Comer gatos: ¿una tendencia saludable que llega para quedarse o una clara muestra del nivel de pobreza?

En la tarde del sábado nueve de enero, con una temperatura insoportable que sólo invitaba a estar debajo de un ventilador con un mínimo de ropa (no hace falta mencionar lo irreal del uso del aire acondicionado), un transeúnte de tantos notó cómo en la calle Martín de Gáinza y el cruce de la vía del FFCC Sarmiento, ahí nomás del predio perteneciente al club Ferrocarril Oeste, pleno centro del paquetísimo barrio de Caballito, un grupo de personas en situación de calle se disponía a quitarle el cuero a un animal para cocinarlo a la leña en el mismo sitio. Hasta ahí podría llamar la atención que lo hicieran en plena calle, pero de inmediato el testigo reparó en que el animal en cuestión era nada menos que un gato, Sí, tal como se lee: UN GATO A LA PARRILLA.
Por Ignacio Campos
Lejos de sorprendernos, debiéramos analizar y concluir que este hecho no es otra cosa más que la imagen acabada de la situación de mucha gente que, a partir de diciembre de 2015, comenzó a quedar fuera del sistema como les gusta denominar a los analistas y que dicho de manera directa es: la gran parte del pueblo ya ha sido sumido a niveles de pobreza que sólo creíamos poder apreciar en lugares muy recónditos de nuestra geografía.
Este tipo de circunstancia sería presentada por Clarín o La Nación como una tendencia que crece entre la gente que desea adelgazar debido a lo magro de la carne del felino, sumado al hecho de cocinar en la calles al solo efecto de juntarse y estimular las relaciones entre vecinos. Podría decirse además que, según estos cronistas abanderados del cinismo y el odio, es “cool” comer bajo las estrellas una noche de verano.

Este tipo de circunstancia sería presentada por Clarín o La Nación como una tendencia que crece entre la gente que desea adelgazar debido a lo magro de la carne del felino
La realidad es que cada día son más los argentinos desplazados de sus hogares debido al cierre de las fuentes de trabajo en un circuito que parece calcado en todos los casos: pérdida de empleo, imposibilidad de pagar el alquiler de una casa o departamento, necesidad de mudarse a un hotelito o pensión para, luego, ser expulsados a las calles por no poder enfrentar el costo de dicho alojamiento. Familias enteras se encuentran actualmente en esta situación obligados a dormir en la calle, revolver containers de basura para, finalmente, perder todo signo de dignidad y terminar, como en este caso, comiendo gatos en el mismo lugar en donde duermen junto a su hijos en la mayoría de los casos.
Nadie elige vivir en la calle y comer basura ni gatos. Nada de esto ocurre por imperio de una tendencia voluntaria sino debido a la implementación de las más salvajes políticas económicas, de los más salvajes ajustes en todos los estamentos sociales, ajustes que sólo tienen un puñado de beneficiarios: los sectores de la especulación financiera, los dueños de empresas de energía y el Fondo Monetario Internacional que hoy gobierna desde un despacho en el Banco Central de nuestro país.
Nadie elige vivir en la calle y comer basura ni gatos

Mauricio Macri comenzó su campaña para la reelección con una estrategia de victimización: “subestimé el problema de la inflación” dice muy suelto de cuerpo, pero nada menciona sobre la aplicación de todas las medidas económicas antipopulares impulsadas desde el primer día de su gestión.
Una vez más recurre a la mentira como estrategia de campaña, aunque es de suponer que, esta vez, quienes se ven en la situación de comer felinos no han de creerle y quienes, finalmente, no logran ver este entorno de miseria que asuela a miles de compatriotas al menos voten en defensa de sus propias mascotas, puesto que al paso que transitamos, con el aumento de los índices de pobreza, podríamos, incluso, llegar a quedarnos sin gatitos.





