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La dictadura y la guerra no son salidas para EE.UU.

La negativa de Trump a aceptar un triunfo demócrata y el “empate catastrófico” entre el ejecutivo y el legislativo inducen al “Estado profundo” a emprender aventuras autoritarias y belicistas

por Eduardo J. Vior

Eduardo J. Vior

La reticencia del presidente en aceptar los resultados del conteo de votos en varios estados deja a EE.UU. sin gobierno legitimado democráticamente: supuestamente Donald Trump ha perdido la elección del 3 de noviembre y debe entregar el gobierno a Joe Biden el 20 de enero próximo. Habitualmente se forma un equipo mixto entre la administración saliente y la entrante, para coordinar la transición, pero, al no haberse proclamado oficialmente quién será el próximo mandatario, los que están no saben qué va a pasar en dos meses y los que quieren remplazarlos no pueden conocer los expedientes. Aún más, para mostrar que todavía manda y piensa seguir haciéndolo, el jefe de Estado acaba de remplazar a toda la cúpula del Pentágono por funcionarios adictos.

Este relevo ha inducido a los medios demócratas a sospechar públicamente que el líder republicano podría poner en escena una crisis bélica con Irán que justificara su permanencia en el cargo. Sin embargo, parece más bien que es a los demócratas a quienes serviría que los militares emprendan una aventura exterior, para forzar el apoyo del Congreso al gabinete que propondrá Biden. Ante el vacío de gobierno legítimo, el “Estado profundo” está tentado de apretar las clavijas autoritarias en lo interno e iniciar una guerra exterior que le permita imponer sus condiciones y defender sus privilegios más allá de enero.

Después de que el fiscal general William Barr autorizara el lunes por la noche al Departamento de Justicia a investigar si hubo fraude en las elecciones de este mes, el traspaso del mando entre Donald Trump y Joe Biden quedó en el limbo. Consecuentemente, un vocero de la Administración de Servicios Generales (GSA, por su sigla en inglés) insinuó que no pondría en marcha la transición hasta que no se defina quién gobernará después de enero próximo. Por consiguiente, no pueden entregarse las oficinas ni los fondos para la transición gubernamental.

Para soslayar la sensación de vacío de poder, Joe Biden ha emprendido un activismo frenético. El lunes designó a un equipo de notables para asesorar a su (supuesto) futuro gobierno en la lucha contra la pandemia de Covid-19 y el martes habló sucesivamente con la canciller alemana Angela Merkel, el presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro británico Boris Johnson y recibió las felicitaciones del mandatario turco, Recep Tayyip Erdogan.

Proyecciones de los medios en base a resultados oficiales de los diferentes estados (en EE.UU. no existe una autoridad electoral central) muestran que Biden, de 77 años, y su vicepresidenta Kamala Harris, de 55, tienen una ventaja insuperable en los conteos y, aunque la certificación de los resultados finales aún demore semanas, no se esperan cambios en la tendencia. No obstante, los republicanos se quejan por la falta de trasparencia, los errores o el fraude que se habría cometido en Pennsylvania, Wisconsin y Michigan, tres estados en los que Trump tenía la delantera en la noche del día 3 y que luego habrían sido ganados por los demócratas gracias al voto postal que en los dos últimos mencionados habría llegado (dicen que más de cien mil sobres) entre las dos y las cuatro de la madrugada del miércoles 4. En Pennsylvania, en tanto, los abogados de Trump ya habían pedido que se desecharan aquellos votos que el Correo entregara después del día 3 a medianoche. Si bien el tribunal supremo estadual rechazó el amparo, la Corte Suprema federal ordenó que esos sobres se contaran por separado, para decidir más adelante en la cuestión de fondo.

 

The New York Times y otros medios demócratas argumentan que Trump habría remplazado a Mark Esper por Christopher Miller en el Departamento de Defensa (DoD, por la sigla en inglés), para escenificar en Irak un atentado de falsa bandera que le permita crear un casus belli con Irán, de modo de justificar su permanencia en el mando. Sin embargo, numerosas veces ha cambiado el gobierno de EE.UU. en épocas de guerra o iniciándolas y nunca se ha alterado el proceso sucesorio. Donald Trump se saca de encima a una conducción militar adversa para aliviar presiones durante una transición problemática.

Quienes sí pueden estar interesados en comenzar ahora una guerra en el exterior (y, consecuentemente, limitar las libertades en lo interno) son los demócratas. Parecería confirmarse que Joe Biden ha derrotado a Donald Trump, pero ha sido incapaz de arrastrar votos para otras candidaturas. Los demócratas solo sumaron un senador más, llegando a 48 y, dependiendo del repechaje en Georgia, quizás alcancen los 49. En este caso, con el voto de la vicepresidenta Harris tendrían la mayoría del pleno. En la Cámara de Representantes los demócratas perdieron seis bancas y los republicanos ganaron ocho. Mantienen allí la mayoría, pero debilitados. Los republicanos tienen seis jueces en la Corte Suprema contra sólo tres de los demócratas.

Por el contrario, aun perdiendo, Trump ha ganado. No sólo ha cosechado 71 millones de votos (la mejor votación de la historia para un candidato republicano), sino que ha impulsado las candidaturas republicanas al Senado y la Cámara, así como a numerosos legisladores estaduales.

Como en EE.UU. a la cámara alta cabe la confirmación de los miembros del gabinete, Biden deberá negociar la integración de su gobierno con Mitch MacConnell, pero, si le concede demasiado, será atacado por la fortalecida izquierda demócrata. Un eventual gobierno demócrata asumiría en condiciones de “equilibrio catastrófico”: los poderes del Estado pueden trabarse y anularse mutuamente, paralizando el país. En estas circunstancias, iniciar una guerra exterior permitiría a Biden obtener apoyo parlamentario y popular.

La elección agudizó la polarización social y regional del país. Como revela un estudio que acaba de publicar la Brookings Institution, Joe Biden solo venció en 477 de los 3.141 condados (gobiernos subestaduales) de EE.UU., pero esos condados aportan el 70 por ciento del PBN. En tanto, los 2.497 condados que votaron por Trump solo contribuyen con el 29 por ciento del PBN. El cuasi-presidente demócrata sostiene que viene a superar la grieta (sic), pero la polarización del electorado, el oscuro trascurso del escrutinio y el empate entre los poderes del Estado sugieren una profundización de las divisiones ideológicas, culturales, regionales y sociales. En estas condiciones, considerando la fragilidad de Biden, la resistencia de Trump a abandonar el gobierno y el rechazo de los poderes fácticos que lo rodean a toda reforma que disminuya sus privilegios, el riesgo de que el “Estado profundo” intente huir hacia adelante obliga al mundo entero a prestar suma atención a toda amenaza contra la paz, sea donde sea.

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