La emergencia social y la emergencia política

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Roberto Caballero Desde hace un año, la mayoría de los opinadores practica -o intenta practicar- una suerte de autopsia cotidiana del kirchnerismo: se estigmatiza a sus figuras, se les marcan los errores, se les señalan los problemas, se cuestiona lo que hace o deja de hacer CFK, se le pide autocrítica y hasta se le exige la autodisolución.

Eso sólo bastaría para reafirmar la vigencia de un colectivo que defiende un legado de doce años y medio de gobierno con materializaciones efectivas de políticas de inclusión y soberanía con el aval del voto popular, porque nada está más vivo que lo que vive a través de la boca de los otros. Lo que habría que preguntarse, entonces, es que pretenden disimular de sí mismos los feroces críticos que ganan pantalla y centimetraje en los diarios, cada vez que arremeten contra una identidad que resiste el hostigamiento con un estoicismo militante pocas veces visto en la historia nacional.

Por caso, el discurso del viernes 18 de Juan Carlos Schmidt -el triunviro mayor de una CGT cuya cúpula es atávicamente antikirchnerista- dejó expuesta una prédica entre errática y contradictoria, porque ven la emergencia social pero no la política. Porque al pedir perdón por no haber registrado durante todos estos años a los trabajadores de la economía informal, se excusó diciendo que a los sindicalistas no les parecía necesario ese reconocimiento porque en la Argentina hasta no hace mucho había trabajo y la desocupación era baja. Las dos cosas que dijo son ciertas. Eso ocurrió durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Tan cierto como decir que la informalidad y la destrucción de empleo crecieron a paso veloz desde que Mauricio Macri es presidente, sin que la CGT haya resuelto un paro para reclamar la reapertura de paritarias o la baja del impuesto a las ganancias, con un nivel de comprensión y acompañamiento de las políticas gubernamentales que sorprende.

Sin embargo, en su discurso, donde hubo espacio merecido para Perón, Evita, los socialistas y hasta Yrigoyen, los Kirchner ni siquiera fueron mencionados. Eso es lo de menos: tampoco se rescataron las políticas públicas que permitieron crear trabajo y los salarios más altos de la región, al menos, para los trabajadores conveniados que la CGT representa. ¿O, acaso, qué gobierno rehabilitó el instituto paritario? ¿Durante qué administración lo sindicatos volvieron a incrementar el número de afiliaciones que el neoliberalismo les había podado? ¿Cuándo, desde la reconquista de la democracia, el reparto del PBI benefició tanto a los trabajadores como en estos últimos años? Ni la revolución ni nada: políticas destinadas a corregir, con intervención estatal decidida, el país desigual heredado del periodo neoliberal anterior a éste.

¿O, acaso, qué gobierno rehabilitó el instituto paritario? ¿Durante qué administración lo sindicatos volvieron a incrementar el número de afiliaciones que el neoliberalismo les había podado? ¿Cuándo, desde la reconquista de la democracia, el reparto del PBI benefició tanto a los trabajadores como en estos últimos años?

La deriva cegetista, la ausencia de autocrítica, en realidad, los lleva ahora a las orillas salvadoras del Papa Francisco, que todo bendice en el Año de la Misericordia. Ocurre que este sindicalismo no puede sintetizar nada positivo de una experiencia que lo tuvo, mal o bien, como protagonista y beneficiario, porque su horizonte de miras no abarca al país en su conjunto sino que llega hasta la pura matemática sectorial y la acumulación al interior del peronismo sidecar de cualquier ola que existe, también, desde siempre. No es un asunto de mezquindad. Excede la cuestión de los personalismos. Se trata, nada menos, que de una profunda crisis dirigencial: no hay renovación, ni talento para encararla, ni ganas de generarla. Son, también, los mismos de siempre, defendiendo lo de siempre, con idéntica herramienta táctica: ladrar para negociar en la corta, mientras a la larga el país se va a al tacho. ¿No pasó eso en el 2001? Mientras la CGT oficial cabildeaba para ver si llamaba a un paro, la sociedad lastimada por políticas excluyentes salió a la calle sola y tumbó a un gobierno, a un costo altísimo: 30 muertos. ¿Alguien conoce la autocrítica de la CGT por esa ominosa ausencia en la representación de los sectores vapuleados por políticas inhumanas durante casi una década? Este señalamiento, valga la aclaración, no incluye a Hugo Moyano, en particular. El sí enfrentó el neoliberalismo. Eso quiere decir que había otra posibilidad, que no era una fatalidad el sindicalismo colaborativo con los gobiernos que hacían daño a los trabajadores. Y por eso Moyano estuvo al frente de la CGT durante buena parte del kirchnerismo, sosteniendo sus políticas hasta que abandonó ese lugar de interlocutor privilegiado para replegarse hacia su zona de confort: la del sindicalismo tradicional, que cuando vio que no le podía sacar al kirchnerismo nada más se volvió rabiosamente antikirchnerista. Hoy todos son un poco el Momo Venegas o Luis Barrionuevo, aunque en el pasado hayan querido marcar distancias.

La inconsistencia política del sindicalismo actual frente al gobierno neoliberal se manifiesta en su extremo centro discursivo tamizado con una combatividad retórica carente de amarre en la realidad real de sus representados, todo bañado en una supuesta jerigonza clerical leída solamente en clave conservadora de la gobernabilidad macrista. La supuesta negociación para acumular “poder social”, que Schimidt planteó desde la tribuna en la Plaza del Congreso, impone dos preguntas simples, hoy sin respuesta: ¿Quién acumula, mientras tanto, el poder político? ¿Y para qué?

Por otra parte, abordar el debate sobre la pertinencia o no de apoyar la Ley de Emergencia Social, o participar de la marcha que la reclamaba, desde el uso que la dan las dirigencias sumisas que sueñan con ser la rueda de auxilio del descarte que producen las políticas económicas oficiales merece una discusión más profunda. Está claro que es un paliativo, como el famoso bono pautado con el gobierno. Pero no dejó de ser, la movilización del 18, una marcha de protesta más contra los planes neoliberales y sus consecuencias, para la mayoría que se concentró frente al Congreso de la Nación y participó de la jornada con consignas propias, sin estar enamorada de esa dirigencia convocante excesivamente dialoguista y comprensiva de los padres del modelo de exclusión.

Está claro que no son las políticas de asistencia o de caridad las que van a resolver los problemas de fondo de los trabajadores formales e informales, sino otras políticas económicas radicalmente distintas que ni Macri, ni Sergio Massa están en condiciones de aplicar, porque ellos mismos forman parte de un dispositivo de defensa del modelo oficial, con baja salarial, flexibilización y patrones de distribución del ingreso regresivos. Por eso han votado juntos todas las leyes que han aumentado el endeudamiento, la pobreza, la inflación, agravado la recesión y generado -en tan corto tiempo- un verdadero descalabro económico y financiero que profundizó la pobreza, el trabajo informal y la desocupación, ejes convocantes a la marcha de protesta del otro día. Esa es una contradicción que el discurso de Schmidt no explica ni resuelve, y tampoco el contenido de la Ley de Emergencia Social que, incluso, podría ser hasta vetada por el macrismo más refractario a la inversión social llamada gasto.

Pero no deja de ser, aún en la intención macro-massista de armar su propio brazo social piquetero con dádiva y filantropía dirigida a sortear primero las Fiestas en paz, y segundo, posicionarse para el año electoral venidero, un beneficio finito que los más vulnerables, hoy los más castigados, sabrán aprovechar como nadie. Porque en algún lugar de la memoria está aquella recomendación de un viejo general que decía que aceptaran cualquier cosa del patrón o el capataz y después saltaran la tranquera para ir a votar la lista que mejor los representara y defendiera sus propios intereses. La mayoría de esa clase le guardó fidelidad histórica y adoptó su apellido como identidad política a través de varias generaciones.

Quizá el tiempo desmienta a esta columna. Pero el viernes había en esa plaza, que fue quizá igual de convocante que la Marcha Federal de las CTA a Plaza de Mayo, votantes del 54% que llevó a CFK a su segunda presidencia. Como todo pronóstico éste también puede resultar fallido, pero el año que viene, entre las opciones del electorado para castigar a las dirigencias que cedieron a la tentación de embanderarse con el retorno del neoliberalismo o titubearon en enfrentarlo, habrá listas kirchneristas y nada indica que vayan sin chance alguna a disputar el voto. Las encuestas no dicen eso. Lo sabe el oficialismo, sobre todo; y también el peronismo que arrió todas sus convicciones.

Y el año próximo no se votan políticas sociales. Se discutirá fuertemente sobre las decisiones económicas que generan incertidumbre emocional, caída del PBI y pobreza a mansalva. Habrá, nuevamente, una pelea entre modelos antagónicos: uno que genera exclusión y otro que, en la experiencia reciente, propuso exactamente lo inverso, con más logros que errores. Cuando Schmidt dice que él no revolea bolsos, sin que nadie lo aplauda ante una plaza llena, cede a la tentación de formar parte del dispositivo que cristaliza la desigualdad que tanto critica. El de explicar el todo por la parte es un verdadero tiro en el pie, como atribuirle a todo el sindicalismo la muerte de Mariano Ferreyra o los negociados corruptos de Zanola.

Y el año próximo no se votan políticas sociales. Se discutirá fuertemente sobre las decisiones económicas que generan incertidumbre emocional, caída del PBI y pobreza a mansalva. Habrá, nuevamente, una pelea entre modelos antagónicos.

La nueva mayoría social que resiste como puede los resultados negativos del macrismo en su vida cotidiana va a buscar un destino político a sus ansiedades. Y va a levantar la cabeza y va a hacer un balance de todo lo que vio en este tiempo. Verá, entonces, que hubo una CGT que cambió paritarias en alza por un bonete, dirigentes piqueteros que antes se fotografiaban con CFK y después pasaron a sacarse selfies con funcionarios macristas, dirigentes políticos que traicionaron el mandato popular del último balotaje y se convirtieron en conversos increíbles, gobernadores endeudados que van a pedir una devaluación para hacer frente a los gastos corrientes y todo un paisaje desolado de representación.

Es probable que eso pase. E improbable que vuelvan a votar al original o a la copia camuflada del macrismo, después de todo lo que se ha visto. Las denuncias judiciales, los bolsos, el funcionario kirchnerista paseado en tribunales, eso que tanto obsesiona al antikirchnerismo, con escenas que lo excitan hasta el paroxismo, puede ser un búmeran. Lo maldito hoy quizá sea lo deseable del futuro. El mundo no se viene comportando como vaticinan los que saben. Las sociedades están votando contra los medios, los políticos tradicionales, las verdades reveladas, las vacas sagradas de la cultura, las economías racionalizadas y todo lo que es demonizado por esas elites.

En Estados Unidos fue por derecha. En la Argentina, a juicio de Schmidt, quizá sea buscando a los que ayuden a volver a ese tiempo donde él y sus sindicalistas rollizos no necesitaban juntarse a protestar con los movimientos sociales porque, al fin de cuentas, había trabajo y la desocupación casi no existía.

Nada está más vivo que lo que vive a través de la boca de los otros, aunque sean sus enemigos.

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Roberto Caballero

Roberto Caballero

Periodista argentino, exdirector de la revista Veintitrés y del diario Tiempo Argentino. Conducía la segunda mañana de Radio Nacional.