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EL COROLARIO TRUMP COMO CAMBIO DE ÉPOCA

¿RESIGNACIÓN O… ORGANIZACIÓN?

Cuando el mundo se endurece, también se endurecen las decisiones. El llamado “Corolario Trump” nombra una ofensiva global que redefine el orden internacional y encuentra en la Argentina un laboratorio dócil para el ajuste, la entrega de soberanía y el disciplinamiento social. Entre historia, política y presente, en la mesa de los viernes la discusión dejó de ser descriptiva: ya no se trata solo de entender qué está pasando, sino de decidir desde dónde enfrentarlo. Si este tiempo será recordado como el de la resignación o como el inicio de una organización consciente es, precisamente, la disputa en curso.

La mesa de los viernes volvió a estar completa. No por la cantidad de platos, sino por la densidad del momento. No era una semana más ni una coyuntura pasajera. Algo se había endurecido en el aire. Y cuando eso ocurre, el pasado vuelve a sentarse sin pedir permiso. 

Estaban los de siempre —los nombres ya conocidos, las voces que semana tras semana sostienen la conversación—, pero esa noche la mesa se ensanchó. Atraídos por la densidad del momento, otros se fueron sumando, como suele ocurrir cuando la política deja de ser comentario y se vuelve urgencia. Y junto a ellos, sin anunciarse, también llegaron los que nunca se fueron del todo. Perón, Cooke, Ferla y Cafiero ocuparon sus lugares con una naturalidad inquietante: no como figuras de museo ni como citas de manual, sino como herramientas vivas para pensar el presente y discutir el futuro. 

Perón abrió la mesa sin rodeos —Lo que ocurrió en estos días no es un episodio más de la política internacional. El secuestro del presidente venezolano y la explicitación del llamado “Corolario Trump” marcan un cambio de época. No es una doctrina nueva: es la vieja lógica imperial, pero dicha sin eufemismos. 

Hizo una pausa breve. —Estados Unidos ya no pretende conducir el mundo por consenso ni por instituciones multilaterales. Decide ordenar el tablero por la fuerza, la amenaza y la transacción. Seguridad, energía, alimentos, industria y tecnología pasan a ser considerados intereses propios, aun cuando estén en otros territorios. Y quien no se alinee, será castigado. 

La mesa escuchaba en silencio. 

—Para las naciones dependientes —continuó— esto no es una discusión teórica. Significa menos margen, más presión y una exigencia clara de subordinación. En este contexto, los ajustes internos, la entrega de recursos y el disciplinamiento social no son errores de política: son la forma local que adopta una estrategia global. 

Alguien murmuró el nombre. Corolario Trump. No como ocurrencia, sino como definición. 

—¿Qué es, en definitiva, ese corolario? —ordenó Ferla—. Es la actualización brutal de la Doctrina Monroe. América Latina vuelve a ser concebida como espacio de control, reserva de recursos y zona de exclusividad estratégica. Ya no con ocupaciones militares clásicas, sino con dominación financiera, tecnológica, cultural y jurídica. Sin eufemismos, sin relato moral. 

Cooke fue más directo —Cambió el collar, pero el perro es el mismo. Antes fue el imperio español, después el tutelaje británico, hoy la subordinación al poder norteamericano y al capital financiero global. La diferencia es la velocidad y la crudeza. 

Y ahí apareció la Argentina. No como excepción, sino como laboratorio. 

—No se trata solo de Milei —dijo Cafiero—. Milei es la expresión local extrema de este orden. Un gobierno que no negocia, no regula y no media, sino que se ofrece como ejecutor entusiasta de una agenda diseñada afuera. 

—Un experimento —agregó Ferla— para medir hasta dónde puede retroceder un Estado, cuánta desigualdad puede naturalizarse y cuánto daño social puede producirse sin que exista una respuesta organizada. 

La conversación giró entonces hacia el corazón del problema. 

—¿Para qué sirve hoy la llamada reforma laboral? —preguntó alguien. 

Fermín tomó la palabra —Nos la venden como modernización, como incentivo al empleo. Pero en realidad es una transferencia masiva de poder desde el trabajo hacia el capital. Se legaliza la precariedad, se debilita la negociación colectiva y se convierte el miedo en política pública. 

Tony completó —Trabajo sin derechos no integra: somete. No es empleo, es disciplinamiento social. 

Perón fue tajante —El trabajo sin derechos no construye comunidad ni Nación. Construye obediencia. Y ningún país se desarrolla precarizando a su pueblo. 

Néstor intervino, breve pero firme —Cada puesto formal que se pierde y se reemplaza por trabajo precario no es solo un salario menos. Es una organización menos, un sindicato debilitado, un barrio más frágil. Eso también es seguridad, pero vista desde abajo. 

—¿Y qué pasa después? —intervino Oscar—. Porque el relato siempre sigue igual: primero precarizan, después dicen que el sistema previsional es inviable. 

La mesa asintió. —Ahí está el truco —continuó—. La reforma laboral desfinancia deliberadamente la seguridad social. Menos aportes, más informalidad, carreras laborales fragmentadas. Después vienen con la excusa del déficit y avanzan sobre jubilaciones, edad, haberes o directamente sobre la privatización. Primero rompen el sistema, después lo entregan. 

Cooke reforzó la idea —No es solo ajuste jubilatorio. Es la ruptura del pacto intergeneracional. Se destruye la idea de que el trabajo de hoy sostiene la vejez de mañana. Cuando eso se rompe, se rompe algo más profundo que una caja: se rompe el lazo social. 

La pregunta volvió a ampliarse. 

—¿Y qué relación tiene todo esto con la industria? 

Gerardo, industrial pyme, habló con bronca contenida: 

—Las grandes empresas pueden importar lo que antes fabricaban. Pueden financiarse afuera, reconfigurarse. ¿Pero las pymes? ¿Las economías regionales? Una reforma laboral sin política industrial es una sentencia de muerte. 

—Desindustrializar —ordenó Ferla— no es solo un fenómeno económico. Es una decisión política: elimina sujetos colectivos capaces de resistir. Sin industria no hay trabajo organizado. Sin trabajo organizado, no hay poder popular. 

La mesa entendió rápido el hilo. La reforma laboral no es un capítulo aislado. Es la pieza que articula el ajuste, la desindustrialización, el vaciamiento educativo y la entrega del sistema previsional. 

Melisa lo dijo sin rodeos —Una escuela que no forme pensamiento crítico y una universidad desfinanciada encajan perfecto con un mercado laboral precarizado. Se necesita gente dócil, no sujetos con derechos. 

Miguel agregó —Cuando el presupuesto educativo se convierte en variable de ajuste, no es por ahorro fiscal. Es porque el conocimiento propio se vuelve un problema político en un mundo que se endurece. 

Entonces la pregunta dejó de ser sectorial. 

—¿Qué hacer cuando el mundo se endurece? 

Perón retomó el hilo histórico —San Martín, Bolívar, Martí, O’Higgins enfrentaron imperios distintos, pero la lógica era la misma. La Patria Grande no es una consigna romántica: es una necesidad política. Ningún país periférico se salva solo. 

Cooke fue al hueso —Pensar juntos ya no como defensa, sino como ofensiva. No para resistir el ajuste, sino para disputar modelo, sentido y futuro. 

Cafiero cerró con una advertencia estratégica —Unidad no es amontonamiento. Es acuerdo sobre prioridades. Y exige que la dirigencia —nacional, provincial y territorial— salga de su zona de confort, deje egos, sectarismos e individualismos, y trabaje mancomunadamente en proyectos concretos. Lo demás es táctica. 

La mesa coincidió en algo que ya no necesitaba decirse en voz alta. 

El gobierno hoy tiene la iniciativa, pero no tiene el monopolio del futuro. 

El 2026 no va a regalar oportunidades: va a exigir decisión. No será un año de espera, sino de disputa abierta. 

Entre un poder que acelera la entrega y un campo popular que, si logra organizarse, puede transformar la resistencia en ofensiva y la bronca en proyecto. 

Porque si algo dejó claro este año que termina es que el futuro no se hereda: se construye, o se pierde. 

La mesa empezó a levantarse en silencio. No por falta de palabras, sino porque había quedado claro el tiempo histórico que se estaba transitando. Alguien recordó, casi como una síntesis inevitable, aquella cita de Gramsci: «El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos». 

Hoy ese monstruo ya no es abstracto ni difuso. Tiene rostro, tiene programa y tiene aliados. Se expresa en la brutalidad del ajuste, en la entrega de soberanía, en la precarización del trabajo, en el vaciamiento educativo y en el intento de romper el sistema previsional. No es una anomalía: es la forma política que adopta un orden mundial que se endurece y que exige obediencia. 

La pregunta, entonces, deja de ser teórica. En los interregnos no se sobrevive mirando: se toma partido. O el monstruo consolida su dominio, o los pueblos logran que lo nuevo —todavía en disputa— termine de nacer. Porque en estos tiempos, como en otros, la historia no se detiene: avanza con proyecto, o avanza contra él. 

 «La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse.» 


José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro Arturo Sampay y de Primero Vicente López. 

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