Los valores de Occidente
Por Carlos Almenara

El 21 de enero, Milei habló en la conferencia que anualmente se realiza en Davos, un lugar al que accede como presidente pero perora como si fuera catedrático, o, más ajustadamente, predicador, teócrata.
La diferencia no es baladí. Los criterios de verdad que se usarán para ponderar los distintos campos (en el sentido de P. Bourdieu) no son iguales. Es de esperar que un presidente exponga un diagnóstico a partir del que formula un plan sobre el que intenta persuadir a la audiencia de su plausibilidad y conveniencia, un catedrático debería tener el canon del método científico (o métodos científicos en plural) que remiten a la provisoriedad de las teorías y a la apertura a la falsación/refutación en contraste con la realidad (aporte de un austríaco al que Milei hace poco tributo, K. Popper). El predicador trae la palabra de dios. Supongo que vale también para la palabra del diablo. Con ella no se puede discutir. Es dogma, no admite discusión. Corresponde a una dimensión del conocimiento abismalmente distanciada de la ciencia. Como la evidencia indica, es imposible una discusión con Milei, precisamente, porque ubica su relato en el territorio religioso, una profesión de fe.
Tenemos nuestras creencias y dogmas, uno de ellos es la máxima que “al fascismo se lo combate”, la convicción de los partisanos que a mediados del Siglo XX liberaron al mundo de los Mussolini, pero aún así pensamos que es posible, también, discutir a Milei desde la lógica y la razón. No para convencerlo a él sino para reafirmar nuestros argumentos y apegarnos a la verdad.
El discurso de Milei en Davos pretendió dar un catecismo al auditorio acerca de la superioridad moral de Occidente y del capitalismo. Digamos, para comenzar, que Milei es un mentiroso. Esto es fácil probarlo a partir del hiato entre sus dichos y actos o en sus dichos contradictorios. Su ministro Caputo pasó de “se fumó U$S 15.000 Millones de dólares en tres meses” al “mejor ministro de la historia”, “antes de aumentar impuestos me corto una mano”, siendo que aumentó Ganancias, IVA y combustibles. O “no hago negocio con comunistas”, también otra convicción moral dejada de lado para mendigar a China que mantenga el swap de monedas. Peor que esto, a nuestros fines, es la manipulación de conceptos. Milei puede decir que el fascismo es socialista, lo que constituye un disparate atroz, tanto como la cifra de muertos que le adjudica con absoluta mendacidad.
Vamos al corazón del argumento, en el que mezcla mal a Maquiavelo. Lo que produce riqueza es bueno, es éticamente bueno, y la riqueza la producen los monopolios, por lo tanto las corporaciones monopólicas son productivas y buenas éticamente, y, entonces, “los políticos deben dejar de fastidiar a quienes están haciendo un mundo mejor”. Un bolazo terrible y dañino.
Aplica Milei una de sus especialidades. Al economista le habla como predicador, al predicador como economista, al político y al público dice que les habla como economista pero usa discursos de predicador, en los hechos aplica la peor praxis política para recaudar los 3%.
Replica la proposición de la “teología de la prosperidad”, un punto de encuentro de sectores evangélicos y sionistas: dios ya dio su sentencia, eligió los suyos, los reconoceréis por sus riquezas. Los ricos son elegidos por dios que manifiesta en ello, precisamente, su gracia. Quien ose cuestionar al millonario, es un hereje que cuestiona la obra divina. Es exactamente lo que dijo Milei en Davos pero haciendo una ensalada entre economía y religión.
En particular, repite algo que ya había intentado teorizar: el monopolio es bueno. El teórico clásico del monopolio fue el cientista político y economista Joseph Schumpeter, otro austríaco que Milei tampoco estudió. Para Schumpeter, la necesidad de grandes escalas para conseguir eficiencia económica llevaba a la constitución de grandes empresas, en el límite, a la empresa monopólica. El monopolio conseguía un costo unitario ínfimo con el que la pequeña empresa no podría competir. Hasta aquí un razonamiento idéntico al de Milei, hay rendimientos de escala crecientes. Ahora, para Schumpeter, el devenir inevitable de ello sería un crecimiento del Estado que, sí o sí, debía crecer en volumen y competencias para poner límites y regular a la corporación monopólica. Siendo el propio Schumpeter conservador, veía como inevitable una expansión socialista por aquella necesidad de las sociedades. Jamás hubiera pensado que llegara un desquiciado que diga “no hay que regular los monopolios”. Esta es una audacia consistente con tiempos muy oscuros para la Humanidad, tan oscuros que ni quienes vivieron la II Guerra Mundial los imaginaron, un tiempo en que ciertas corporaciones pretenden suplantar Estados y encuentran en Milei un vocero de su proyecto.
Vayamos a “los valores de Occidente”.
Es difícil aventurar a qué se refiere Milei con ese concepto. La categoría misma de Occidente suele referenciarse en la “modernidad”, lo cual es necesario pues como siempre recordaba el gigantesco maestro Enrique Dussel, hasta la conquista y colonización de América, a partir del Siglo XVI, Europa nunca había sido “el centro del mundo”, que estaba hacia medio y extremo oriente. Hacia 1492, el mundo árabe e islámico se extendía desde España (ese es el año de su expulsión) y Marruecos hasta Indonesia. El comercio y el intercambio, la cultura, fluía por esas vías o por las Rutas de la Seda, que vinculaba con mongoles y chinos. Esa Europa marginal pasa a ser metrópoli cuando construye su periferia en América.
Pero probablemente a lo que se refiere Milei es a la propiedad privada y al Derecho romano.
Una característica de este tiempo es la proliferación de discursos que invierten los valores morales. Nos hacen presente al diablo con sus miserias hablando, sin inhibiciones, desde el sitial que pensábamos divino. El exterminio de los pueblos originarios de América, la esclavitud y el tráfico de negros desde África, los campos de concentración nazis, los experimentos de Mengele, son actos indiscutiblemente basados en éticas occidentales. Probablemente sea del tipo que nos propone Milei. No es exagerado, apoyó el genocidio de los tres últimos años en Gaza, más de 70.000 civiles asesinados, incluyendo más de 20.000 niños, a manos de un ejército profesional, de los más equipados y avanzados del mundo.
Sin embargo Occidente ha producido, también, obras culturales sublimes, precisamente las que desprecia Milei. La ilustración, la revolución francesa, los derechos del hombre, los derechos humanos, el voto femenino y la lucha por la igualdad de géneros, la ciencia en términos metódicos y disciplinares, en fin, tanto que hoy nos constituye identitariamente, como a la mayor parte del mundo. La crónica de los mejores valores de Occidente incluye la regulación de la propiedad privada, como corresponde a cualquier estándar de respeto a los Derechos Humanos, una propiedad no sujeta a restricción alguna, como pretende Milei, no sería un valor occidental, sencillamente sería algo imaginario, casi inexistente. Quizá exista en Haití y pocos lugares más.
Lo importante no es cómo definir cuáles son “los valores de Occidente”, lo importante es comprender que Argentina no es Occidente, Argentina es el Sur. Milei habla de Occidente, pero él no pertenece a Occidente, es un marginal pensándose perteneciente a un centro del que no participa y en el que es recibido como inmigrante temporalmente funcional. Uno se tienta con recordar la anécdota de Perón y su perro León:
“Yo tenía un perro que se llamaba León, y yo lo llamaba… León, León, y León venia, pero yo sabía que no era un león, era un perro…”.
Es algo que podríamos, hoy, poner en boca de Donald Trump para referir a su devoto Milei. Trump tiene un perro fiel al que llama y palmea cuando se dice Occidente. Trump sabe que no es Occidente, Occidente sabe que Milei no es Occidente, ¿sabrá Milei que no es Occidente?
En todo caso, el psicoanálisis también es occidental, y se lo debemos a otro austríaco que Milei tampoco estudió.
Para ver el discurso de Milei en Davos hacer click aquí.





