pasarán” y que si tiene un “palantir” a mano lo único que verá es la cara “de un boludo”.
Más argento no se consigue.
Pero el suceso fue noticia mundial. Porque Palantir Technologies, la empresa de “análisis de datos e inteligencia artificial” de Thiel, que debe su nombre a su admirado Tolkien, fue acusada por Francesca Albanese, relatora especial sobre Derechos Humanos de la ONU, de lucrar con el genocidio en Gaza. A través de sus voceros, la empresa negó las imputaciones, aunque admitió que apoyaba “las misiones de defensa y seguridad nacional de Israel”.
Antes de convertirse en contratista del Pentágono y proveedor privilegiado de la CIA y el FBI, en sus orígenes Thiel había fundado PayPal junto a Elon Musk y Max Levchin, y fue temprano inversor en Facebook. Formado en filosofía, construyó su imperio obsesionado por crear un orden mundial basado en la tecnología.
Cuando apoyó a Donald Trump en su campaña presidencial de 2015, Silicon Valley no lo había entendido del todo. Era lo contrario a lo que pregonaban por entonces aquellos nerds rebeldes. Once años después, en el segundo mandato del extremista republicano, prácticamente no hay un solo tecno-oligarca que no haya adherido a los postulados de la ultraderecha estadounidense.
El manifiesto de Thiel y Alex Karp, su socio, propone que Occidente debe retomar su hegemonía geopolítica dominando la IA y gestionando los suministros necesarios (energía, minerales críticos y agua), si es necesario a través de la armas. Para su negocio, tanto Thiel como Karp -coautor del libro La República Tecnológica. Poder duro, pensamiento débil y el futuro de Occidente- prefiere la “libertad” absoluta a la democracia, porque con sus regulaciones y la defensa del bien común, se entorpece el desarrollo de esta etapa del capitalismo global.
Una voz solitaria, al menos con su escala gravitante, se ha levantado contra estas ideas que influyen sobre gobiernos como el de los Hermanos Milei, pero también sobre el ámbito del conocimiento y sus actores, que no quieren perderse nada del avance tecnológico y olvidan la dimensión ética de las actividades humanas.
En “Magnifica Humanitas”, ya desde la bajada de tapa, León XIV se plantea “la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial” y, en el parágrafo 132, dice: “El uso de las plataformas digitales y los sistemas de IA acelera los profundos cambios en la comunicación pública y política. Herramientas que podrían favorecer el debate y la participación se utilizan a menudo para construir narrativas sesgadas y difuminar los límites entre lo verdadero y lo falso, mezclando datos y opiniones. La desinformación no nace con la IA, pero encuentra hoy en ella un potente multiplicador”.
Para Thiel, la Argentina actual es un banco de pruebas para sus ideas, con gobernantes amistosos de su modelo cruel de poder duro, de su “república tecnológica”. Invierte en Vaca Muerta como señal a los otros generales de la IA. Quiere hacer saber que está aquí, porque una Nación que sepulta en cuotas la justicia social es una “land of opportunities” para su doctrina imperial.
No es casual que León XIV haya elegido también nuestro país para dar su debate. Su próxima visita es una incómoda realidad con la que van a tener que convivir los libertarios, y también Thiel, durante algunos días, cuanto menos.
La visita de los “Galdalfs” a su mansión es un aperitivo de lo que vendrá. Ya está identificado Saurón y está al llegar el que introdujo la voz del mago bueno en su encíclica. En fin, la Historia no terminó.
Quién iba a pensar que la obra de Tolkien serviría para entender el mundo de estos días, tan pero tan convulsionado.
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FUENTE: PÁGINA 12





