«UN FESTEJO DE ANIVERSARIO QUE TERMINÓ EN UN INFIERNO» JORGE RACHID, GABRIELA DUEÑAS
"NUESTRO RESCATE PROPIO Y EL ABANDONO DEL ESTADO ARGENTINO EN LA GUERRA DE MEDIO ORIENTE"

Regresamos a casa esta madrugada del lunes 9 de marzo. El abrazo de nuestra familia y amigos, después de días de terror, no alcanza para borrar las imágenes de misiles surcando el cielo de Dubái, el sonido de las explosiones y las alertas de peligro e indicaciones por celulares de parte del gobierno de Emiratos de refugiarnos y alejarnos de ventanas. La angustia de sentirnos completamente solos, a miles de kilómetros de distancia, mientras nuestro país nos daba la espalda fue indescriptible.
Nuestra historia, como la de muchos otros argentinos, comenzó con la ilusión de un viaje soñado. En nuestro décimo aniversario, gracias a un canje de puntos, viajamos a Turquía. La empresa de turismo, como un plus, nos ofreció tres días en Dubái. Lo que debía ser el broche de oro para una celebración se convirtió en una pesadilla de ocho días. Al segundo día de estar allí, el estallido de la guerra nos atrapó.

No es sencillo describir la sensación de ver cómo el cielo, antes un azul impecable, se convertía en un campo de batalla. Los misiles y drones atravesaban el espacio aéreo mientras las alarmas y las alertas en los teléfonos celulares nos ordenaban refugiarnos de inmediato, apagar luces y alejarnos de las ventanas. El miedo no era una sensación, era un ruido ensordecedor y constante, una opresión en el pecho que no se iba ni de día ni de noche. Como relataba otra argentina varada, “lo que estamos sintiendo es que nadie nos escucha” . Y ese silencio, el de nuestras autoridades, fue quizás lo más atronador de todo.
En los pasillos de los hoteles, en los refugios, nos encontramos con otros compatriotas que como en nuestro caso denunciamos que desde la embajada nos decían que no se harían cargo porque “era responsabilidad de cada argentino que había viajado”. Nosotros éramos 24 argentinos en un grupo, algunos menores de edad, compartiendo la misma incertidumbre, la misma bronca y el mismo abandono.
Mientras el gobierno argentino, a través de la Cancillería, emitía comunicados diciendo que estaba «trabajando para repatriar a los argentinos» y que unas 630 personas habían solicitado asistencia, nosotros, en el terreno, vivíamos una realidad completamente distinta. No hubo un operativo de rescate, no hubo un vuelo dispuesto por el Estado, no hubo un funcionario que nos dijera «no se preocupen, el país los va a traer de vuelta». La ayuda se limitó, en el mejor de los casos, a una reunión informal y muy poco clara, donde requirieron nuestros datos, en el lobby de un hotel, mientras las indicaciones eran contradictorias. Por ejemplo, desde la embajada sugerían trasladarse por tierra a Omán o Arabia Saudita, cuando las autoridades locales pedían no moverse de los refugios.
Vimos cómo otros países sí actuaban con celeridad y responsabilidad. Italia, Francia, España, Reino Unido y hasta Alemania dispusieron vuelos especiales para evacuar a sus ciudadanos. Nosotros, mientras tanto, veíamos pasar aviones con destino a San Pablo y Europa, mientras nuestros vuelos a Buenos Aires eran sistemáticamente cancelados. La sensación de ser ciudadanos de segunda, de no importarle a nuestro propio gobierno, era y es desgarradora.
Por eso, queremos que quede claro: el gobierno argentino NO nos repatrió. Nosotros, junto a otros 24 argentinos, nos las arreglamos como pudimos. Usamos nuestras tarjetas de crédito, dinero que nos enviaba la familia desde Argentina para pagar hoteles, remedios y comida que aumentaban su precio constantemente. Agotamos nuestros ahorros, nuestra paciencia y nuestra salud mental para volver por nuestros propios medios. Y lo logramos. Pero no podemos olvidar a los que se quedaron, a esos argentinos que aún hoy, mientras escribimos estas líneas, siguen varados, esperando una ayuda que nunca llega, en hoteles que ya no pueden pagar o en aeropuertos abarrotados.
Y en medio de esta orfandad estatal, no podemos evitar hacernos una pregunta que nos carcome la conciencia: ¿cómo es posible que el mismo Estado que durante la PANDEMIA demostró una capacidad de gestión extraordinaria para repatriar a 42 mil argentinos a través de Aerolíneas Argentinas, y que implementó políticas de cuidado que fortalecieron el sistema de salud público y privado garantizando atención y vacunación para todos y todas, hoy, ante una guerra, nos haya dado la espalda? En aquel momento, el gobierno priorizó la salud y la vida por sobre todo, con aciertos en las políticas de cuidado que hoy reivindicamos. Nos preguntamos, entonces: ¿dónde quedó aquel Estado presente, capaz de destinar recursos y coordinar un operativo sanitario y de repatriación sin precedentes, cuando lo que necesitábamos era que, además de cuidarnos a quienes estábamos el país, se protegieran también a nuestros compatriotas en el exterior?
Duele comprobar que hoy, cuando se trata de garantizar derechos dentro del país, el Estado argentino se ausenta; y cuando se trata de asistirnos y salvarnos en una guerra, brilla por su ausencia, dejando que cada uno «se las arregle como pueda». Hoy, la ‘libertad’ que nos pregona este gobierno parece traducirse, en los hechos, en la libertad de ellos para desentenderse de sus obligaciones.
Esta nota no es solo un relato de lo que vivimos. Es una denuncia. Es un grito para que se sepa la verdad. No queremos que ningún otro argentino pase por la angustia de sentirse abandonado por su país en tierra extranjera. El Estado tiene la obligación indelegable de proteger a sus ciudadanos, especialmente en situaciones de extrema peligrosidad como una guerra. Y en nuestro caso, lamentablemente, esa obligación fue incumplida. Regresamos a casa, sí, pero con la certeza de que lo hicimos a pesar de nuestro gobierno, no gracias a él.





