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ACERCA DE LA BAJA DE LA NATALIDAD EN LA ARGENTINA CONTEMPORÁNEA

Un futuro que se niega a nacer.

Por Dra. Gabriela Dueñas/ Dra. en Psicología/ Lic. en Educación/ Psicopedagoga

INTRODUCCIÓN:
En los últimos años, Argentina ha registrado una caída sostenida y llamativa en su tasa de natalidad.
Las cifras son elocuentes y despejan cualquier duda sobre la magnitud del fenómeno. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), la Tasa Global de Fecundidad (TGF) -el número promedio de hijos por mujer- cayó de 2.3 en 2014 a 1.4 en 2022, hundiéndose muy por debajo del umbral de reemplazo generacional (2.1). En términos absolutos, el número anual de nacimientos se desplomó de más de 750.000 a principios de la década de 2010 a menos de 530.000 en 2022. Este declive no es un hecho aislado en la región, pero su rapidez en Argentina es particularmente llamativa y coincide temporalmente con un marcado deterioro en los indicadores socioeconómicos de las familias jóvenes.
Lejos de ser un mero dato estadístico, este fenómeno es un síntoma social profundo, una hendija por donde asoma el malestar de una época. Para entenderlo, es necesario ir más allá de las explicaciones económicas convencionales y articular dos miradas: la del psicoanálisis en clave social, que indaga en las corrientes subterráneas del deseo y la angustia colectiva, y la de los estudios socioculturales críticos, que examinan el contexto de auge de discursos de extrema derecha y precariedad sistémica. Este ensayo propone que la baja natalidad es, fundamentalmente, el resultado de una colisión tóxica entre un orden simbólico que promueve el miedo y la retracción, y unas condiciones materiales que hacen de la crianza un acto de alto riesgo. Para ello, apelo al pensamiento de un clásico como Erich Fromm sobre “El miedo a la libertad”, y a los análisis de pensadores contemporáneos sobre el neoliberalismo afectivo, aplicándolos a la narrativa concreta del discurso político argentino reciente.

I. EL MIEDO A LA LIBERTAD Y LA HUIDA HACIA UN AUTORITARISMO ESTÉRIL

Especialistas alertan por la baja natalidad en Argentina - Canal Doce  Misiones
En su obra clásica “El miedo a la libertad” (1941), Erich Fromm analizó cómo las crisis sociales profundas generan una angustia insoportable que lleva a los individuos a renunciar a su libertad e identificarse con figuras y sistemas autoritarios. El sujeto, abrumado por la incertidumbre y la responsabilidad de autodeterminarse, prefiere someterse a un poder externo que le otorgue una sensación ilusoria de seguridad, orden y pertenencia.
En Argentina, el actual contexto de crisis económica desmentida por el gobierno y la desintegración del tejido social ha creado un caldo de cultivo perfecto para lo que nos advertía E. Fromm. El discurso de la extrema derecha local (ejemplificado en figuras como Javier Milei y su retórica) no ofrece una verdadera alternativa de libertad, sino una «huida de la libertad». Su narrativa se construye sobre:
– Un enemigo claro y culpable: «la casta», el «populismo», un ellos vs. nosotros.
– Un líder mesiánico que promete restaurar un orden perdido (e idealizado) mediante medidas «duras» y «sin ambigüedades».
– Una nostalgia por jerarquías rígidas (familia patriarcal, mano dura, meritocracia extrema).
Sin embargo, esta solución autoritaria es “psíquicamente estéril”. Al respecto, Fromm distinguía entre una «personalidad productiva», capaz de amar, crear y conectar, y una «personalidad sumisa», basada en la docilidad, la resignación, la destrucción y el aislamiento. El clima político que fomenta esta última envenena las fuentes del deseo creativo y reproductivo. ¿Para qué traer una nueva vida a un mundo mentalmente construido como una “jungla de supervivencia”, donde el otro es una amenaza y la vulnerabilidad (intrínseca a la crianza) es un signo de debilidad? La promesa autoritaria de seguridad se revela, así, como un “pacto faustiano” que exige, como precio, la renuncia al futuro.
Antes de analizar la singularidad del caso argentino, es necesario situarlo en un panorama más amplio. La transición demográfica hacia tasas de fecundidad por debajo del nivel de reemplazo es un fenómeno global, observable en la inmensa mayoría de los países con medianos y altos ingresos. Factores estructurales universales operan aquí: la urbanización, el acceso masivo de las mujeres a la educación superior y al mercado laboral, la disponibilidad generalizada de métodos anticonceptivos y un cambio cultural profundo que prioriza la calidad de vida y la autorrealización sobre el tamaño de la familia. En este sentido, la baja natalidad argentina comparte una raíz común con la de España, Italia o Corea del Sur. No obstante, lo que otorga al caso local su intensidad y carácter de síntoma social agudo es la velocidad del descenso y el contexto específico en el que se produce. Mientras en muchas sociedades el declive de la natalidad ha sido un proceso gradual acompañado -aunque de manera insuficiente- por la construcción de Estados de bienestar que amortiguan los costos de la crianza (licencias extensas, jardines infantiles universales, subsidios), en Argentina el desplome se acelera de manera sincrónica con un proceso de desmantelamiento acelerado de las redes públicas de sostén. Así, la tendencia global se ve potenciada y distorsionada por una dinámica local regresiva, donde la incertidumbre material extrema y el repliegue del Estado convierten una opción de vida en un riesgo calculado de proporciones existenciales.
Es crucial, sin embargo, evitar un reduccionismo que atribuya la baja natalidad únicamente a las coyunturas políticas o económicas recientes. La decisión reproductiva se encuentra anclada, en primer lugar, en una transformación cultural de largo alcance e irreversible. El acceso masivo de las mujeres a la educación superior y al mercado laboral, conquista fundamental de las últimas décadas, ha reconfigurado de raíz los proyectos vitales, retrasando la maternidad y reduciendo el número ideal de hijos. A esto se suma un cambio paradigmático en las concepciones de la familia y la realización personal, que hoy valora la autonomía, la diversidad de formatos vinculares y la búsqueda de plenitud más allá de la procreación. Este sustrato cultural, común a muchas sociedades contemporáneas, establece el telón de fondo sobre el cual operan los factores políticos y materiales locales. En Argentina, la particular intensidad del declive demográfico surge precisamente de la colisión entre estas aspiraciones modernas de autonomía y un contexto que, en lugar de generar condiciones para realizarlas, multiplica la incertidumbre y la precariedad. Así, lo político no crea la tendencia, sino que patologiza una transición histórica, transformando una potencial elección liberadora en una renuncia forzada por la angustia.

II. EL NEOLIBERALISMO AFECTIVO: LA CRIANZA EN LA ERA DEL «CAPITAL HUMANO»

Si Fromm nos ayuda a entender el clima psíquico, los estudios sobre neoliberalismo afectivo (pensadores como Eva Illouz, Byung-Chul Han o Wendy Brown) nos explican el marco ideológico y material que lo sustenta. El neoliberalismo no es solo un modelo económico; es una «racionalidad que coloniza todas las esferas de la vida», transformando a los ciudadanos en empresas de sí mismos (homo oeconomicus).
En este marco, la crianza sufre una transformación radical. Un hijo deja de ser concebido primordialmente como un proyecto de vida deseado dentro de un entramado afectivo, para convertirse en una variable dentro de un cálculo de riesgo y beneficio. Se transforma en una «inversión» que compite con otras –la vivienda, el ocio, el desarrollo profesional– y que debe ser presupuestada con rigor. La responsabilidad sobre esa vida está completamente privatizada: el Estado y la sociedad se retiran, y el éxito o fracaso recae únicamente sobre los hombros –y los bolsillos– de los padres. Así, la precariedad laboral, la falta de acceso a una vivienda digna y el costo exorbitante de la educación y la salud convierten la decisión de tener un hijo en un «acto de alto riesgo financiero». Incluso los afectos son sometidos a la lógica de la optimización; el amor y el cuidado deben ser «eficientes», un cálculo constante que agota la energía psíquica necesaria para el deseo, que es por definición espontáneo y no estratégico.
Este agotamiento del deseo proyectivo no es una abstracción. Su huella más palpable y medible se imprime, con varios años de retraso, en el sistema educativo. La sostenida caída en las matrículas escolares, especialmente en el nivel inicial y primario, es el índice demográfico directo de la baja natalidad de hace cinco o siete años, pero también un revelador indicador sociológico. Según estadísticas del Ministerio de Educación de la Nación, entre 2017 y 2023 la matrícula total en el nivel inicial se contrajo un 8%, perdiéndose más de 150.000 estudiantes en solo seis años. La primaria experimentó una reducción del 5% en el mismo período. Estas no son meras fluctuaciones; cada vacante no ocupada representa la materialización de un cálculo familiar donde la crianza fue postergada o descartada.
Este fenómeno, sin embargo, no se distribuye de manera uniforme en el cuerpo social. La contracción es significativamente más aguda en las escuelas públicas que en las privadas, y en las regiones con mayores índices de pobreza. Esta distribución desigual expone una segmentación social creciente: la decisión de no tener hijos (o de postergarla indefinidamente) se ve potenciada en los sectores más vulnerables, para quienes el cálculo de riesgo/beneficio que impone el neoliberalismo afectivo se vuelve, literalmente, una ecuación de supervivencia. La escuela vacía, por lo tanto, no es solo un reflejo numérico; es el síntoma de un modelo que, al mercantilizar la vida, termina por hacer de la procreación un lujo inalcanzable para quienes deberían ser, según su propia retórica, los pilares del futuro.

III. LA ARTICULACIÓN DEL SÍNTOMA: UN ORDEN QUE PROHÍBE DESEANDO

La tasa de natalidad cayó 40% en Argentina y los hogares sin hijos ya son  mayoría - Infobae

Para comprender cómo un discurso político incide en decisiones íntimas como la de tener hijos, es necesario identificar mecanismos causales concretos que trasciendan la generalización. El discurso que combina un individualismo feroz con una nostalgia autoritaria opera a través de al menos tres vías materiales y simbólicas: primero, mediante políticas de ajuste y desregulación que, al recortar salarios reales, eliminar estabilidad laboral y encarecer servicios básicos, elevan el costo material directo de la crianza hasta tornarlo prohibitivo para amplios sectores. Segundo, a través de un relato público que glorifica el éxito individual y estigmatiza la dependencia, debilitando la percepción del cuidado como una responsabilidad social compartida y fomentando un clima de desconfianza interpersonal. Tercero, al promover un imaginario social basado en la competencia y la «ley del más fuerte», que socava la confianza colectiva en un futuro común, elemento fundamental para proyectar la llegada de una nueva generación.

Este panorama se agudiza al contrastarlo con estrategias adoptadas en otros países que, aun enfrentando tendencias demográficas similares, implementan políticas para no convertir la crianza en un acto de alto riesgo. Naciones como Francia, con su sistema de “prestations familiales” universal y su red de “écoles maternelles” públicas y accesibles, o los países nórdicos, con licencias parentales extensas, remuneradas y con alta tasa de uso por parte de los varones, demuestran que es posible construir un «piso de certezas» material. Estas políticas no revierten mágicamente la tendencia a familias más pequeñas, pero sí mitigan su caída abrupta y, sobre todo, evitan que la decisión sea dictada predominantemente por el miedo a la indigencia. Actúan como un contrapeso a la mercantilización de la vida, al reconocer social y económicamente el trabajo de cuidado. La ausencia flagrante de un sistema integral similar en Argentina, en simultáneo con un discurso que deslegitima la intervención estatal de sostén, es lo que convierte la ecuación local en particularmente tóxica y acelera el desplome.

Esta lógica del “capital humano”, este neoliberalismo que coloniza lo afectivo, encuentra su contraparte y prolongación política en una mercantilización integral de la vida.
El discurso de la extrema derecha en Argentina encarna la fusión letal de ambas lógicas analizadas: la del «autoritarismo como huida» de Fromm y la de la mercantilización neoliberal de la vida. Podemos observar esta fusión en lo que podríamos llamar la narrativa del «ajuste con valores».

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Por un lado, se exalta retóricamente la «familia natural», el «derecho a la vida» y la natalidad como valores supremos. Es un mandato superyoico feroz, un «debes formar una familia» que, al estar vacío de contenidos afectivos y apoyos concretos, genera principalmente culpa y resentimiento. Por otro lado, las políticas concretas promovidas desde esta visión son intrínsecamente antinatalistas: el ajuste fiscal que recorta subsidios, la desregulación laboral que profundiza la precariedad, el desfinanciamiento de hospitales pediátricos emblemáticos y programas de cuidado, y una retórica del «sálvese quien pueda» que desmantela sistemáticamente las redes de sostén colectivo que hacen viable la crianza.
El sujeto contemporáneo queda atrapado en esta doble exigencia paradójica. Por un lado, un superyó conservador le ordena «formar una familia» como deber social y moral. Por otro, un mandato neoliberal le exige ser un emprendedor de sí mismo, flexible, productivo y libre de ataduras que reduzcan su competitividad. La familia es así simultáneamente glorificada como refugio simbólico y desincentivada como proyecto material. Esta contradicción no anula el mandato; por el contrario, lo intensifica al convertirlo en una fuente de conflicto psíquico, donde la decisión de no tener hijos puede vivirse no como una elección libre, sino como un fracaso personal frente a expectativas internalizadas.
En este punto, el sistema educativo emerge nuevamente como el termómetro infalible de la contradicción social. La baja sostenida de las matrículas no es solo un efecto demográfico retardado; es la prueba empírica, inscrita en el territorio de lo concreto, de que el mandato simbólico ha fracasado en generar vida. Mientras desde el poder se celebra retóricamente la «familia», las escuelas –el principal termómetro del bienestar de las mayorías– registran en sus aulas el vacío progresivo dejado por los hijos que no nacieron. De nada sirve invocar la formación de «capital humano competitivo» si la fábrica misma de ese recurso se despuebla.
El resultado final de esta colisión es una contradicción psicosocial devastadora. El mismo orden simbólico que ordena desear un hijo, priva a los sujetos de las condiciones materiales y afectivas mínimas para poder desearlo. Esta tensión no genera vida; genera angustia, parálisis y retraimiento. Ante la encrucijada de hundirse en la precariedad por obedecer el mandato o cargar con la culpa por seguir el cálculo de supervivencia, para muchos la salida sintomática es la inhibición del deseo: la postergación indefinida o la renuncia misma a la procreación.

CONCLUSIÓN: LA HUELGA INCONSCIENTE DEL DESEO

La baja natalidad en la Argentina contemporánea, y en particular su aceleración en el contexto político actual, no es, entonces, un problema demográfico a resolver con incentivos aislados. Más bien parece tratarse de la expresión de una huelga inconsciente del deseo, potenciada al máximo por la colisión tóxica entre un mandato simbólico autoritario y una realidad material desprotegida.
Esta “huelga inconsciente del deseo” no opera, por supuesto, en un vacío histórico. Se inscribe en un contexto global de transición demográfica y redefinición de los vínculos, pero adquiere en Argentina una intensidad particular al conjugarse con un modelo que exalta la familia de manera abstracta mientras desmantela sus condiciones de existencia. Por ello, revertir la tendencia requerirá, más que incentivos aislados, una política integral del cuidado. Una que no solo garantice asignaciones universales, sino que también cuestione la división sexual del trabajo, promueva la corresponsabilidad parental, y restituya el valor social de la educación y la salud como bienes comunes. Sin esta transformación simbólica y material, el mandato reproductivo seguirá chocando con un presente que lo desalienta de manera práctica y contundente.
Es el cuerpo social diciendo, a través de un acto íntimo y masivo a la vez, que no hay futuro deseable bajo un orden que combina el autoritarismo psicológicamente asfixiante con la desprotección material más cruel.
Es un síntoma de que el lazo social, ese tejido de confianza, cuidado y proyecto común que hace posible imaginar un porvenir, está gravemente dañado. Mientras se siga ofreciendo como horizonte una comunidad basada en la competencia, el miedo y la nostalgia de órdenes rígidos, el Eros social -la pulsión que nos liga a los otros y al futuro- seguirá cediendo terreno a un Thanatos disfrazado de libertad de mercado y mano dura.
Revertir esta tendencia no requerirá solo políticas de asignaciones universales (que son necesarias pero insuficientes), sino una revolución simbólica y material. Reconstruir un imaginario colectivo donde la vulnerabilidad, el cuidado y la interdependencia dejen de ser signos de debilidad para convertirse en los cimientos de una comunidad verdaderamente vivible y, por lo tanto, deseable.
En definitiva, la baja natalidad en la Argentina contemporánea no puede leerse ni como un simple reflejo de una tendencia global posmoderna, ni como un mero resultado de las políticas de un gobierno en particular. Es, más bien, la encrucijada tóxica donde convergen ambos planos. Por un lado, la redefinición global de los vínculos, que otorga nuevos sentidos a la vida más allá de la reproducción. Por otro, un modelo local que, al exaltar de manera abstracta y nostálgica la familia tradicional mientras dinamita sus condiciones de existencia material y simbólica, patologiza esta transición. Transforma una potencial elección liberadora en una renuncia signada por la angustia y la precariedad. Revertir esta dinámica, por lo tanto, exigirá algo más complejo que bonos o propaganda: demandará un nuevo pacto social del cuidado que, reconociendo la autonomía de los proyectos de vida, reconstruya lo común y provea los soportes materiales -desde la vivienda y el trabajo digno hasta un sistema integral de cuidados- que hagan de la crianza, para quien así lo desee, una experiencia deseable y vivible, y no un acto de fe frente al abismo.

Gabriela Dueñas, 30 de enero de 2026

BIBLIOGRAFÍA
FROMM, Erich (1941) El miedo a la libertad. Fondo de Cultura Económica.
ILLOUZ, Eva (2007) Intimidades congeladas: Las emociones en el capitalismo. Katz Editores.
HAN, Byung-Chul (2012) La sociedad del cansancio. Herder Editorial.
BROWN, Wendy (2015) El pueblo sin atributos: La secreta revolución del neoliberalismo. Malpaso Ediciones.
FREUD, Sigmund (1920) Más allá del principio del placer. Amorrortu Editores.
INDEC (2023) Estadísticas Vitales. Natalidad 2010-2022 -Instituto Nacional de Estadística y Censos.
LACAN, Jacques (1966) Escritos. Siglo XXI Editores.
MINISTERIO DE EDUCACIÓN DE LA NACIÓN (2024) Anuario Estadístico Educativo 2023 . Secretaría de Evaluación e Información Educativa.

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