DEVENIR HISTÓRICO DEL 1º DE MAYO EN ARGENTINA HASTA NUESTROS DÍAS.

Por Oscar Cuartango (*)
El 1º de mayo, Día Internacional de los Trabajadores —también conocido popularmente como Día del Trabajador—, se conmemora en homenaje a las luchas y a los mártires que dieron su vida por la conquista de la jornada laboral de 8 horas. Su origen se remonta a la huelga que comenzó el 1º de mayo de 1886 en Chicago, cuyos principales dirigentes fueron ejecutados en 1887. Paradójicamente, Estados Unidos es uno de los pocos países del mundo —junto con Canadá— que no conmemora esta fecha.
Haré una breve síntesis histórica del Primero de Mayo en nuestro país, procurando no caer en detalles remanidos, para luego analizar la actualidad y esbozar su proyección futura.
Un hito fundamental en ese recorrido fue el informe sobre El estado de la clase obrera argentina, encargado por Joaquín V. González —ministro del Interior de Julio Argentino Roca en su segundo mandato presidencial— a Juan Bialet Massé en 1904. El decreto fue dictado en enero y el informe se presentó a fines de abril del mismo año. Constituye el primer antecedente de una visión humanista del trabajo en nuestro país, al reseñar con rigor las difíciles e inhumanas condiciones en que los trabajadores desarrollaban sus tareas en aquel entonces.
Ese trabajo dio origen al Proyecto de Ley Nacional del Trabajo, conocido como Proyecto Joaquín V. González, que fue rechazado tanto por izquierda como por derecha.
Por izquierda, porque en el congreso de la FORA había prevalecido el anarquismo sobre el socialismo, y sus adherentes rechazaban cualquier conquista que no fuera el resultado directo de la lucha de los trabajadores. Por derecha, porque el establishment consideraba que de esa manera se institucionalizaría la actividad sindical.
Lo único que fue aprobado fue la creación de la Dirección Nacional del Trabajo, con enunciados fines estadísticos y de relevamiento. Sin embargo, ese organismo fue utilizado posteriormente para aplicar la denominada Ley de Residencia, que permitía la expulsión del país de los trabajadores inmigrantes que realizaran actividades de agitación social —léase: sindicales—. En 1943, esa repartición daría origen a la Secretaría de Trabajo y Previsión.
Así se llegó al Primer Centenario de la Revolución de Mayo en medio de pomposos festejos con ilustres visitantes extranjeros, pero con los trabajadores ausentes: como consecuencia de los reclamos sindicales por la jornada de 8 horas, la conmemoración se celebró bajo estado de sitio.
Fue Hipólito Yrigoyen, primer presidente elegido auténticamente por el voto popular, quien finalmente consagró por ley la jornada laboral de 8 horas.
Hubo también varios proyectos legislativos de Alfredo Palacios, primer diputado socialista de América, electo en 1904 cuando aún no contaba con la edad requerida por la Constitución. La cuestión se resolvió advirtiendo que sí la tenía al momento de asumir. Palacios fue autor de numerosas iniciativas en favor de los trabajadores, aunque casi ninguna de ellas logró aprobación legislativa.
Tras el Primer Centenario, se sucedieron luchas memorables que fueron sangrientamente reprimidas. Las más significativas: la Semana Trágica —documentada por Julio Godio—, la Patagonia Rebelde —rescatada por Osvaldo Bayer— y las de los trabajadores hacheros y tanineros del Chaco santafesino.

En ese período se sancionó también la Ley 11.729, que estableció la indemnización por despido, aunque únicamente para los empleados de comercio.
La revolución del 4 de junio de 1943 pasó sucesivamente por las manos de Rawson, Ramírez y Farrell, hasta que Perón encontró su lugar estratégico: la Secretaría de Trabajo y Previsión. Desde allí marcó un antes y un después en la historia del movimiento obrero argentino, y el Primero de Mayo en nuestro país dejó de ser una conmemoración para convertirse en un festejo.
Andrés Framini, destacado dirigente sindical textil citado por Manuel Urriza, lo expresó con claridad: “Yo era un obrero que trabajaba jornadas de 12 o más horas, me pagaban lo que querían y me echaban en cualquier momento, y pensaba que eso era natural e inherente a mi condición de obrero. Pero vino Perón y me dijo que eso había sido porque era un obrero explotado, y que en adelante era un obrero con derechos. Lo mismo que a mí, a la mayoría de los trabajadores Perón les abrió la cabeza, y ya nada volvería a ser igual.”
En el Segundo Centenario de la Revolución de Mayo, el Primero de Mayo se celebró en el Paseo del Trabajo de Avellaneda, con la presencia del ministro Carlos Tomada, quien me acompañó en mi rol de ministro de Trabajo de la Provincia de Buenos Aires, junto a los trabajadores de la UOM, entre otros.
Hoy, además del innegable e intenso impacto de las nuevas tecnologías —la informática, la robótica y la inteligencia artificial— en el mundo del trabajo, en nuestro país asistimos a un proceso impulsado desde el Gobierno Nacional que, invocando la modernización laboral, nos está conduciendo a las condiciones de principios del siglo XX o fines del XIX.
Perón solía decir que cuando asumió en el gobierno nacional en 1943, Argentina importaba hasta los alfileres que usaban las costureras, y que cuando lo derrocaron en 1955, el país fabricaba aviones, locomotoras y barcos. Hoy marchamos en
sentido contrario: hacia una desindustrialización que nos devuelve a la primera mitad del siglo pasado.
Pero Perón también nos dejó otra enseñanza: cuando se pierde una elección, no hay que echarle la culpa al adversario, porque para eso está el adversario. Debemos preguntarnos qué hicimos mal, qué no hicimos, o qué dejamos de hacer para que nos ganara.
Tras la muerte de Néstor nos fuimos alejando, progresiva y paulatinamente, del legado de Perón: abandonamos los superávits gemelos, descuidamos el desarrollo, el crecimiento, la producción y el empleo, y pusimos el énfasis en los derechos de tercera generación. Sumamente respetables, por cierto, pero que para sustentarlos es imprescindible producir riqueza. Nos alejamos de Perón y nos acercamos al populismo.
Hoy atravesamos una severa crisis de intolerancia política: la sociedad está fracturada entre oficialistas y opositores, sin puntos intermedios. Todo es blanco o negro. Los grises —que es donde habitualmente aparece la mejor salida posible— han desaparecido del debate público.
Las redes sociales premian la indignación y el conflicto; el contenido moderado no viraliza. Los medios están polarizados y dependen financieramente de audiencias cautivas ideológicamente. Y la identidad política en Argentina es casi tribal: se es peronista o libertario antiperonista desde el núcleo de la identidad personal, no desde la razón.
Aristóteles llamaba a esto la pérdida del justo medio: la virtud no como punto tibio entre dos extremos, sino como la posición más exigente, la que requiere discernimiento en lugar de simplemente elegir un bando. En política económica, el dogmatismo de cualquier signo produce peores resultados que el pragmatismo inteligente. China no es liberal ni es la URSS. Los países nórdicos combinan mercado abierto con Estado fuerte.
Las políticas de desarrollo industrial, tecnológico e infraestructural necesitan horizontes de veinte o treinta años. Con cambios radicales cada cuatro años se destruye lo que se construyó. Argentina carece de mecanismos institucionales que garanticen continuidad en lo esencial, al mismo tiempo que la democracia renueva naturalmente lo accesorio.
Otros países lo resolvieron. España alcanzó los Pactos de la Moncloa en 1977, acuerdos transversales en un momento de crisis profunda que hicieron posible la transición y la estabilización. Irlanda sostuvo sucesivos pactos sociales desde los años ochenta que transformaron una economía pobre en una de las más dinámicas de Europa. Los países nórdicos cuentan con mecanismos institucionalizados de
concertación que generan precisamente esa continuidad que Argentina no ha logrado construir.
Un gran Consejo Económico Social permanente, aunque deseable en teoría, enfrenta obstáculos formidables: quién define la representación, cómo se evita que los sectores más poderosos capturen el proceso, cómo se resuelve la tensión con la legitimidad democrática del Poder Ejecutivo electo. Y sobre todo: el acuerdo para crearlo requiere exactamente el tipo de consenso que ese organismo pretende generar. Es un problema circular.
Hay un camino más realista y más próximo a lo posible. No una gran institución permanente, sino comisiones específicas convocadas para problemas concretos, con mandatos definidos, participantes con experiencia real de gestión y plazos acotados.
El transporte es un ejemplo ideal para comenzar. Es un tema concreto y visible: todo el mundo comprende que el Paraná podría mover diez veces más carga fluvial, que el ferrocarril de cargas está destruido, que el costo logístico argentino es brutalmente más alto que el de Brasil o Estados Unidos. No requiere ideología para diagnosticarlo. Tiene consenso técnico amplio entre ingenieros, economistas de distintas corrientes, empresarios del agro y sindicalistas. Y tiene impacto directo sobre la competitividad de toda la economía.
Coincido con Albert Einstein: toda crisis entraña una oportunidad, pero no podemos esperar resultados diferentes si seguimos haciendo lo mismo.
Argentina tiene fortalezas reales para posicionarse bien: capital humano calificado, el litio como recurso estratégico para la transición energética, Vaca Muerta, una sólida capacidad agroindustrial y un ecosistema tecnológico exportador en crecimiento. Pero aprovechar esas ventajas exige políticas de Estado que no cambien con cada gobierno, inversión sostenida en ciencia y educación, e infraestructura que haga posible el desarrollo industrial.
La tecnología puede ponerse al servicio de la sociedad en su conjunto o puede ser extractiva y concentradora de riqueza. Esa no es una decisión del mercado: es una decisión política. Y tomarla bien requiere el tipo de consenso transversal que Argentina todavía no ha logrado construir.
El cambio cultural que Argentina necesita —pasar del debate ideológico al problema concreto, de lo ideal a lo posible— probablemente no vendrá de los partidos políticos ni de las universidades. Vendrá de una generación que haya sufrido suficientemente las consecuencias del dogmatismo de todos los signos, y que decida hacer las cosas de otra manera sin pedir permiso a las estructuras existentes.
Lo ideal suele ser enemigo de lo posible. Y lo posible, hoy, es esto: identificar cinco o seis personas con credibilidad transversal y sin agenda de poder visible, que convoquen una primera comisión sobre un tema concreto. Demostrar que funciona. Construir desde ahí.
Afortunadamente, contamos con riquezas inmensas y tierras fértiles, y no padecemos el flagelo de la sobrepoblación sino el de una mala distribución demográfica. Aún perdura lo que Ortega y Gasset señaló desde el palacio municipal de La Plata: Argentina es un gran país donde aún está todo por hacer. ¡Argentinos, a las cosas!
Hay que volver a Perón, adecuando su doctrina a los tiempos actuales: recuperar la atención a la infraestructura productiva, al superávit fiscal y de la balanza comercial exterior, a la estabilidad, al crecimiento y al trabajo.
(*) Ministro de Trabajo de la Provincia de Buenos Aires 2007/2015, Militante Peronista, Conductor de Grupo Descartes





