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¿HIJOS O PERROS? LA PREGUNTA INCÓMODA QUE DEFINE A LA ARGENTINA ACTUAL.

LOS NUEVOS LAZOS DEL INDIVIDUALISMO FEROZ

Por Gabriela Dueñas / Dra. en Psicología/ Lic. en Educación/ Psicopedagoga

Argentina se encuentra hoy atravesando un momento histórico signado por fuertes transformaciones políticas, económicas y culturales, con el ascenso de lógicas de la ultraderecha que promueven un individualismo extremo, un Estado mínimo y un desmantelamiento de las redes de protección social.

En este contexto, emergen datos demográficos y sociales alarmantes: una marcada caída en los índices de natalidad y matrículas escolares, un aumento en la tasa de mortalidad infantil y, en aparente contrapunto, un incremento significativo en la tenencia de mascotas en los hogares.

Este ensayo propone analizar esta constelación de fenómenos, no como hechos aislados, sino como síntomas entrelazados de un malestar social profundo. Para ello, retomaremos conceptos del psicoanálisis en clave social y los cruzaremos con perspectivas críticas socioculturales, interpretando estos datos como expresiones de una crisis en los lazos comunitarios, el deseo y las estructuras de sostén simbólico y material.

Las cifras demuestran que esta no es una mera percepción. Según los últimos datos preliminares del INDEC (primer trimestre de 2025), la Tasa Global de Fecundidad en Argentina se mantiene en caída libre, situándose en torno a 1,4 hijos por mujer, consolidando una tendencia que nos aleja drásticamente del nivel de reemplazo generacional (2,1). En la Ciudad de Buenos Aires, este indicador es crítico, proyectándose por debajo de 1,2 (estimaciones basadas en registros hospitalarios, 2024).

Paralelamente, la tenencia de mascotas alcanza cifras récord: según el último informe sectorial (2024), el 82% de los hogares argentinos convive con al menos una mascota, y en CABA se estima que la población de perros y gatos ya supera los 2,5 millones, acercándose a la proporción de un animal por cada dos porteños. Este cruce de datos no es anecdótico; como se anticipó, es el soporte numérico de una transformación profunda en los deseos y los lazos sociales.

I. EL PRINCIPIO DE REALIDAD NEOLIBERAL Y LA RENUNCIA AL PORVENIR: LO SOCIAL EN LO PSÍQUICO

Sigmund Freud, en “El malestar en la cultura”, postuló que la civilización se construye sobre una renuncia pulsional, un sacrificio de satisfacciones individuales a cambio de seguridad y bienestar colectivo. El “principio de realidad” impone postergaciones en función de un futuro previsible y protegido. La lógica de la ultraderecha en el poder, con su énfasis en la meritocracia radical, la precarización laboral extrema, la desregulación y el desfinanciamiento de la salud y la educación, dinamita este contrato simbólico. En otras palabras, cuando el Estado deja de garantizar trabajos dignos, escuelas de calidad y salud accesible, el pacto básico que nos une como sociedad -el esfuerzo hoy por un mañana mejor- se quiebra. El futuro deja de ser un horizonte de realización para transformarse en una amenaza de incertidumbre absoluta.

Esta incertidumbre se corporiza en números elocuentes y recientes. Los reportes de estadísticas vitales preliminares para 2024 indican que la natalidad sigue en descenso acelerado, con una reducción interanual estimada del 6-8% en el número de nacimientos, marcando un nuevo mínimo histórico desde que se lleva registro (Dirección de Estadísticas e Información en Salud -DEIS-, datos a diciembre de 2024). El sistema educativo ya refleja este vaciamiento demográfico: el Ministerio de Educación reporta (inicio del ciclo lectivo 2025) una caída sostenida y pronunciada en las inscripciones a sala de 3, 4 y 5 años, especialmente en el sector público, donde la matrícula se reduce a un ritmo mayor que el de la población en edad escolar. Cada punto porcentual de caída es la expresión estadística de miles de proyectos de vida y de familia pospuestos o abandonados.

Desde esta perspectiva psicosocial, la decisión de no tener hijos (o de postergarla indefinidamente) no es meramente un cálculo económico. Parece ser, ante todo, “un acto psíquico de protección”. Esta abstracción estadística tiene rostro humano. Como dice Laura, una vecina de 32 años del barrio de Palermo: “Antes soñaba con tener dos hijos. Hoy, con un sueldo que no me alcanza para alquilar un departamento de dos ambientes y viendo cómo cierran salitas en el hospital de mi barrio, apenas puedo pensar en mantener a mi perra. Ella me da un amor que no me exige lo que el mundo no me puede dar: seguridad”. Su voz refleja una experiencia común, donde la incertidumbre material transforma los deseos más profundos.

Traer un hijo/a al mundo implica confiar en un porvenir mínimamente hospitalario, en una comunidad que lo acoja y en instituciones (escuelas, hospitales) que lo sostengan. Cuando el Estado se retira, cuando la comunidad se fractura por el sálvese quien pueda, y cuando el trabajo no garantiza subsistencia, el acto de procrear puede vivirse como una irresponsabilidad pulsional, ligado al riesgo de exponer a ese hijo/a a un “principio de realidad” devenido en pura hostilidad. La caída de la natalidad y las matrículas escolares es, así, la materialización estadística de una “pérdida colectiva de confianza en el porvenir”. El aumento de la mortalidad infantil es la consecuencia más trágica y directa de este desmantelamiento. Es el índice brutal que muestra cómo la retirada del Estado afecta a los más vulnerables, convirtiendo lo socialmente evitable en destino individual.

El rostro más cruel y actual de esta dinámica lo muestra el repunte inquietante de la mortalidad infantil durante 2024. Si bien los datos definitivos se consolidarán a mediados de 2025, los reportes epidemiológicos trimestrales y las alertas de las sociedades de pediatría (SAP, 2024) señalan un aumento significativo en las muertes infantiles por causas prevenibles (infecciones respiratorias, desnutrición, enfermedades diarreicas), especialmente en las provincias del Noreste Argentino (NEA) y en los barrios más vulnerables del conurbano bonaerense. Este retroceso, luego de años de avances, es atribuido por los expertos al desabastecimiento crónico de medicamentos esenciales en los hospitales públicos, la subalimentación y el deterioro de las condiciones ambientales en los hogares más pobres. No es una fatalidad, es el resultado de políticas que han desguarnecido a la primera infancia.

Frente a este panorama de retracción estatal, sin embargo, no todo es pasividad o mera adaptación sintomática. En los intersticios de esta crisis, emergen con fuerza redes de solidaridad y acción colectiva que buscan tejer un nuevo contrato social desde abajo. Comedores y merenderos comunitarios que sostienen la alimentación de niños y familias, cooperativas de trabajo y vivienda que generan economías alternativas, y movimientos de mujeres y diversidades que construyen cuidados colectivos, son ejemplos de una sociedad civil que resiste la lógica del «sálvese quien pueda». Estas experiencias, aunque a menudo precarias y subfinanciadas, encarnan un «Eros social» persistente. Demuestran que el deseo de comunidad y cuidado mutuo no ha desaparecido, sino que busca nuevos cauces frente al vacío institucional. Su existencia interpela la narrativa de una sustitución completa de lo humano por lo animal, mostrando que, paralelamente al refugio en el vínculo con las mascotas, hay un esfuerzo por reinventar los lazos humanos desde la vulnerabilidad compartida y la reciprocidad.

II. LAS MASCOTAS COMO OBJETOS DE AMOR EN LA ERA DEL DESENGANCHE: UNA SUSTITUCIÓN SINTOMÁTICA

Mientras la curva de natalidad se hunde, la industria y la cultura en torno a las mascotas no conocen techo. Los datos de 2024 son reveladores: según la Cámara de la Industria de Alimentos Balanceados (CIIA), el parque total de mascotas (perros y gatos) en Argentina supera los 35 millones, en un país con 46 millones de habitantes. El gasto promedio mensual por mascota ha aumentado un 40% en términos reales respecto a 2023 (ajustado por inflación), impulsado por la humanización de los cuidados: alimentos premium, seguros de salud, psicólogos caninos y servicios de “pet sitting”. Un sondeo de consumo (Kantar, Q4 2024) revela que para el 7 de cada 10 argentinos bajo los 40 años, su mascota es considerada “su hijo”. Estas cifras no solo delinean un sector económico anti frágil; son el termómetro de una inversión emocional y económica masiva, desplazada hacia un vínculo que promete una reciprocidad sin las complejidades y los costos sociales de la crianza humana.

Este fenómeno se observa en casos como el de Marcos y Sofía, una pareja de profesionales de CABA que decidió no tener hijos. “Toto, nuestro labrador, es nuestro centro. Lo llevamos a la guardería canina, le celebramos su cumpleaños y es nuestro proyecto en común. Criar a un niño en este país sería una ansiedad constante”, explican. Su historia ejemplifica el desplazamiento del proyecto parental hacia un cuidado que se percibe como más controlable y menos angustiante.

Frente a esta renuncia a un proyecto de vida familiar tradicional (y, en su base, a un proyecto de sociedad), el aumento explosivo de mascotas en los hogares adquiere un significado profundo. Freud analizó cómo la libido, la energía del deseo, puede investir diversos objetos: personas, ideales, actividades. En una sociedad donde los lazos humanos se vuelven frágiles, competitivos y dolorosos (el “sálvese quien pueda” como mandato social), “la mascota emerge como un objeto de amor perfecto”. Ofrece una relación aparentemente libre de las complejidades y decepciones de lo humano: amor incondicional, lealtad absoluta, simplicidad en el afecto.

Desde una crítica sociocultural, este fenómeno no es inocente. Refleja lo que el filósofo Byung-Chul Han llamaría la “sociedad del cansancio”, donde las relaciones horizontales, exigentes y conflictivas, son reemplazadas por vínculos verticales, controlables y de bajo riesgo. La mascota es el “sustituto sintomático del hijo y del otro social”. Esto significa que, para muchas personas, el vínculo con una mascota llena un vacío afectivo y de propósito que, en otras condiciones, podría estar dirigido a formar una familia o a involucrarse más profundamente en la comunidad. Es un objeto de cuidado que no cuestiona, que no exige costosa educación ni seguridad social a largo plazo, y que satisface la pulsión de amar y ser amado en un formato gestionable, incluso mercantilizado (la industria de las mascotas florece). Este desplazamiento del deseo desde lo humano-comunitario hacia lo animal-doméstico es un indicador elocuente de la retracción del sujeto a una esfera privada y empobrecida de lo social, donde el lazo se busca sin sus riesgos inherentes.

III. LA ULTRADERECHA Y LA PULSIÓN DE MUERTE: DESLIGADURA SOCIAL Y GOCE DEL INDIVIDUALISMO

El psicoanálisis también nos ofrece la categoría de “pulsión de muerte” (Thanatos), aquella tendencia a la desintegración, a la vuelta a lo inorgánico, que opera en tensión con la pulsión de vida (Eros), que une y construye. Las políticas de la ultraderecha, en su culto al individuo absoluto y su desprecio por lo colectivo, pueden leerse como una “puesta en acto social de la pulsión de muerte”. Desligan, atomizan, desintegran los tejidos comunitarios (sindicatos, cooperativas, redes barriales), debilitan el lazo social que es la base misma de la cultura y la supervivencia.

En este marco, la caída de la natalidad (Eros en retirada) y el aumento de la mortalidad infantil (Thanatos triunfante en los cuerpos más frágiles) no son paradojas, sino consecuencias lógicas. La sociedad es exhortada a un goce individualista y autodestructivo, donde el éxito se mide en la capacidad de prescindir de los demás. La mascota, en este escenario, es el compañero ideal para el sujeto aislado: un ser que no representa la alteridad real, sino un espejo mudo de la propia soledad. La familia, como célula básica de reproducción social y cultural, se contrae y muta, reemplazando a sus miembros más demandantes (niñas/os y adolescentes) por seres que encarnan una compañía sin las exigencias de la alteridad.

Cabe aclarar que esta lectura de las políticas como «pulsión de muerte» social no busca establecer una equivalencia simplista ni un binomio absoluto. La complejidad de los fenómenos sociales exige evitar reduccionismos. El psicoanálisis advierte que Thanatos y Eros no son fuerzas externas, sino que coexisten y se entrelazan en todo sujeto e institución. Las dinámicas de desligadura y atomización que se observan pueden ser potenciadas por ciertas lógicas políticas, pero también son el resultado de décadas de transformaciones estructurales neoliberales, cambios tecnológicos y mutaciones culturales globales. Criticar específicamente las políticas que exacerban la fractura social no implica negar la presencia de pulsiones destructivas en otros modelos políticos o en la sociedad misma. Se trata, más bien, de señalar cómo un determinado marco ideológico, al erigir el interés individual extremo como único principio organizador, institucionaliza y celebra una dimensión de la pulsión de muerte, dándole un marco de legitimidad política que profundiza la crisis de los lazos.

CONCLUSIÓN

Si bien el fenómeno analizado presenta matices propios de la coyuntura política argentina, no se trata de un proceso aislado, sino de la expresión local de tendencias globales profundas. La caída sostenida de la natalidad por debajo del nivel de reemplazo es una constante en gran parte de Europa, Asia Oriental y América Latina, donde sociedades sometidas a una creciente precariedad laboral y a un horizonte incierto postergan o renuncian a la parentalidad. De manera paralela, la humanización de las mascotas y su incorporación como núcleos afectivos centrales es un patrón documentado en países con Estados de bienestar en retroceso, desde Estados Unidos hasta Japón, donde el mercado pet florece como síntoma de lo que algunos sociólogos han denominado la «privatización del cuidado». Lo distintivo del caso argentino es la velocidad y la intensidad con que estas tendencias se han manifestado bajo el impacto de políticas de desmantelamiento acelerado, convirtiendo al país en un caso de estudio paradigmático de cómo la desintegración deliberada de lo público puede exacerbar, en pocos años, dinámicas de desligadura social que en otras latitudes llevaron décadas en consolidarse. Esta perspectiva comparativa no diluye la responsabilidad política local, sino que la sitúa en un escenario mundial donde la disputa entre el hiperindividualismo y la reconstrucción de lo común define el futuro de los lazos sociales.

La conjunción de datos sobre natalidad, mortalidad infantil y tenencia de mascotas en la Argentina actual no es una casualidad estadística. Es la radiografía de un “cuerpo social enfermo de desesperanza y desligadura”. Desde el psicoanálisis en clave social, vemos cómo el desmantelamiento de las condiciones materiales y simbólicas de un futuro común (principio de realidad hostil) conduce a una retracción del deseo de perpetuación (Eros). Desde la crítica sociocultural, observamos cómo el individualismo feroz promovido por lógicas de ultraderecha produce sustitutos sintomáticos para el lazo social roto, donde la mascota cumple la función de objeto de amor en una era de desenganche humano.

El aumento de la mortalidad infantil es la prueba más dolorosa de que esta no es una “elección de vida” libre, sino una derrota social planificada. Mientras se celebra la “libertad” del individuo desvinculado, se abandona a la muerte evitable a los que no tienen voz.

Los números más recientes, fríos y contundentes, dibujan un panorama que nos interpela hoy: aproximadamente 1,4 hijos por mujer frente a más de 1,5 mascotas por hogar; una mortalidad infantil que repunta en las provincias más pobres mientras el mercado pet crece a dos dígitos anuales por encima de la inflación. Este contraste extremo, validado por los datos de 2024, no habla de “estilos de vida” elegidos libremente, sino de un “síntoma social cuantificable y agravado”. Cuando una sociedad, en apenas un año, destina más recursos a suplementos nutricionales para animales que a la compra de leche fortificada para niños; cuando las guarderías públicas cierran aulas por falta de niños mientras las guarderías caninas (doggy daycare) multiplican sus sucursales, estamos frente a una “encrucijada civilizatoria”. Los datos nos convocan a una pregunta urgente e incómoda: ¿Qué identidad colectiva estamos construyendo si el deseo de cuidado y proyección futura encuentra su expresión más plena y viable no en la cuna, sino en la caseta del perro?

Este diagnóstico sombrío, sin embargo, no debe oscurecer los brotes de futuros alternativos que germinan en el presente. Junto a la cifra fría de la mortalidad infantil, está el trabajo incansable de pediatras, agentes sanitarios y promotores de salud en los barrios más postergados. Frente al cierre de aulas, se multiplican las bibliotecas populares y los espacios educativos autogestionados. En contrapunto al mercado “pet” individualista, crecen las redes de adopción responsable y el voluntariado en refugios, que son, a su manera, actos de cuidado comunitario extendido hacia otros seres vivos. Estos ejemplos no solucionan la crisis estructural, pero son faros que demuestran que la pulsión de vida (Eros) colectiva no ha sido aniquilada. Señalan que la «confianza en el porvenir» no se reconstruye solo desde el Estado, sino también desde micropolíticas del encuentro que prefiguran, en la práctica, la comunidad hospitalaria que se anhela. Reconocer estas formas de resistencia es fundamental para no naturalizar la derrota y para cartografiar los puntos desde donde podría emerger una nueva gramática del cuidado colectivo.

Frenar esta dinámica requiere más que diagnósticos; exige políticas públicas audaces que reinstauren la confianza. Inspirarse en ejemplos como la “Kindergeld” (subsidio universal por hijo) de Alemania, combinado con un sistema robusto de jardines maternales públicos y accesibles como en Uruguay, puede ser un camino. A nivel municipal, programas de “Comunidades de Cuidado” que integren centros de salud, escuelas y organizaciones barriales -siguiendo el modelo de algunas experiencias en España- podrían tejer redes de sostén concretas. El objetivo es claro: hacer que la crianza deje de ser un riesgo individual y se convierta en una responsabilidad social compartida y garantizada.

La respuesta a este panorama no es moralizar sobre las decisiones personales, sino reconstruir urgentemente el entramado comunitario y estatal que hace que traer un hijo al mundo, cuidarlo y educarlo no sea un acto de temeridad, sino de confianza en un proyecto colectivo. Mientras eso no ocurra, seguiremos siendo una sociedad que, sintomáticamente, prefiere los ronroneos a la risa de un niño/a, porque lo primero exige mucho menos de nosotros como comunidad.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS:
– Brown, W. (2019). “En las ruinas del neoliberalismo: El ascenso de la política antidemocrática en Occidente”. Traficantes de Sueños.
– Freud, S. (1930). “El malestar en la cultura”. Amorrortu Editores.
– Freud, S. (1920).” Más allá del principio de placer”. En Obras Completas, Amorrortu Editores.
– Han, B.-C. (2012). “La sociedad del cansancio”. Herder Editorial.
– Svampa, M. (2023).” El colapso ecológico ya llegó: Una brújula para salir del (mal)desarrollo”. Siglo XXI Editores.
– Zizek, S. (2020).” Pandemia: La covid-19 estremece al mundo”. Anagrama.

FUENTES Y ACLARACIONES METODOLÓGICAS PARA DATOS 2024-2025:
Para 2024/2025, los datos oficiales definitivos (Instituto Nacional de Estadística y Censo (INDEC); Dirección de Estadísticas e Información en Salud (DEIS) suelen publicarse con un desfase de 12-18 meses. Las cifras aquí citadas se basan en:
– Reportes preliminares y trimestrales publicados por los organismos como:
• Ministerio de Salud de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. (2024). Reporte de Estadísticas Vitales y Epidemiológicas – CABA.
• Ministerio de Educación de la Nación. (2024). Anuario Estadístico Educativo 2023 y Proyecciones de Matrícula 2024-2025.
– Estimaciones y proyecciones realizadas por centros de estudio (como: CIPPEC, Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA-UCA) y asociaciones profesionales como la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) que trabajan con datos en tiempo real o con muy poco desfase.
– Informes sectoriales y de mercado (Cámara de la Industria de Alimentos Balanceados (CIIA), Cámara Argentina de Empresas de Nutrición Animal (CAENA), consultoras como Kantar) que suelen tener datos anuales cerrados al finalizar cada año civil.

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