Roberto Caballero: “Un Gobierno viejo para el nuevo mundo”


Roberto Caballero Las novedades amargas que trae aparejada la nueva crisis mundial superan a Mauricio Macri y al mejor equipo de los últimos 50 años, que parecen un gobierno viejo para un mundo nuevo. El momento actual de la globalización contradice el desarrollo de los principales ejes de su modelo económico. No parecen ser solución la apertura indiscriminada del comercio, mucho menos el endeudamiento abusivo y menos que menos la eutanasia del mercado interno, cuando las principales potencias se debaten entre abandonar más o menos rápido la experiencia de la etapa financiera delirante del capitalismo planetario, y retroceden a los discursos amurallados de mediados del siglo XX por sus propias tensiones internas.

Un muro. El mundo discute un muro para proteger los privilegios de los más ricos de la migración indigente de los más pobres. No es la frontera entre Estados Unidos y México, simplemente. Ese es el pleito material, la escena de catch visible, la manera salvaje de pretender saldar el problema, en una zona geográfica delimitada. La cuestión es mucho más ancha y profunda. La globalización capitalista derivó en una concentración de la riqueza inédita y en una expansión de la pobreza a escala planetaria, proporcionalmente inversa. El mediterráneo tapizado de cadáveres o el territorio liberado al mundo de las mafias de Ciudad Juárez son una parte de la foto. La película es otra: el capital expoliado de los países de la periferia sigue una ruta preferente y los empobrecidos van detrás de él, en su afán legítimo por la supervivencia. Y no hay manera convencional de detenerlo.

A Donald Trump le resulta útil sostener su discurso xenófobo. Con eso mantiene el apoyo de los ciudadanos de los estados centrales, el de los blancos enojados por la precarización, lastimados por la misma globalización aunque fronteras adentro de su propio país. Por eso Trump no parece ser un líder global. Y es una enorme incógnita que quiera serlo, en realidad. ¿Estados Unidos se retira de la gobernanza política mundial ejercida desde el fin de la segunda guerra? ¿O ésta queda definitivamente en manos de las corporaciones trasnacionales y las elites financieras deslocalizadas? Son preguntas que hay que hacerse en este instante, aunque las respuestas no sean automáticas. Certezas no sobran cuando el mundo se torna imprevisible, es verdad.

Pero la sensación es que la administración macrista no tiene siquiera estas preguntas a mano. O, si se las hace, las responde con un espejo retrovisor, como si la Argentina fuera exactamente la misma que en la década del ’90 y la situación global también fuera idéntica. A ver: Estados Unidos tiene en China hoy un fortalecido competidor comercial que no existía como tal hace treinta años. La sociedad inestable entre ambas potencias sigue, por ahora, pero Beijing quiere cambiar su estatus, de vagón a locomotora. Hace un cuarto de siglo, Washington podía defenderse recordándole al gigante asiático que era la primera fuerza militar del orbe y no era conveniente desafiarlo. Hoy le reprocha a China por las bases militares que levantó en las islas artificiales de los Mares del Sur, con alcance de misiles nucleares hasta la misma costa Oeste de los Estados Unidos, y China no se mueve. No se repliega, no abandona su posición.

En vez de unir a los argentinos, preparándolos para un escenario de turbulencias que los exceden y podrían traer peores noticias que las actuales, Macri profundiza la grieta política y cultural al interior de la sociedad. Ya no es con el kirchnerismo la pelea, solamente: es con todos los que pueda chocar.

Ante este panorama, el gobierno macrista parece haber nacido envejecido. O con pulmones para el agua. Hace todo lo contrario a lo que podría intentar si se manejara con la cautela que recomiendan los manuales ante circunstancias excepcionales. En vez de unir a los argentinos, preparándolos para un escenario de turbulencias que los exceden y podrían traer peores noticias que las actuales, profundiza la grieta política y cultural al interior de la sociedad. Ya no es con el kirchnerismo la pelea, solamente: es con todos los que pueda chocar. La batería de decretos de necesidad y urgencia que acaba de sacar (ART, feriados puente y controles migratorios) reafirman su tendencia despótica, pero sobre todo le garantizan un casi seguro paro general para marzo de sindicalistas amigables que hicieron lo imposible por complacerlo durante todo 2016, una enorme marcha para el 24 de marzo de centenares de miles de personas rodeando la Casa Rosada manifestando su rechazo a la movilidad del feriado por la Memoria, la Verdad y la Justicia y el aislamiento de países como Bolivia, Paraguay y Perú con fuerte presencia de comunidades en el país.

Además, la idea de seguir mirando con la nuca al Parlamento y mantenerlo cerrado, lejos de sostener el dispositivo antikirchnerista que le permitió al oficialismo sortear su situación de minoría legislativa, deja sin argumentos a los sectores que, como el massismo o el justicialismo en fuga del FPV, lo apañaron y ayudaron a implementar sus políticas regresivas. Para peor, en un año electoral, cuando muchos de esos grupos van a tomar natural distancia del macrismo en búsqueda de votos opositores que, se descuenta, va a ser los mayoritarios, como suele ocurrir en elecciones de medio término, en este caso agravado por la impopularidad de las políticas aplicadas que se refleja en las encuestas que todos leen.

A los escándalos por corrupción que se suceden (Arribas y Odebrecht, Iecsa y Odebrecht, los bolsos de Michetti, las causas judiciales de Lombardi, la misteriosa salida de Daniel Chaín de Obras Públicas, las incompatibilidades de decenas de funcionarios provenientes de la órbita privada que siguen trabajando para sus antiguos empleadores), y que por goteo van deteriorando de manera irremediable la falaz presentación de Cambiemos en sociedad como fuerza de la transparencia, se les debe sumar el uso de servicios de inteligencia que, en connivencia con buena parte del poder judicial y la hegemonía mediática, realizan operaciones de espionaje y demolición políticos, recordando a propios y extraños que el Macri actual es el mismo que asumió estando procesado por espiar a su cuñado y los familiares de la AMIA, y que resultó absuelto ya siendo presidente, increíblemente, en su primer día de gestión.

La escucha a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner y al ex director de la AFI-ex SIDE, Oscar Parrilli, cuando transcurría la mitad del 2016, es decir, en su condición de ciudadanos y no de funcionarios, es un calco de la operatoria que hacía el comisario “Fino” Palacios, hoy procesado en espera del juicio oral por ese delito, utilizando jueces y fiscales amigos para habilitar como legales intervenciones telefónicas, en realidad, injustificables y fuera de todo procedimiento lícito. El escándalo institucional es mayúsculo. Más todavía cuando la principal socia política del presidente Macri, Elisa Carrió, denuncia a los servicios de inteligencia oficiales por el mismo delito y al jefe de los espías, perteneciente al círculo íntimo del Jefe de Estado, ante la justicia federal, trámite que la llevó a decir, ante el grupo de periodistas que la aguardaban en la vereda de los tribunales de Comodoto Py: “Este país apesta”. ¿No es el que ella, de alguna manera, cogobierna?, faltó repreguntar.

Tampoco la obsesión por disciplinar a los sectores del trabajo y bajar el costo salarial de manera brutal se corresponde con la necesidad de capear la incertidumbre global, apelando a instrumentos contracíclicos. Menos trabajo y menos salario es menos mercado interno, mayor recesión y mayor estancamiento económico. Que el ministro de Trabajo diga que se crean empleos cuando en la mayoría de los diarios que se desviven por ser oficialistas cuelan noticias como “200 despidos en Bangho”, “50 despidos en Tandanor”, “500 despidos en Alpargatas”, “21 despidos en Tramontana”, “100 despidos en Despegar.com”, “380 despidos en AGR-Clarin”, “300 despidos en las represas hidroeléctricas de Santa Cruz”, “416 despidos en Cerámica San Lorenzo”, sólo demuestra que el macrismo, como los asesores de Trump, hace uso de la teoría de “los hechos alternativos”: sucede lo que yo quiero que suceda y lo demás no existe.

En su última entrevista con el diario El País, el Papa Francisco comparó indirectamente la situación que produjo la irrupción de Trump en el escenario estadounidense con la que vivía Alemania cuando surgió Hitler. Habló del daño que hizo y hace el neoliberalismo en América Latina, defendió el “populismo” tercermundista y calificó de “cipayos” a los gobernantes que aplican políticas de empobrecimiento y descarte humano. Haría bien el oficialismo, mientras disfruta de su retozo estival, en revisar ese reportaje. Describe con palabras duras hechos y personajes que aquí gozaron durante todo el año pasado de un sorprendente crédito, mientras que las críticas, la cárcel y los ataques difamatorios quedaron reservados a los que se les opusieron, en particular, del espacio kirchnerista. Agitar mil veces las denuncias contra CFK, mandar a hacer millones de tapas y operaciones para encubrir la propia impericia o la perversa decisión de revivir el darwinismo de mercado en la Argentina, no cambia la realidad de las cosas. Este gobierno nació viejo para la tormenta global que se avecina y promete no dejar nada en su lugar.

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Roberto Caballero

Roberto Caballero

Periodista argentino, exdirector de la revista Veintitrés y del diario Tiempo Argentino. Conducía la segunda mañana de Radio Nacional.