Eva Sacco del INDEP le responde a González Fraga


El concepto de pobreza es difícil de definir. Para algunos es un concepto subjetivo: soy pobre porque tengo menos que la mayoría. Pero también puedo definirla como privación de un conjunto de bienes y servicios que se consideran básicos según los parámetros de la sociedad en la que vivo. Cada uno de estos conceptos hace referencia a la pobreza relativa y absoluta.

Medir la pobreza también es complejo. Un cálculo usual es considerar el porcentaje de hogares que no tienen ingresos suficientes para cubrir una canasta de consumo básica, lo cual es conocido como pobreza por ingresos. Este guarismo tiene varios problemas metodológicos. El ingreso se refiere a una cantidad de dinero que mes a mes ingresa a un hogar como retribución al trabajo, rentas, ayudas sociales, etc. Sin embargo, el consumo no depende solamente del ingreso. Podría darse el caso, teóricamente, de un hogar sin ningún tipo de ingresos, pero con una riqueza muy alta. Este hogar viviría de lo que tiene acumulado muy holgadamente y sin ningún peligro de privación de sus necesidades básicas. Los economistas prefieren medir la pobreza directamente como el porcentaje de hogares que no tiene sus necesidades básicas satisfechas: un conjunto de carencias como la falta de acceso a la vivienda, servicios sanitarios, educación básica entre otros. Esta última metodología de medición se denomina pobreza por NBI (necesidades básicas insatisfechas)

Aunque la comunidad académica acepta el consenso de que cálculo de pobreza por NBI es superior al cálculo de pobreza por ingresos, también es cierto que existe una relación estadística muy fuerte entre ambas. Cuando un hogar tiene necesidades básicas insatisfechas es muy alta la probabilidad de tener ingresos por debajo de la línea de pobreza y también al revés. La riqueza no es ni más ni menos que la acumulación de una serie de flujos de ingresos en el tiempo. Y la riqueza acumulada, también es una fuente de ingresos a través de la obtención de rentas como por ejemplo el alquiler de un inmueble, el cobro de dividendos de la participación accionaria en una empresa o los intereses de un plazo fijo.

En los últimos días, un informe de CEPA-INDEP para un estudio realizado sobre la Ciudad de Buenos Aires, el GBA, y La Plata (aglomerado Urbano Gran Buenos Aires) alertaba sobre la aparición de 1,7 millones de nuevos pobres entre noviembre de 2015 y abril de 2016. La metodología de medición que se aplica es de pobreza por ingresos y claramente es una situación grave que representa un 67% de incremento desde noviembre de 2015. Desde el arco político oficialista, Javier Gonzales Fraga (ex director del Banco central en 1989, durante la crisis hiperinflacionaria) afirmó que el incremento de la pobreza es solamente resultado de un “cálculo teórico”, en clara alusión a las debilidades que conlleva la metodología de medición por ingresos.

Sin embargo, en algo tiene razón Gonzales Fraga: muchos ciudadanos que tienen ingresos por debajo de la línea de pobreza todavía cubren sus necesidades básicas. Nadie deja de cubrirlas de un día al otro, a diferencia de los ingresos que se pierden de un día al otro.

Muchos perdieron el trabajo o su ingreso no aumentó en consecuencia a los precios y las tarifas. Todavía muchos compatriotas tienen el recurso de endeudarse, de vender algo o consumir ahorros. Si la tendencia se sostiene, ¿Qué pasará cuando esas estrategias se agoten? La pobreza de las necesidades básica insatisfechas hará eclosión. Esperemos que los gobernantes tomen antes cartas en el asunto y dediquen un poco más de energía a cumplir con la pobreza cero. Este camino no es el correcto para cumplir sus promesas de campaña.

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