BALANCE DE UN GOBIERNO QUE AJUSTA Y UN PUEBLO QUE RESISTE
"Estamos ante un proyecto de país subordinado..."

Un año de ajuste, deuda, disciplinamiento social y captura del Estado llega a su fin. En la mesa de los viernes, militantes del presente y figuras históricas del movimiento nacional hacen balance: trabajo precarizado, industria desmantelada, educación atacada, federalismo condicionado. Pero también algo más: señales de recomposición política, límites al poder y una pregunta que empieza a ordenar el futuro. Cómo pasar de resistir a disputar.
No fue una reunión para resistir el impacto de un año que se va, sino para ordenar el contraataque de un año que llega. Esa fue la diferencia con otras noches. Pensar juntos ya no era un refugio defensivo: se había vuelto una tarea política ofensiva, una forma de empezar a disputar sentido, poder y futuro.
La mesa estaba completa. La mesa de los viernes estaba a pleno. Nadie llegó liviano. El año había sido largo y brutal. Y como ocurre cuando el presente se vuelve insoportable, el pasado volvió a sentarse sin pedir permiso. Perón, Cooke, Ferla y Cafiero ocuparon sus lugares con naturalidad. No venían a conmemorar: venían a discutir.

—Este no fue un año de errores —abrió el anfitrión—. Fue un año de decisiones conscientes.
Perón asintió apenas, sin dramatismo. —Cuando el ajuste es sistemático y la entrega es coherente, no estamos ante un desvío. Estamos ante un proyecto de país subordinado.
Cooke fue más directo: —Y como todo proyecto de dominación, necesita fragmentar: trabajadores precarizados, industria rota, provincias dependientes, universidades disciplinadas.
TRABAJO: MENOS EMPLEO, MENOS DERECHOS
Fermín tomó la palabra, con los números todavía frescos en la cabeza. —Nos venden la baja del desempleo como un éxito, pero lo que crece no es el trabajo: es la precariedad. Se pierden puestos formales, con convenio y derechos, y se los reemplaza (en el mejor de los casos) por changas, contratos basura o monotributo forzado. Trabajo sin salario digno, sin estabilidad y sin horizonte.
Tony lo interrumpió, sin rodeos. —Eso no es empleo. Es miedo organizado. Gente que acepta cualquier condición porque sabe que afuera no hay nada mejor. El cierre de empresas no solo deja desocupados: deja disciplinados.
Perón fue tajante, como si esa escena le resultara demasiado conocida. —El trabajo sin derechos no integra: somete. Y cuando se destruye el empleo formal, no se está ajustando una variable económica, se está desarmando la columna vertebral de la comunidad organizada.
Cooke profundizó el diagnóstico. —El cierre de fábricas y pymes no es un daño colateral: es parte del método. Cada empresa que baja la persiana debilita a los sindicatos, fragmenta al colectivo laboral y empuja a miles de trabajadores del salario protegido a la intemperie del mercado. No buscan pleno empleo: buscan plena obediencia.
Nestor asintió. —Cuando una pyme cierra, no hay reconversión mágica. Hay familias que pasan de un recibo de sueldo a la incertidumbre total. Y eso después se contabiliza como “empleo” en las estadísticas, pero es supervivencia, no trabajo.
Perón cerró el punto con una advertencia política. — Un país que destruye su empleo formal destruye su capacidad de resistir. Porque el trabajador aislado negocia solo; el trabajador organizado disputa poder. Y eso es exactamente lo que este modelo quiere evitar.
INDUSTRIA: DESGUACE Y CIERRES

Gerardo, industrial pyme, habló con bronca contenida, más cansancio que enojo.
—Importaciones abiertas sin regulación, costos dolarizados, tarifas impagables y consumo en caída libre. No es falta de competitividad: es liquidación planificada. Las grandes empresas pueden importar lo que antes fabricaban acá, trasladar plantas, financiar stock afuera. ¿Pero las pequeñas? Las pymes no importan: cierran.
Néstor intervino, breve pero firme, con la autoridad de quien ya vio ese ciclo. —Cada fábrica que cierra no es una estadística: es una comunidad que se desarma. Son obreros calificados expulsados, proveedores que desaparecen, pueblos que se vacían. Cuando el Estado abandona la industria nacional, no solo pierde producción: pierde entramado social, arraigo y soberanía.
Ferla tomó el hilo y lo llevó al plano político. —Ahí está la trampa del modelo. Se construye una falsa idea de eficiencia donde solo sobreviven los grandes jugadores globales. La desindustrialización no es neutra: concentra poder. Un país sin pymes industriales es un país sin tejido productivo propio y sin actores capaces de disputar decisiones estratégicas.
Perón asintió, con tono grave. —Las grandes empresas siempre encuentran cómo adaptarse. El problema no es si ganan o pierden: es que dejan de ser nacionales. Y un país que reemplaza producción por importación se vuelve dependiente, aunque los balances de unos pocos cierren.
Cooke fue más filoso. —Por eso este no es un ajuste parejo. Es selectivo. Se salva al capital concentrado y se sacrifica a la industria chica y mediana, que es la que organiza trabajo, territorio y conciencia. Cerrar pymes no es daño colateral: es condición política del modelo.
Desde la mesa, Miguel sumó una conclusión incómoda. —Después hablan de modernización. Pero lo que queda es un país más chico, con menos actores productivos y más subordinado. Sin pymes no hay desarrollo federal; hay enclaves y desierto alrededor.
El silencio que siguió no fue técnico. Fue político.
EDUCACIÓN: AJUSTE AL FUTURO
Melisa fue directa, sin rodeos. —No es solo recorte presupuestario. Es una ofensiva cultural. Universidades atacadas, ciencia desfinanciada, docentes precarizados y una pedagogía que reemplaza el pensamiento crítico por gestión emocional. No quieren ciudadanos formados: quieren sujetos adaptables.
Cafiero tomó la posta, con tono grave. —Ajustar educación es gobernar contra el mañana. Ningún país se desarrolla debilitando su sistema científico-tecnológico. Cuando se recorta ahí, se está diciendo qué tipo de nación se imagina: una sin proyecto propio, dependiente del conocimiento ajeno.
Oscar sumó una lectura política del Presupuesto. —Por eso el Presupuesto se volvió un problema de control de daños. No ordena el futuro, administra el desgaste. Cuando la discusión presupuestaria deja de ser planificación y pasa a ser defensa, es porque el gobierno perdió legitimidad social para decidir sobre el porvenir.
Perón asintió, con una sentencia conocida pero vigente. —La educación no es gasto: es inversión estratégica. El que ajusta ahí no ahorra, hipoteca. Y un país que hipoteca a sus jóvenes se condena a repetir la dependencia.
Cooke fue más punzante. —Además, el ataque a la universidad pública no es ingenuo. Es uno de los pocos espacios donde todavía se produce pensamiento crítico, organización y memoria. Por eso buscan disciplinarla: no soportan ámbitos que no controlan.
Ferla amplió el marco. —Se desfinancia la ciencia mientras se importa tecnología; se vacía la universidad mientras se celebra la fuga de cerebros. Es coherente: el modelo necesita consumidores pasivos, no productores de conocimiento. El ajuste educativo es una política de subordinación.
Desde la mesa, Nora aportó una síntesis incómoda. —Después se sorprenden cuando los jóvenes se van o cuando el futuro se achica. No es apatía generacional: es expulsión estructural.
El intercambio dejó una certeza compartida: atacar la educación no es una medida fiscal, es una definición de poder. Y como toda definición de poder, genera resistencia.
FEDERALISMO: PROVINCIAS CONDICIONADAS
Gerardo abrió el tramo con una lectura concreta. —Nos hablan de federalismo mientras se cortan transferencias, se paraliza la obra pública y se descargan responsabilidades sin recursos. Eso no es autonomía: es desentenderse y dejar que cada provincia se arregle como pueda.
—Es un federalismo de cartón —intervino Tony—. Las provincias sostienen salud, educación y seguridad, pero la caja se decide lejos de sus territorios y cada vez más cerca de los mercados.
El anfitrión fue directo al núcleo del problema. —El ajuste siempre es unitario, aunque se lo disfrace de orden macroeconómico. Cuando el Estado nacional se retira, no aparece la libertad: aparece el poder concentrado. Y ese poder no vive en las provincias.
Ferla tomó la posta y le dio marco político. —Esto no es solo una discusión fiscal. Es una reconfiguración del poder territorial. Provincias financieramente asfixiadas son provincias políticamente dóciles. El ahogo presupuestario funciona como mecanismo de disciplinamiento federal.
—Y ahí entra el trueque —sumó Cooke, sin rodeos—. Presupuesto a cambio de ATN, votos por oxígeno financiero. No es traición individual: es extorsión estructural. Pero hay que decirlo: aceptar ese juego también tiene consecuencias políticas.
Tony agregó desde el territorio. —Los gobernadores peronistas que levantaron la mano no lo hicieron por convicción ideológica, sino para pagar sueldos y sostener servicios básicos. El problema es que ese realismo, repetido, termina legitimando el ajuste.
Perón puso el acento en la responsabilidad histórica. —La necesidad explica, pero no absuelve. El movimiento nacional no puede administrar migajas a cambio de silencio. Gobernar también es resistir cuando lo que está en juego es el destino colectivo.
Melisa sumó una advertencia estratégica. —Ese esquema fragmenta cualquier proyecto común. Cada provincia negociando sola debilita la posibilidad de una respuesta federal organizada. Y sin coordinación política, el ajuste avanza provincia por provincia.
Ferla cerró el bloque con una síntesis incómoda pero necesaria. —El problema no es solo quién votó, sino bajo qué condiciones se vota. Un federalismo basado en ATN discrecionales no es federalismo: es centralismo financiero con intermediarios locales.
La mesa coincidió en algo que quedó flotando: sin reconstrucción de una estrategia federal común, la entrega se gestiona en cuotas y la resistencia se vuelve episódica.
Y lo que está en disputa ya no es solo el Presupuesto, sino la capacidad del campo popular de volver a pensarse como proyecto nacional.
BALANCE POLÍTICO DEL AÑO: UN PODER QUE AVANZA Y UN CAMPO POPULAR QUE EMPIEZA A RECOMPONERSE
El balance del año no admitía eufemismos. No había sido un ciclo más: fue un punto de inflexión. Un gobierno que llegó prometiendo dinamitar el Estado avanzó, efectivamente, sobre derechos, instituciones y consensos históricos, pero también dejó al descubierto sus límites políticos, sociales y territoriales.
—Este fue el año del shock —arrancó Horacio—. Ajuste brutal, velocidad, provocación permanente. Pero también fue el año en que el poder mostró que necesita disciplinar porque no logra convencer.
Fermín coincidió, pero fue más allá. —No estamos frente a un proyecto desordenado. Hubo método: desguace estatal, transferencia regresiva de ingresos, captura del Estado por intereses concentrados. La novedad es que todo eso se hizo sin mediaciones y con desprecio por el tejido social.
—Y con humillación como política pública —agregó Nora—. Jubilados, trabajadores, estudiantes, científicos. No es solo ajuste: es producir vergüenza para evitar la organización.
Perón, presente como memoria activa, puso el eje en la legitimidad. —Los gobiernos pueden ganar elecciones. Pero cuando gobiernan contra el pueblo, erosionan la base misma de su autoridad. El problema no es solo económico: es político y moral.
Cooke leyó el año en clave de confrontación histórica. —Este no fue un gobierno de transición ni de administración. Fue un intento de reorganización profunda del poder en favor de una minoría. Por eso la violencia simbólica, el ataque a la educación, el desprecio por el trabajo organizado. Necesitan destruir sujetos colectivos para que no haya resistencia estructurada.
—Sin embargo —intervino Miguel—, no pudieron hacerlo todo. Cada avance encontró un límite: en la calle, en el Congreso, en las provincias, en la vida cotidiana. El ajuste pasó, pero no pasó gratis.
Tony lo dijo sin vueltas. —El gobierno ganó tiempo, no consenso. Y gobernar solo con tiempo prestado es inestable.
Fernando retomó una idea que ya había atravesado la mesa. —Lo más importante del año no fue solo lo que hizo el gobierno, sino lo que empezó a pasar del otro lado. Al principio, el campo popular estaba desorientado, defensivo, fragmentado. Hoy empieza a haber diagnósticos compartidos.
—Eso no es menor —sumó Melisa—. Pasamos de resistencias aisladas a discusiones estratégicas: trabajo, industria, educación, federalismo. Todavía falta, pero ya no estamos en cero.
Ferla hizo una advertencia clave. —El balance no puede ser autocomplaciente. El peronismo, el sindicalismo, los movimientos sociales y el progresismo llegaron a este año debilitados, con errores propios, con una desconexión real con sectores populares que también hay que asumir.
—Pero —intervino Cafiero— asumir errores no implica renunciar a la disputa. Este año también mostró que sin Estado no hay futuro, y que esa verdad empieza a ser comprendida incluso por quienes votaron al oficialismo.
Miguel cerró el balance con una síntesis que dejó a la mesa en silencio unos segundos.
—El gobierno quiso cerrar el año con un relato de éxito macroeconómico. Lo que cerró fue otra cosa: un país más desigual, más endeudado socialmente y más consciente de lo que está en juego. Eso no garantiza victoria popular, pero sí abre una nueva etapa.
La conclusión fue compartida, aunque nadie la formuló como consigna. El 2025 no fue solo el año del ajuste y la entrega planificada. Fue también el año en que empezó a reconstruirse, lentamente, la idea de que resistir ya no alcanza y que la tarea que viene exige organización, proyecto y ofensiva política.
La mesa no celebró. Tampoco se resignó. Porque, como quedó claro entre platos vacíos y copas servidas, cuando el poder acelera para desarmarlo todo, pensar juntos deja de ser defensivo y se convierte en el primer acto de una contraofensiva colectiva.
PROYECCIÓN 2026: ESCENARIOS Y TAREAS
El 2026 apareció en la conversación como un territorio abierto, pero no neutro. No será un año que “ocurra”: será un año que se dispute. Todos coincidieron en algo elemental: lo que venga no dependerá solo del gobierno, sino de la capacidad del campo popular para intervenir, organizar y proponer.
—El oficialismo va a intentar llegar al 2026 mostrando orden macro y disciplina social —planteó Fermín—. Dólar contenido a cualquier costo, ajuste permanente, y un relato de sacrificio inevitable. El problema es que ese modelo no genera desarrollo ni bienestar: genera fatiga.
Ferla ordenó los escenarios posibles. —Hay al menos tres. Dos dependen de lo que haga el gobierno: uno, profundizar el ajuste aun con mayor conflictividad social; otro, sostenerlo mediante pactos parciales, comprando gobernabilidad con recursos y concesiones. El tercero ya no es oficialista: es la posibilidad de un límite político más fuerte, por parte de la oposición, con bloqueo legislativo y calle activa.
—El primero es el más probable si no hay reacción organizada —advirtió Tony—. El gobierno sabe ajustar, pero no sabe construir. Y cuando no hay construcción, aparece la coerción.
Perón reapareció para marcar un principio rector. —Cuando un gobierno gobierna contra el pueblo, el problema no es solo resistir: es construir alternativa. Nadie vota solo contra algo indefinidamente. El gobierno hoy tiene la iniciativa, pero no tiene el monopolio del futuro. De eso se trata la disputa.
Cooke fue más crudo. —El 2026 puede ser el año donde el poder intente cerrar definitivamente la experiencia de derechos sociales en la Argentina. Por eso no alcanza con frenar leyes: hay que disputar sentido, organización y dirección política.
Ahí apareció con fuerza la palabra tareas. No como consignas abstractas, sino como responsabilidades concretas.
—Primera tarea —señaló Miguel—: recomponer el vínculo entre política y trabajo. Sindicatos, movimientos sociales y fuerzas políticas no pueden seguir hablando lenguajes separados mientras el mercado precariza todo.
—Segunda —sumó Melisa—: defender la educación y la ciencia no solo como sectores, sino como proyecto de país. Si el ajuste al futuro se consolida, no hay salida posible después.
Nestor volvió sobre la industria. —El 2026 va a mostrar el verdadero saldo del modelo importador. Las grandes empresas sobreviven importando lo que antes producían acá. Las pymes no. Ahí hay una base material enorme para la organización territorial y productiva.
—Tercera tarea —ordenó Ferla—: reconstruir federalismo real. El uso de ATN para disciplinar gobernadores mostró que sin autonomía política las provincias se vuelven delegaciones administrativas del ajuste.
Nora puso el foco en la subjetividad. —El gobierno apuesta al cansancio. A que la gente se acostumbre a vivir peor. La tarea es exactamente la contraria: politizar la experiencia cotidiana, mostrar que el sufrimiento no es individual ni inevitable.
Fernando trajo el plano electoral sin reducirlo a calendario. —El 2026 no es solo antesala electoral. Es el año donde se decide si hay condiciones para una alternativa nacional. Sin programa, sin síntesis y sin conducción colectiva, no hay boleta que alcance.
Cafiero cerró la idea con una advertencia estratégica. —Unidad no es amontonamiento. Es acuerdo sobre prioridades: trabajo con derechos, industria nacional, educación pública, Estado activo y soberanía política. Todo lo demás es táctica.
Hizo una pausa y profundizó: —Eso exige algo más difícil que firmar documentos: exige que la dirigencia, en todos sus niveles —nacional, provincial y territorial— salga de su zona de confort. Que abandone los egos, el personalismo, el cálculo corto y el sectarismo partidario. No se puede construir una alternativa mientras cada espacio cuide su quintita o mida fuerzas internas como si el problema fuera quién encabeza y no hacia dónde se va. —La unidad real se prueba en la práctica —continuó—: en trabajar mancomunadamente, en articular proyectos nacionales, provinciales y municipales que se reconozcan como parte de una misma estrategia. No alcanza con resistir juntos; hay que proyectar juntos. Sin esa madurez política, el ajuste avanza porque encuentra una oposición fragmentada. Con ella, en cambio, el futuro vuelve a ser una posibilidad colectiva y no una administración del daño.
La mesa coincidió en algo que ya no necesitaba ser dicho en voz alta: el 2026 no va a regalar oportunidades. Va a exigir decisión.
No será un año de espera. Será un año de disputa abierta entre un poder que acelera la entrega y un campo popular que, si logra organizarse, puede transformar la resistencia en ofensiva y la bronca en proyecto.
Quedaron, claro, muchos temas fuera de la conversación. No porque carezcan de importancia, sino porque el daño es extenso y el tiempo siempre corre detrás de la realidad. La deuda social acumulada, la crisis ambiental, la violencia institucional, la desigualdad de género, la salud pública tensionada, la cultura como territorio de disputa, las nuevas tecnologías la IA, los nuevos modos de organización popular: todo eso también late, exige palabra y acción.
Pero incluso lo no dicho gravita. Porque cuando el ajuste es estructural y la entrega es planificada, cada problema aislado forma parte de un mismo cuadro. Y entender ese cuadro —nombrarlo, discutirlo, organizarlo — es el primer acto político de cualquier proyecto transformador.
Porque si algo dejó claro este año que termina es que el futuro no se hereda:
se construye, o se pierde.
«La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse.»
José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro Arturo Sampay y de Primero Vicente López.





