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Cuando el prestigio del deporte legitima al poder

Hay fotos que parecen inocentes hasta que alguien hace la pregunta correcta.

Esta semana ocurrió con la imagen del presidente estadounidense Donald Trump recibiendo al Inter Miami tras su consagración en la Major League Soccer. Entre los jugadores estaba Lionel Messi, el futbolista más influyente del planeta y, para millones de argentinos, una figura que excede largamente lo deportivo.

La escena parecía protocolar: un campeón que es felicitado, un saludo institucional, sonrisas para la cámara. Sin embargo, en pocas horas las redes sociales empezaron a hacer lo que mejor saben hacer: incomodar.

La pregunta que circuló fue directa. ¿Por qué un ídolo global, con la espalda simbólica que tiene Messi, acepta participar sin más en una escena política junto a un dirigente tan controversial como Trump?

No se trata de pedirle militancia ni declaraciones ideológicas a cada deportista. Pero tampoco estamos hablando de un pibe que recién llega a primera. Messi está cerca de los cuarenta años, lleva dos décadas en la cima del fútbol mundial y conoce perfectamente el peso que tiene cada imagen que protagoniza.

Las redes, con su mezcla de impulsividad y olfato político, detectaron algo más profundo que una simple ceremonia deportiva. Detectaron el viejo mecanismo por el cual el poder político busca arrimarse al prestigio de las figuras populares.

El razonamiento es simple: cuando el poder aparece al lado de un ídolo querido, algo de ese cariño se contagia a la escena.

No hace falta que haya una estrategia sofisticada. A veces alcanza con una foto.

La filósofa Hannah Arendt escribió sobre la “banalidad del mal” para explicar cómo ciertas conductas profundamente graves podían instalarse en la vida social envueltas en la rutina de lo cotidiano. El problema, decía, no siempre era la maldad consciente sino algo más inquietante: la facilidad con la que las personas se acostumbran a actuar sin preguntarse demasiado por el sentido de lo que hacen.

https://www.instagram.com/p/DVlxi6KDlAV/
https://www.instagram.com/p/DVlxi6KDlAV

 

En Argentina tenemos además otra expresión que resuena inevitablemente en estas discusiones: la obediencia debida. Esa idea según la cual alguien puede excusarse diciendo que simplemente cumplía con lo que correspondía dentro de una estructura.

Salvando todas las distancias históricas —que son enormes— la incomodidad que apareció en redes parece apuntar en esa dirección. ¿Hasta qué punto una figura pública puede refugiarse en el argumento de que sólo estaba participando de un acto deportivo?

Porque el problema no es la ceremonia en sí. El problema es el efecto de normalidad que producen esas escenas. El poder político aparece rodeado de ídolos populares, de camisetas, de festejos, y de repente todo parece un poco más liviano.

La política, que debería ser discusión y conflicto, se convierte en espectáculo.

Las democracias modernas suelen imaginar tres mundos separados: la política, el entretenimiento y el deporte. Pero en la práctica esos mundos viven mezclándose todo el tiempo.

Cuando eso ocurre, los ídolos deportivos —muchas veces sin proponérselo— terminan funcionando como un amortiguador simbólico del poder. Su prestigio vuelve más amable la escena. La vuelve cotidiana. La vuelve banal.

Y ahí aparece el verdadero punto incómodo de esta discusión.

Porque las sociedades no sólo tienen la capacidad de banalizar el mal.

También pueden terminar banalizando el poder.

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