Adiós, Ricardo Piglia


Falleció uno de los grandes escritores argentinos.  Escribe Alejandro C. Tarruella.

Alejandro C. Tarruella

La palabra responsable

   Ricardo Piglia representó a una zona de la creación literaria caracterizada por la responsabilidad a ultranza respecto del arte que ejercía en los momentos históricos en los que vivió. Su muerte, debida a una cruel enfermedad, esclerosis lateral amiotrófica –denominada ELA- que lo afectaba desde 2014, lo alcanzó aún joven en el ejercicio de su oficio. “Respiración artificial”, “Nombre falso” y “Plata Quemada” (exitosa en su versión cinematográfica), fueron alguno de sus libros más conocidos. El primero aparecido en los años de la dictadura militar, 1980, al que siguió “Nombre falso”, una pequeña maravilla inspirada en un rastreo profundo de Roberto Arlt, obras que consolidaron una obra que se inició con “La invasión”, cuentos que publicó la legendaria editorial Jorge Álvarez.

  Piglia fue a su modo, un inconforme de la palabra, que jamás dejó de cuestionarse sus propios aportes para alcanzar en ellos picos de legitimidad poco comunes en un escritor. Había nacido en Adrogué, territorio decisivo de sus búsquedas, en 1942, y estudio la carrera de historia en La Plata donde comenzaron sus vinculaciones singulares con la política. Piglia no permitió jamás que falsos conceptos de militancia, cerrados y oscurantistas, lo arrancaran de su eje de creación. No por eso fue indiferente con las cuestiones políticas y sociales. Así, en ese plano de ambigüedades y certezas, fue un escritor profundamente consustanciado con el tiempo que le tocó vivir.  Fue profesor y emprendió cursos míticos en democracia que dejaron su marca indeleble y  ejerció sus saberes de literatura latinoamericana en Princeton durante décadas.

  Recibió el premio Rómulo Gallegos en Venezuela, el Formentor en España y el Iberoamericano Manuel Rojas, en tanto su obra se traducía a más de una docena de lenguas. Sus trabajos de ensayística lo ubican como un escritor de ideas profundamente elaboradas, que aportan una mirada severa y sorprendente a la literatura argentina. Su trabajos como “Crítica y ficción”, “Formas breves” y “El ultimo lector”, son un territorio de hallazgos notables que replantean el ejercicio y el uso de las letras. Tal vez pensó para su literatura como en sus memorias –el tomo titulado “Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación”-, que “la cuestión que plantea Joyce tiene que ver con los límites del lenguaje. Como si la lengua fuera un territorio después del cual hay un vacío, cuyo efecto es la literatura”. “…Hemingway dijo que después de Joyce había que empezar de nuevo de cero y trabajar con pocas palabras simples, con una sintaxis desarticulada y oral”. El partió a su modo de esas convicciones para volver sobre la literatura norteamericana de “la generación perdida” y buscar esa sintaxis que lo iba a distinguir como uno de los hombres más originales de la literatura de su tiempo. Era filoso a la hora de plantear el lugar del escritor y recordaba en ese tomo, a propósito de su vínculo con Dipi Di Paola, otro exponente de las letras de los años sesenta. “Todo escritor se autodesigna, pero lo que a mí me interesa son los que no creen en la autoindulgencia”.

   En ese camino buceo en Arlt, en Borges, en Macedonio Fernández, y consolidó una escritura de color propio que a su vez, navegaba en una universalidad de tono personal que se iba a consolidar con los reconocimientos recibidos en años recientes. Su labor en la revista “Los libros”, fue notable y llegó al punto en el que sus convicciones le permitieron llegar cuando las incomodidades de los falsos compromisos de ocasión, lo condujeron a una partida. Con palabras, por supuesto como las que ya nos lo recuerda: “La crítica es la forma moderna de la autobiografía. Uno escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas”, pensó.

   En septiembre de se va a conocer el tercer tomo de sus memorias. Lo distinto será que no estará para ver ese cierre de tareas, Ricardo Piglia. Y aunque el conocía el camino de los diarios personales que escribió durante décadas, no verá la materia libro entre sus manos y nunca será lo mismo. Quedarán impresas sus palabras, el profundo afecto de sus amigos, los que están, los que partieron y están en ese pasado al que se remite el escritor para fundar presente. “En definitiva, nos contó Ricardo Piglia en “Años de formación”, se trata de pensar el pasado con las categorías que usamos para imaginar el futuro. Lo posible anterior”.

   Hay un intenso y pronunciado sentimiento por su muerte en Buenos Aires y en muchos países donde se lo conoció. A los 71 años, con un sufrimiento que modificaba incluso su hacer literario, partió Ricardo Piglia dejando tras de sí afectos, luchas, padeceres y metáforas. Se lo recordará por siempre y alguien lo traerá una y otra vez al papel de la realidad creada para volver. También será dolor, un dolor necesario.

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